LAS AVENTURAS DE YAGUARETE

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Listos, revista infantil argentina donde colaboro de guionista en las Aventuras de Yaguarete, un pequeño jaguar que da consejos a los niños para que actúen correctamente. El dibujante es el argentino Fernando Sosa, con el que ya he trabajado en Super Sais y con la elaboración de los dibujos de muestra para la serie de animación infantil que me compró la productora de contenidos mejicana.

LOS MINUTOS DE LA BASURA

Relato ganador del concurso de relatos de Arnedo. Publicado más tarde en la página www.divertinajes.com  que le puso imágenes y lo dividió en tres partes, a pesar de ser un relato breve.

Empieza así:

Dicen que los triunfadores van siempre tan hinchados porque insuflan sus pulmones con ese aire virgen y denso de ilusiones que le roban a los fracasados apenas exhalan su primera bocanada de sueños. Breve espasmo onírico al que se aferran éstos como único y patético aliento de esperanza para tirar hacia adelante, intentando inútilmente arrancarle a la vida retazos de felicidad. Yo soy uno de ellos, confeso y practicante. Mi voto a la causa es fruto de una férrea comunión entre destino y falta de confianza en mí mismo, que me convierten en uno más de los soldados de este numeroso ejército formado por comisionistas de pocas ventas, angustiadas solteronas, eternos opositores, grises oficinistas y donjuanes de puticlub entre otros…

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Los minutos de la basura 2

Los minutos de la basura 3

 

EL SUICIDIO, ¿ACTO SUPREMO DE LIBERTAD?

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Para unos se trata de un instante de enajenación mental, para otros un acto supremo de libertad, siendo en todo momento consciente el suicida de la acción que está realizando, aquella en la que si bien elige el vehículo que le facilita el transporte, desconoce el destino de la carretera por la que inicia la circulación. La actriz británica Lucy Gordon ha sido la última en abonar el ticket de peaje, ahorcándose el 20 de mayo en apartamento de París, dos días antes de cumplir los veintinueve años.

No sabemos qué pasaría por la cabeza de la actriz para llegar a tan drástica situación, aunque en una época de hipervalorada tolerancia como esta, deberíamos contemplarlo siempre como una opción, no vaya a ser que alguien se pueda molestar. Según se comenta en su entorno cercano, la protagonista que dio vida a Jane Birkin en Serge Gainsbourg y que hacía de periodista en Spiderman 3, “estaba profundamente afectada por el reciente suicidio de otro amigo en Gran Bretaña”. Antiguamente, tal acción le llevaría a ser privada de sepultura eclesiástica, y si la cosa estuviese dudosa, no teniendo claro si estaba o no en sus cabales, se le daba sepultura, pero sin apenas bombo, para aterrorizar un poco a los simpatizantes de tan controvertido acto. Incluso para el derecho civil, el que intentase quitarse la vida era declarado infame.

La historia está llena de suicidas que eligieron abandonar este valle de lágrimas por el que carecía de sentido hollar sus tierras y proyectarse así a un universo que no le preguntara ni el cómo ni el por qué de sus fracasos. Alguien dijo una vez que uno no podía suicidarse mientras tuviese madre, algo comprensible, aunque muchos personajes famosos que recurrieron a este vía rápida de escape seguramente no pensaron en ello mientras daban rienda suelta a su voluntad. También hay que tener en cuenta que un buen número de ellos no tenían intención en ese momento de reunirse con el Hacedor, aunque sabían que por el estilo excesivo de vida que llevaban, una mala tarde la tiene cualquiera, y el día menos pensado doblaban la cuchara, tratándose entonces de una especie de suicidio por omisión.

