Ganador del Concurso Internacional de microrrelatos La Mueca del Pícaro 2018

 

 

Una alegría de vez en cuando nunca viene mal. Como cuando me comunicaron hace poco que había ganado el Concurso Internacional de Relato de Humor Hiperbreve La Mueca del Pícaro 2018 con mi obra Don Ricardo.

El premio lo convocaba el Ayuntamiento de Barbastro (Huesca), junto a otros premios literarios más. Este es el enlace del artículo del Heraldo en el que se comunica el fallo.

 La Mueca del Pícaro 2018

 

EL LADO OSCURO

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En los juzgados es conocido como Darth Vader. Formado desde niño bajo la tutela especial de los grandes maestros del derecho, pronto se dejó seducir por el lado oscuro. Para algunos, claro. Sin dar explicaciones, cambió honorarios equitativos y asistencia altruista a gente sin recursos por la defensa de mafiosos y narcotraficantes, vaciando su alma mientras llenaba los bolsillos con potentes minutas. De invocar a Díez-Picazo y citar a Cobo del Rosal pasó a jurar por Rodríguez Menéndez y brindar por los Charlines. Ahora es un afamado gourmet mediático que basa su cocina en los expedientes más turbios. No conoce la crisis. Y sólo a veces, durante sus noches solitarias, añora por un instante al abogado que un día fue, soñando incluso con un recurso de apelación contra la sentencia de esa vida vacía que el mismo dictaminó. Pero es sólo un sueño.

¡SOY UN CARTONIANO!

 

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Lo soltó con rabia. Un esputo visceral, reluciente de orgullo, que años de discreción bruñeron con el paño del silencio. Hasta la fecha no habían desenmascarado a ninguno. La policía tenía certeza de su creación, treinta años antes, en recónditos sótanos de la facultad de derecho de Deusto. Había indicios de ritos iniciáticos, chantajes a profesores, incluso una supuesta lista de miembros situados actualmente en los puestos claves del Poder Judicial. El juez Mínguez era su líder. El cráneo pelón significaba el grado más elevado de aquella sociedad secreta cuyos miembros ascendían conforme menguaban sus existencias capilares. Un proceso que unía fuertemente a sus miembros durante la carrera, al colocarse el birrete, opositando o al peinarse los últimos vestigios el día de su boda. Mínguez, tras gritar aquel exabrupto, aceptó su detención. Sin arrepentirse por liquidar de un bastonazo a aquel hermano traidor que lucía bisoñé durante la audiencia real.

EL HÁLITO DE LOS DESESPERADOS. FINALISTA VII CONCURSO MICRORRELATOS DIARIO DE TARRASA 2016

 

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Microrrelato finalista del VII concurso de microrrelatos del Diaro de Tarrasa, 2016.

 

El día rompió amargo, huérfano de sol pero rico en ese viento helado y atezados nubarrones que acompañan siempre a la muerte. Gabriel mostraba pulso firme, como un ideal bien asumido. El de Vázquez, tembloroso, carne de tiempos sin suerte, de dignidad lacerada con el látigo del desprecio. Allí estaban los dos, frente a frente, apuntándose al alma para acabar de una vez con los sueños perdidos. Comenzó entonces a llover ligeramente. Gotas de vida que humedecieron sus fracasos, resbalando inquietas hasta sanear los recuerdos. Como el de la nueva ley aprobada por el congreso unos meses antes. Para agilizar los numerosos procedimientos judiciales de desahucio y sobrecarga de los juzgados, regurgitaba del pasado una solución extrema impulsada por el hálito de los desesperados: el duelo. Condonación de la deuda a vida o muerte.  A duras penas, los bancos tuvieron que aceptar los nuevos tiempos… aunque supieron adaptarse. Y aquel día, sólo podía quedar uno. O Gabriel, deudor hipotecario, engañado y arruinado por el director que lo buscó durante años, o Vázquez, el becario que finalizaba contrato y le habían ofrecido renovación en caso de éxito. Ninguno disparó.