En este grupo incluiríamos a Marylin Monroe, que aunque su muerte siempre estará rodeada de las dudas de si fue suicidio o asesinato, su afición por las pastillas y el alcohol, y su carácter depresivo, sin duda le llevaron a cruzar la línea; Jim Morrison, Jimi Hendrix o Elvis Presley, politoxicómanos que sabían que un mal viaje los llevaría más tarde o más temprano a cantarle sus coplillas a San Pedro; Janis Joplin, heroinómana a la que falló su teoría sobre que algo que le hacía sentir a uno tan bien no podía ser malo; Antonio Flores, quien su adicción a las drogas, el carácter depresivo y sobre todo el dolor en el alma por la reciente pérdida de su madre, Lola Flores, catorce días antes, aceleraron la reunión familiar bastante tiempo antes de lo previsto; Enrique Urquijo, lo mismo, adicción y depresión, quizá el cóctel estándar para que se le vaya a uno la mano, como es muy posible que le ocurriese a Heath Ledger –su familia dijo que fue sobredosis accidental- tras ingerir demasiadas pastillas para dormir, quizá intentando contrarrestar así las pesadillas que le producían la ruptura con la madre de su hija durante su estado de vigilia; River Phoenix, quizá un caso de libro en este apartado pues su muerte en las puertas de la discoteca The Viper Room, de su amiguete Johnny Depp, se produjo gracias una mezcla explosiva de varios tipos de drogas que le hicieron reventar.

En cuanto al suicidio puro de oliva, conscientes de sus actos y hartos de no encontrar nada que los aferrase a este mundo, podemos hablar de los del escritor Ernest Hemingway, que se pegó un tiro, aunque algunos dicen que fue un accidente al no dejar ninguna nota, pero que su carácter depresivo inducen a ello, así como parece ser que su espíritu suicida se lo transmitió en sus genes a su nieta, Margaux Hemingway, hermosa modelo drogadicta, alcohólica y con problemas alimenticios, que se reunió con su abuelo el mismo día de la defunción de este, solo que treinta y cinco años después; Kurt Cobain, otro depresivo que escogió la suerte de las armas de fuego para decir hasta aquí hemos llegado, al igual que también hizo Van Gogh, salvo que este tardó dos días en morir, el ex ciclista Luis Ocaña por motivos económicos y padecer la Hepatitis C, el actor Pedro Armendáriz que tenía cáncer, o el gran Mariano José de Larra, que se descerrajó un tiro por amor, como buen romántico, y que por cierto, la iglesia, presionada por la corriente liberal de la época, por primera vez enterró en sagrado a un suicida; por sobredosis voluntarias de diversos tipos de sustancias tenemos a Sid Vicious por heroína, encontrando su madre una nota en la que se expresaba la voluntad del componente de los Sex Pistols de ser enterrado junto a la novia cuya muerte le echaron en cara, Erika Ortiz, a base de pastillas y cartas de despedida, Charles Boyer, sobredosis de Secondal por no soportar la muerte por cáncer dos días antes y con un hijo suicidado trece años antes, Anna Nicole Smith, ahogada en su propio vómito tras ingerir pastillas al no soportar la muerte de su hijo unos meses antes; por último, suicidios tan peculiares como el de el escritor Emilio Salgari, que además de su desequilibrio psíquico su sangre llevaba el estigma del suicida en su propia persona, en la de su padre y la de sus hijos Omar y Romero, y se retiró de los espaguetis abriéndose las entrañas según el rito japonés de Hara-kiri, Virginia Woolf, aquejada de trastorno bipolar, que saltó al río Ouse, en Rodemell, con los bolsillos llenos de piedras, no vaya a ser que flotase, o el líder de INX, Michael Hutchence, depresivo y adicto al alcohol y los barbitúricos, inspirando quizá a Lucy Gordon en su tipo de muerte al ahorcarse con un cinturón de cuero en una habitación del hotel Carlton Rizt de Sydney, aunque una leyenda urbana dice que fue un accidente fortuito al írsele la mano con la curiosa técnica de la masturbación por asfixia.

Es curioso pero, la mayoría de los suicidas del artículo, en vida tuvieron todo aquello con lo que el resto de los mortales suelen soñar alguna vez, como es el dinero y la fama, y sin embargo su propia trayectoria les terminó llevando por unos derroteros en los que quizá jamás habrían pensado cuando era unos simples don nadie. O quizá sí, y el carácter suicida es una especie de virus que se lleva inoculado en la sangre desde el nacimiento, como un cruel legado de nuestros ancestros, que tan sólo espera la situación propicia para poder desarrollarse. Entonces ni siquiera serían verdaderamente libres para poder suicidarse, qué triste.

BILLY EL NIÑO, EL TIEMPO LO HIZO BUENO

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Altivo, seguro de sí mismo, insolente de juventud y maduro ya para una muerte legendaria. Así posaba en 1789 el mítico Billy El Niño, famoso alias que barnizaba de gloria los nombres de su vida mortal como el verdadero, Henry McCarty, Henry Antrim o el más conocido, William H. Bonney. La foto, vendida en una subasta de Denver (Colorado) por 2,3 millones de dólares, fue realizada delante de un salón, en Fort Sumner (Nuevo México), mediante la contraprestación de veinticinco centavos de dólar, desconocemos si como recomendable oferta especial para gunman (pistoleros), o bien como tarifa estándar de la época.

El nuevo propietario del ferrotipo, llamado así por la técnica usada para plasmar la imagen en placa de metal, es William Koch, un empresario de Florida enamorado del Far West, poseedor de amplias extensiones de tierras por el centro de Colorado, lugar donde el joven Billy elaboró su completo currículum, haciendo fuerza quizá en sus entrevistas en el apartado de movilidad geográfica. Koch posee además, entre otros objetos de aquella época, un rifle que perteneció al general Custer, sobrevalorado oficial del cinematográfico Séptimo de Caballería que pasó a la historia americana por dirigir hacia la muerte a 611 desgraciados que pagaron con sangre la inscripción en el registro de los héroes de su ególatra jefe.

No nos interesa aquí la conocida historia de Billy, sus iniciales escarceos por el lado oscuro, las primeras becerradas cuando era un inocente vaquero, su debut con picadores en Silver City de la mano de Sobrero Jack, la toma de la alternativa al formar el grupo vengativo de Los Reguladores, su posterior confirmación dando matarile al sheriff Brady o el calor que le dio el cansino Pat Garrett hasta que por fin consiguió detenerlo tras unas efectivas dosis de jarabe de plomo. Tampoco las muescas de su revólver, donde la doctrina discute, según unos siete muertes en defensa propia, según otros 20 asesinatos, y según una frase atribuida como verdadera a nuestro protagonista “Me llevé por delante 21 hombres, sin contar mexicanos”. Hecho que hoy en día sería más criticado por racista que por la interrupción intencionada de la actividad natural de aquellos infelices.

Lo que llama la atención es la aurelola de grandeza y romanticismo que genera la imagen de un afamado delincuente al ser bruñida con el paño del tiempo. Al gran público le resulta indiferente las vidas que sesgó o las personas desvalijadas en su correrías, tan sólo se queda con el mito, con el supuesto icono de la rebeldía e hijo de las circunstancias, que también, pero delincuente al fin y al cabo. El boca a boca primero, las novelitas del oeste que leían nuestros abuelos después, y el cine como fin de fiesta, elaboraron un extenso y aguerrido álbum de supuestos héroes donde la posterior posesión de alguno de sus bienes genera un estúpido e inexplicable orgullo a los aventureros de salón y pantuflas.

La misma admiración se da en suelo patrio con los bandoleros, aquella racial estirpe de gallardos y desarrapados hombres de patilla de hacha, fornido pecho con más pelo que la oreja de un burro y navaja al cinto, capaces de tirar de modales o de trabuco según la prestancia de la víctima. Diego Corrientes, José María El Tempranillo, Tragabuches, Luis Candelas, Juan Caballero, Los Siete Niños de Écija… Nombres grabados en el inconsciente colectivo con la tinta de la historia retocada, aquella que al secarse se convierte en mito.

En cualquier caso, tanto Billy El Niño, El Tempranillo o la franquicia de Los Siete Niños de Écija, gozan de la admiración por la lejanía de sus hechos. Habría que ver si estos que ahora compran sus pertenencias como objetos de culto defenderían igual a sus mitos si hubiesen nacido en aquella época y fueran víctimas de alguna de sus distracciones pecuniarias o tuviesen el placer de ser obsequiados con una bala en el pecho en la típica mala tarde del oeste.