 

 

 

 

 

COINCIDENCIAS Y CASUALIDADES DE LA HISTORIA

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Se podría decir que constituyen una combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables, guiadas quizá por la caprichosa y misteriosa mano que controla nuestra ficha de concursante, aunque para los ateos se trate tan sólo de un efecto más del azar absoluto con el que rulamos por el peligroso y complicado tablero de la vida.

Algunas de estas casualidades, que al final no llegaron a cuajar, nos meterían de lleno en lo que en historia se denomina ucronía, es decir, una reconstrucción lógica aplicando acontecimientos no sucedidos, pero que podrían haber llegado a suceder. Tal es el caso de que Bruce Lee hubiese aceptado la invitación para ir a la fiesta que se celebraba en casa de Roman Polanski, aquella funesta noche en la que una diabólica Familia acabó brutalmente con la vida de Sharon Tate y del resto de invitados. Igual si Bruce se pasa un rato por allí a tomarse unas mirindas, se lía a hostias con Charles Manson y el resto de la secta, evitando una matanza y mandado a aquel atajo de tarados directamente a urgencias, con las costillas hechas migas y los agudos chillidos del chino gritón retumbándoles de por vida en sus cráneos huecos. Desgraciadamente no fue así y la pobre Sharon pagó las consecuencias del malqueda de Bruce Lee.

En cambio, una casualidad que estuvo a punto de mandar al guano todo un Desembarco de Normandía fue el susto que uno de los coroneles encargados de codificarlo se llevó al comprar el London Daily Telegraph y leer las soluciones del crucigrama del día anterior. El pobre hombre, en vez de tirar de sudoku para matar los ratos muertos entre comidas con generales y copazos en la cantina, no tenía otra cosa que se aficionado a los jeroglíficos de Ocón de Oro y a los crucigramas. Delante de esos ojitos que se iban a comer los gusanos aparecieron de pronto en secuencia los nombres de Omaha, Utah, Mulberry, Neptune y Overlord. Toma ya. El nombre de las dos playas del desembarco, el del puerto artificial que se construiría tras el desembarco, el de la operación naval y el de la operación in yeneral. Vamos, que solo faltaba ya decir el D.N.I. de Eisenhower o la combinación del plumier de Churchill para rematar la faena. Al pobre coronel casi le revienta la patata, y el almirantazgo, pensando que era una labor de espionaje, casi suspende el desembarco. Menos mal que días después se descubrió que era una coña marinera, tirando p´lante con los planes, aunque eso sí, con cierto no se qué, qué se yo durante toda la operación.

Una de las casualidades más bizarras sin duda es la que se refiere al nombre de Hugh Williams. Aunque a ustedes les resultará totalmente desconocido, resulta que se trata del nombre del único superviviente de un navío que naufragó en el estrecho de Menay, en el mar de Irlanda, el 5 de diciembre de 1664. Hasta aquí nada del otro mundo. Sin embargo, también el 5 de diciembre, solo que de 1785, se hunde otro barco en el mismo sitio y solo sobrevive un pasajero llamado Hugh Williams. Casualité. El 5 de agosto de 1820, 24 pasajeros que iban a bordo de un velero que se había perdido por esa zona –debe ser una especie de Triángulo de las Bermudas a la europea- terminaron el día en una improvisada sardinada en el chalé de Neptuno, bueno, todos menos uno, el amiguete Hugh Williams, que parece ser que era más de carne roja. Así que ya ven, cómo podemos explicar esto. O bien los Williams forman una estirpe de tíos insumergibles, que no se hunden ni tras zamparse en la tasca del pueblo dos kilos de croquetas de plomo, o bien es una especie de Bruce Willis en el Protegido. Lo chungo es que uno vaya tranquilamente a Ibiza a pasar unos días de despiporre y de paso saludar a Pocholo, qué menos, y en medio de la travesía del Ciudad de Málaga se le presente un tipo que diga, A las buenas tardes, me llamo Hugh Williams. ¡Jorrlll! Aconsejo subirse en la chepa del cenizo y no soltarse hasta llegar a tierra.