SEALAND, EL PRINCIPADO MÁS BIZARRO

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1942. Corrían tiempos de guerra y el ejército británico optó por construir una serie de fortalezas marinas para defenderse de los ataques nazis. Así surgieron las famosas fortalezas Maunsell, las cuales, vistas hoy en día sin los puentes que unían a algunas de ellas, se asemejan a una cuadrilla de naves de Raticulín amerizando en aguas terrícolas.

Sin embargo, tras finalizar la guerra poco a poco fueron abandonadas debido al elevado coste de mantenimiento así como su ya escasa utilidad. Y aquí es cuando empieza a molar la historia de una de ellas. Concretamente la Roughs Tower,localizada en el mar del Norte, a diez kilómetros de la costa Suffolk, Reino Unido. Igual les suena más tras ser rebautizada como el Principado de Sealand.

La plataforma fue remolcada hasta Rough Sands, un gran banco de arena, donde se hundió entonces el casco de la embarcación para que los cimientos se asentasen bien.En su época de apogeo, cuando los molestos pájaros de hierro de la Luftwaffe caían como les hubiesen echado raid, llegaron a estar por allí entre 150 y 300 personas de la Royal Navy.Hasta que en 1956 licenciaron a los últimos soldados, hartos sin duda de pasear como locos por una pequeña superficie de 550m2 y de no ver a más mujeres que el horroroso careto de la abuela del cabo Mortimer, quien la llevaba
tatuada en el pecho, por lo bien que lo había hecho.

Y aquí es cuando aparece nuestro iluminado genio, desfacedor de entuertos y creador de una genuina estirpe real por cuyas venas corre agua salada, lo más de lo más. 1967, Paddy Roy Bates, británico, presentador de una radio pirata, toma posesión de la fortaleza por su cara bonita tras aplicar una libre y categórica interpretación del derecho internacional que si lo pilla Francisco de Vitoria lo corre a hostias. Lo mejor de todo es que este Joaquín Luqui de los pobres tan dado a renocer derechos, parece que no tuvo muy en cuenta los de los componentes de otra radio pirata que hasta ese momento emitía desde allí. Al grito de ¡A pelote, a pelote! ¡Maricón el que no bote! echó del recién consquistado principado a aquella cuadrilla de piojosos que representaba la competencia. Entonces, a lo Napoleón, se autoproclamó Alteza Real Príncipe Roy de Sealand, con poder en la plataforma y en sus doce millas náuticas adyacentes. Olé sus cojones.

Dicen que de tal palo tal astilla, cosa que se pudo comprobar en 1968, cuando el vástago de Paddy, el infante Michael Bates, fue llevado a juicio por abrir fuego contra un buque de la Royal Navy que se acercaba con malas inteciones al principado. Lo más grande de todo es que los tribunales
sentenciaron que al ocurrir fuera de aguas territoriales británicas la corte no tenía jurisdicción sobre el caso. Y claro, desde entonces la familia real se agarró a ese providencial clavo ardiendo para reforzar su posesión sobre aquel metálico islote.

Pero los incidentes no acaban aquí. En 1978, mientras el príncipe se encontraba de viaje oficial, el primer ministro de Sealand (suena a coña pero es cierto), Alexander G. Achenbach, junto con una chupipandi de alemanes y holandeses, toman la fortaleza y capturan al infante Michael,
para soltarlo después en los Países Bajos. Esto parece una mezcla entre las Aventuras de Guillermo el travieso y Los Cinco, sólo que llevadas a cabo por tipejos con unas cuantas primaveras y pantorrillas con más pelos que en la oreja de un burrro. Y como no podía ser de otra manera, el ya mítico príncipe de Sealand, recurrió a un helicóptero para rescatar a sus amigos. En plan Chuck Norris, saltó sobre su imperio y capturó a los rebeldes, a los que declaró prisioneros de guerra. Posteriormente fueron liberados, pero, para mayor descojone, uno de los que quedaban, Gernot Pütz, abogado alemán con pasaporte de Sealand fue acusado de traición contra el principado.

Los gobiernos de los Países Bajos y Alemania solicitaron su liberación pero los británicos, ateniéndose a lo dicho en 1968, dijeron ¡Ahhh! !Se siente! Y el pobre picapleitos teutón casi la pela si no es porque sus paisanos de la embajada de Londres mandaron un diplomático para negociar su liberación. Tras varias semanas el bueno de Paddy Roy Bates le concedió la
libertad, amén de partirse el ojete tras confirmar que el gobierno Alemán reconocía el principado.

Siguiendo con esta bizarrísima historia, el cachondo de Achenbach autoproclamó un gobierno en el exilio allá en Alemania y asumió el título de Chairman of the Privy Council, para más tarde ser sustituido por Johanes Seiger, quien, al estilo de los carlistas, sigue erre que erre
considerándose la autoridad legítima de Sealand.

Para rematar el cuadro, hace unos años, un grupo español, como no podía ser de otra manera, en tratos con el gobierno del exilio, se lió a vender pasaportes de Sealand y falsos títulos nobiliarios como si fueran churrros, los cuales fueron comprados por amplio espectro de pájaros que iban desde delincuentes de toda la vida hasta acomplejados nuevos ricos ansiosos por
sustituir su sangre de orígen obrero por un plasma artificial con el que engañarse a sí mismos.

Fueron expedidos tantos que al final la propia familia Bates tuvieron que revocar todos, incluso los que ellos habían emitido en los últimos 30 años. Al final el Reino Unido incorporó la zona de Rough Towers dentro de su territorio y estableció que nunca había existido ningún Principado de Sealand. Los Bastes conservan su nacionalidad británica y el antaño infante, supuesto heredero, vive ahora en Inglaterra. Durante sus buenos
tiempos llegaron a acuñar monedas, aunque dado lo pequeño del principado el recorrido de estas sería un poco patético y no pasaría de usarlas para echar en la máquina de tabaco o para jugar a cara o cruz quién le tocaba la guardia para vigilar que no atacase Achenbach y sus rebeldes.

Como fin de fiesta, en 2007 el principado de Sealand puso en venta su territorio, encargando a la inmobiliaria española Inmoranja realizar la transacción. Ya me veo al pobre comercial puteado, a comisión pura de oliva, todo el día dándole al remo de las costas españolas al mar del Norte
para enseñar aquella chatarra a cualquier imbécil que piense que aquello puede ser un buen negocio. A ver cómo termina la cosa. Desde luego el pobre comerciata en la calle tras presionarlo con objetivos durante todo el mes y haber llevado más que a un hombre de Achenbach de incógnito
para ver si merece la pena liar de nuevo la traca en aquel absurdo principado.