Otra casualidad histórica bastante curiosa es la llegada de Hernán Cortés a tierras aztecas el 22 de abril de 1519, el día indicado para el regreso de Quetzalcóatl. Cuando Cortés, acompañado de una cuadrilla de españoles con un par de pelotas, se presentaron ante una jartá de indios que les gritaban ¡Quetzalcóatl! ¡Quetzalcóatl!, se quedaron con la copla y dijeron Pues vale, Quetzalcóatl de toda la vida. Y ya de paso vacilaron de caballerías, pulieron un poco las armaduras y prepararon las mechas de sus arcabuces por si había algún indio picajosillo que no lo terminaba de ver claro. Y gracias a esta casualidad pudieron durante un tiempo tener a raya a los aztecas hasta se percataron que no eran dioses, sino hombres, con los mismos miedos y necesidad de sobrevivir que ellos.

Por último, una de las casualidades que más me gustan es la relativa a Mark Twain, creador del mítico Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Abrió un ojo en 1835, el mismo año en que pasaba el cometa Halley, y cerró el otro 79 años después, en 1910, el mismo año en que volvía a aparecer el cometa. Quizá lo trajo el cometa a la tierra, soltándolo entre los restos de su estela, para que sus escritos entretuvieran a millones de lectores y se lo llevó de nuevo con el para soltarlo en otro lejano lugar donde igual hay seres esperando desde hace años la llegada de un escritor que les narre las aventuras de aquellos golfillos del lejano Mississippi.

ALMUERZO EN LA CIMA DE UN RASCACIELOS

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Es una de las fotos más vendidas de la historia. Su título original es “Lunch atop a Skyscraper”, que traducido al cristiano es algo así como “Almuerzo en la cima de un rascacielos”, y fue realizada por Charles C. Ebbets, seguramente apoyado también en una solitaria viga del piso 69 del edificio GE del Rockefeller Center de Nueva York como en la que están sentados estos monstruos, allá por 1932. Setenta y seis años después de ser realizada esta instantánea, aún sigue poniéndoselos de corbata a cualquiera que la contemple.

Me la enviaron hace unos días por mail junto con otras cuantas del estilo. Pese a haberla visto varias veces más tanto en catálogos fotográficos antiguos como en múltiples libros de historia, siempre que la observo siento un vacío enorme en el pecho, como si me faltase el aliento debido a la altura, o quizá sea porque todo ese aire que a mi me falta sea el peculiar impuesto que los obreros de la fotografía cobran a cada tipejo que aprecia embelesado su resignada gesta.

Y es que no es para menos. La foto no tiene desperdicio. Once currelas sentados en una gruesa viga a unos doscientos cuarenta metros del suelo –la altura total son 259-, tan panchos, hablando de sus cosas en el momento de hacer un break para darle al diente. Sus rostros reflejan una pasmosa tranquilidad, incomprensible para cualquier auditor de riesgos laborales, que se tiraría de los pelos y pellizcaría siete veces antes de dar crédito a lo que esos ojitos suyos estaban viendo.

Uno de los obreros del extremo izquierdo le ofrece tranquilamente lumbre al Malboro sin filtro –digo yo- de su amiguete. Nada que ver con los palos de la risa que en otros lugares del mundo sus compañeros de profesión se ventilan a pares mientras realizan su laboro.

A su lado, el hombre del peto y los guantes como puños de Mazinger Z, comenta con su compare de la gorra negra que tiene la duda de si en el puente de Halloween marchará al lago Tahoe a casa de su hermana Mildred o bien irá con la parienta y los niños al parque Yellowstone para darle unas galletillas de miel al oso Yogui.

En medio de la viga, el hombre de la gorra y el pitillo en la comisura de los labios muestra a sus amigotes de ambos lados un par de picantes fotografías de Jean Harlow y Mae West en pelota picada, hecho que provoca que uno se descamise para contrarrestar un poco los calores y el de la izquierda se tape la empalmaera con su guante de superhéroe.

Sus otros tres compañeros de viga, con el lascivo muestrario potorrero más que visto, están preocupados en cambio en si su parienta les ha puesto emparedados de mantequilla de cacahuete como todos los días, o bien se ha estirado con un buen trozo de pastel de arándanos. Parece ser que para el hombre que luce la camiseta de baloncesto del Real Madrid, su mujer si se portado, ante la envidia de su colega de al lado, al que le han cascado un par de brócolis hervidos, sin mayonesa ni ná, que no le hacen ni puñetera gracia.

Por último, el hombre del peto que mira hacia la cámara, se está metiendo entre pecho y espalda medio litro del ponche que Margaret Rouse, su santa esposa, se quedó preparando la noche anterior cuando el angelito se quedó sopa al echarse en el camastro con la espalda rota tras una jornada agotadora. Minutos después, a pesar del doping, nuestro amigo se levantará medio mamado y caminará por las vigas, cual funambulista errante –ya quisiera Pinito del Oro-, y realizará eficientemente su trabajo, desafiando gallardamente a las leyes de la gravedad y las elevadas apuestas de los dioses, donde ya se pagan veinte a uno que el mozuelo se deja los piños ese día en el lejano asfalto.

Pero ahí seguirán todos eternamente, tranquilos y sin vértigo, viendo pasar la vida con la satisfacción del deber cumplido, mientras el resto de los mortales contemplamos absortos esta peculiar y, desde la mentalidad actual, increíble imagen. A todos estos tíos, porque eso es lo que son, unos verdaderos tíos, mi más sincero respeto allá donde se encuentren.

SKULL AND BONES, TODO QUEDA EN CASA

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Artículo de 2007.

Corren tiempos difíciles. El sistema económico mundial se tambalea, y cuando EE.UU tose compulsivamente, esperando angustioso a que alguien le dé unos toquecitos en la espalda mientras dice San Blas, San Blas, en Europa se escupe un oscuro esputo de recesión económica, que rápidamente se diluye entre las aguas de una crisis de órdago hasta convertirse en una peligrosa corriente capaz de derrumbar los cimientos de la economía del español medio. Lo que mucha gente no sabe es que bastantes de los que llevan, han llevado, o están en el ajo del rumbo que marca el timón del país del Tío Sam, pertenecen a una antigua sociedad secreta nacida en la universidad de Yale que responde al nombre de Skull and Bones.

Parece ser que en un impresionante edificio dentro del recinto de tan elitista universidad se encuentra La Tumba, una especie de santasanctorum donde los miembros de la sociedad tienen sus fiestas de pijama, rodeados eso sí, de restos de huesos humanos, calaveras, cuadros macabros, y alguna que otra pelota de béisbol de importantes partidos ganados por su universidad.

Cuenta la leyenda que una de las calaveras es ni más ni menos que la del Gero, el famoso líder apache Gerónimo, pues según el historiador Marc Worman, descubrió una carta de 1918 en la que decía que unos cuantos miembros de la sociedad de la Calavera y huesos se llevaron la cabeza del mítico guerrero, que descansaba en paz en el cementerio de Fort Sill (Oklahoma) para colocarla en una tumba en New Haven (Connecticut) que es la sede de estos angelitos, y donde deben guardar todos aquellos objetos que les son encomendados en sus pruebas iniciáticas. Lo curioso del caso es que entre los miembros de la pandi de profanadores estaba el abuelo del actual presidente de EE.UU, Prescott Bush, un pastoso de la época.