LA MÍTICA PIEDRA DE DESTINO

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Hay tradiciones que el paso del tiempo, en lugar de convertirlas en algo anacrónico y sin sentido como sucede en muchos casos, refuerza sus cimientos hasta hacer de ellas prácticamente un dogma. Uno de estos casos en la famosa Piedra del Destino, también llamada de Scone –por el lugar donde se encontró- o Piedra de la Coronación.
Se trata de un bloque de piedra arenisca que durante años estuvo conservada en la Abadía de Scone, hoy Palacio de Scone, y que era utilizada por los reyes de Escocia durante la Edad Media cada vez que eran coronados. Hasta que llegaron los ingleses con las rebajas en el siglo XIII y por obra y gracia de Eduardo I fue llevada a la Abadía de Westminster en Londres al grito de la piedra es mía y ya no me junto con vosotros, escoceses, so tacaños.
Sin embargo en 1996, el Gobierno Británico aceptó que se devolviese a sus legítimos propietarios, a cambio eso sí de que en futuras coronaciones volviese a Londres. Veremos a quien nombran entonces como rey, si al casi anciano Carlos o bien a su hijo Guillermo. Obviamente en el hipotético caso que se muera la reina de Inglaterra, un personaje eterno, que si sigue el camino de la reina madre, el futuro rey sería como poco uno de los hijos de Guillermo. El caso es que a día de hoy la piedra se encuentra en Castillo de Edimburgo junto con las joyas de la corona Escocesa.
Como todo objeto de culto que se precie, sus orígenes son remotos y su extraordinario recorrido fruto de las diferentes mareas que impulsan la historia. En concreto, la leyenda más clásica es la que dice que es la almohada que utilizó Jacob aquella tarde en la que se tumbó a echar una siesta campera y soñó con la famosa Escalera de Jacob, escala por la incesantemente subían, cual hora punta en el metro, una infinidad de seres. Más tarde dicen que fue robada, más bien en todo caso hurtada, a Moisés, al dejarla a orillas del mar rojo mientras estaba en sus cosas. La piedra fue entonces llevada a Egipto por Scota, que daría el nombre a Escocia, hija de un faraón egipcio que el tiempo la convertiría en mito para los pictos, bravos guerreros habitantes de Escocia que siglos más tarde daría leña a los romanos, impidiendo que Caledonia fuera conquistada por estos. También se dice, eso sí, que antes de dar el salto a la tierra del whisky primero hicieron parada y fonda un tiempo en España, asentándose en La Coruña y sacándose el abono para el Depor.
Lo más probable es que la piedra fuera un antiguo sitial de coronación de las tribus autóctonas, que fue llevado de un lugar a otro hasta acabar en Scone. Su desplazamiento se debió a Eduardo I de Inglaterra, despojando a los escoceses de uno de sus símbolos más preciados que forjaban su identidad.
La piedra se llevo a la Abadía de Westminster en Londres y se construyó una silla diseñada especialmente para almacenarla debajo, La silla de San Eduardo, donde desde entonces han sido coronados todos los reyes británicos menos María II de Inglaterra. Cuando se unificaron las coronas de Escocia e Inglaterra en la dinastía de los Estuardo, los reyes escoceses de nuevo volvieron a ser coronados sobre su piedra, aunque sin que ésta se moviese de Inglaterra. Lo bueno es que hay quien dice que a Eduardo I lo timaron y la piedra que se llevó a Londres no era la original, sino un pedrolo corriente con el que le dieron el cambiazo.
En el pasado siglo, la piedra salió dos veces de Inglaterra, una por un breve espacio de tiempo y otra de manera definitiva. Durante la Navidad de 1950, cuatro estudiantes escoceses presos de un exacerbado sentimiento nacionalista y de unas aburridas vacaciones sin apenas ningún aliciente, afanaron la piedra de la Abadía de Westminster. En la operación la piedra se partió en dos. O ya estaba partida, pues según unos ya estaba partida gracias a un atentado de unas suffragettes –movimiento de mujeres británicas y americanas que reclamaban su derecho al voto a principios del siglo XX- antes de la Primera Guerra Mundial. Escondieron la mayor de las partes en Kent, y días más tarde atravesaron la frontera con ella en el maletero del coche. La otra parte llego a manos de un viejo político de Glasgow que la hizo reparar por un cantero profesional.
Ante la presión social, que no estuvo muy a favor del latrocinio, y sobre todo que la reina de Inglaterra debía ser coronada en breve, concretamente en 1953, y no llevar a cabo la coronación sentada sobre ella daría lugar al principio del fin de la monarquía, los intrépidos muchachos no tuvieron más remedio que devolverla tras tirar de botes y botes de supergen para fijar como pudieron las dos partes. Fue abandonada en la Abadía de Arbroath el 11 de abril de 1951 y felizmente recuperada por la policía.
La segunda vez que salió de Inglaterra fue ya de una manera oficial y definitiva. En 1996, gracias al primer ministro John Mayor, la piedra fue escoltada por el ejército desde Londres hasta el Castillo de Edimburgo, donde desde entonces descansa tranquilamente a la espera de una nueva coronación.