Y como la base de tan elitista y desconocida sociedad son gente que tiene bastante guita, que han intentando que todo se reduzca a una treintena de familias de rancio abolengo americano, pues ellos se lo guisan y ellos se lo comen, colocando después a sus pupilos en los puestos más importantes de la sociedad. Un ejemplo claro son los Bush, y que se sepa hasta ahora han pertenecido el abuelo manga cocorotas, el anterior presidente George H.W. Bush, y el actual George W. Bush, lo que indica que aunque el origen familiar debe ser de parné y respetable, un alto coeficiente intelectual no es hasta ahora requisito indispensable para ser miembro.

Además de la familia Bush, nos encontramos con otros miembros que han desempeñado o desempeñan cargos importantes como William Howard Taft, vigesimoséptimo presidente de los EE.UU (1909-1913), Henry Stimson, secretario de guerra de Franklin Delano Roosevelt, Averell Arriman, embajador de EE.UU en la Unión Soviética, J. Richardson Dilworth, administrador de los intereses de la familia Rockefeller. También en medios de comunicación dicen que hay como Henry Luce y Briton Haden, a los que se le ocurrió la idea de crear la revista Time una tarde en La Tumba, igual mientras jugaban a los bolos con la calavera del pobre Gerónimo, que está dando un juego… En cuanto a la CIA –ya la estábamos echando de menos- William F. Buckley conocido miembro ultraconservador de la misma era uno de ellos, y su hermanito, James Buckley, subsecretario de Estado, para la Seguridad, Ciencia y Tecnología en el gobierno de Reagan, al que seguro que le hubiera molado pertenecer a la pandi. Por último, para no aburrir con listados coñazos, diré que John Kerry, el senador demócrata que luchó contra Bush en las últimas elecciones a la presidencia pertenece a Skull and Bones, donde en su día ejerció como padrino de George Bush en sus días universitarios en la Tumba. Así que todo queda en casa, ganara uno u otro siempre estaría bajo el manto de la sociedad de la calavera y los huesos.

Las conspiranoias, que siempre digo que molan un montón, cuentan que están detrás de trascendentales episodios de la historia americana, y de paso mundial, como la invasión de Bahía Cochinos o, como buena conspiranoia que se precie, de la muerte de Kennedy, que siempre está ahí.
En fin, es un brevísimo repaso a la historia de una sociedad secreta, una más, que por lo menos da más vidilla que las típicas de los masones e Illuminati, que ya están más que vistas. Lo que estaría bien es que se descubriera en España alguna sociedad del estilo, con el toque carpetovetónico y racial que nos caracteriza, y que se hubiese formado en los sótanos de la universidad de Deusto o de ICADE para llevar las riendas del destino patrio. Aunque desde luego, si existen y guían el país, serán una copia del amigo Bush, con un coeficiente intelectual más justo que el de un click de famobil. A los hechos me remito.

LAS ALAS DEL ÁGUILA: ROSS PEROT Y SUS FIELES EJECUTIVOS

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Siempre se ha dicho que en innumerables ocasiones la realidad supera a la ficción. Clásico dicho que en este caso es totalmente cierto. Sobre todo en nuestra piel de toro, donde semejante aventura es absolutamente incompatible con el caracter del sufrido trabajador ibérico puro
de oliva. Pongámonos en situación. Irán. Finales de 1978. El Sha Reza Pahlevi, aliado de los EE.UU quienes armaron su ejército y continuador de la reciente monarquía creada por su padre, el típico militar que da un golpe de estado y se autoproclama rey por la patilla, está a puntito de ser enviado al viejo lugar donde picó el pollo. Y es que por aquellos lares suenan tambores de guerra, de revolución islámica y barbas a lo alcalde de Marinaleda. El ayatolá Jomeini, futuro destinatario de una entrañable canción de Siniestro Total, sale de Francia y regresa a la antigua Persia, a echar la persiana, valga la redundancia, a un régimen autoritario para crear otro pero de corte islamista. Y es durante los albores de esta revolución cuando se produce nuestra historia. El secuestro en Teherán de Bill Gaylord y Paul Chiapparone, ejecutivos de la EDS (Electronic Data System),empresa yanki fundada en tierra de JR, oséase Dallas, por el pastoso tejano Ross Perot.

El self made man por antonomasia. Impulsivo, constante, inteligente, líder nato. Como buen americano, con pasado de combatiente y patriota,llegando a presentarse como candidato a la presidencia en 1992 y 1996 por el Partido de la Reforma de los Estados Unidos logrando un 19%
de votos con su ultraconservador programa, aunque obviamente sin posibilidades en un supuesto mundo democrático que sólo acepta el bipartidismo de toda la vida. Trabajó en la IBM, hasta que años más tarde crea su propia empresa de soportes electrónicos, la EDS. Siempre abriendo
mercados, consiguió el contrato para informatizar el sistema de la seguridad social iraní en 1976.

Entonces se produce el entuerto. Gaylord y Chiapparone son acusados de haber obtenido el contrato por soborno y son arrestados. Los intereses americanos son un blanco deseado por los futuros señores del país, que saben que la empresa no abandorá Irán sin sus hombres. La EDS intenta
acreditar por activa y por pasiva que sus hombres son inocentes y una gestión trasnparente como el caldo de un asilo. Ni puto caso. Los iraníes los llevan a la trena y les dan una taza de Mickey Mouse y un tenedor para que marquen palotes en las paredes de la celda. El ejército americano se lava las manos para no complicarse de momento con otro puñtero país que les ha salido rana.

Pero Perot no se queda esperando a que escampe durante el diluvio, sino que es de los que agarran la llave inglesa y se la juega para cerrar el grifo. Ahí es cuando surge el líder que lleva dentro. A grandes males, grandes remedios. Si su país no le ayuda a rescatar a sus hombres lo hará él con los suyos. En apenas unos días piticlinea al resto de ejecutivos residentes
en Irán y otros que están en Estados Unidos y les dice lo que hay. Les ofrece un arriesgado proyecto para rescatar a sus compañeros cuyo único incentivo es llevarlos a su casa sanos y salvos, advirtiéndoles eso sí que perder el pellejo es uno de los puntos a tener en cuenta en la atípica misión. Lo grande es que cuando dijo la típica frase, “Es voluntario, el que
quiera salir del despacho porque no quiere participar, puede hacerlo, lo entenderé perfectamente”, nadie movió un pinrel. Ahí está su grandeza. Perot daba mucho a sus hombres, estaba pendiente siempre de ellos, pero a cambio les exigía mucho. Disponibles en cualquier momento, trabajo
constante, pero también ponía un avión de su bolsillo si la mujer de alguno estaba enferma y tenía que ser ingresada en otro estado en la clínica más importante de allí. Y ellos lo sabían.

Otro dato a tener en cuenta es que seleccionaba siempre a sus altos ejecutivos entre formados candidatos que hubiesen estado también en el ejército, consciente de que tipos que ha soportado el estrés de la guerra y estar continuamente ante situaciones límite saben perfectamente cómo
actuar y mantener la cabeza en su sitio en el ejercicio de puestos directivos. Allí gritaron fidelidad al jefe y sus compañeros un grupo formado por Jay Coburn, Ron Davis, Ralph Boulware, Joé Poché, Glen Jackson, Pat Sculley y Jim Schwebach, casi todos veteranos de Vietnam. Tal situación extraordinaria, en la que ejecutivos de poderosas nóminas estén dispuestos a jugarse el tipo por rescatar a sus compañeros, y siendo el primero su propio jefe, que voló con ellos, es algo que se aún se explica en los cursos de liderazgo de directivos de medio mundo.

Pero para llevar a cabo la misión necesitaban a un profesional que los dirigiese. Y éste no fue otro que el viejo coronel Bull Simons, veterano de la Segunda Guerra Mundial y de Vietnam, con aureola de legendario soldado, de esos que uno agradece tener cerca cuando la muerte nos mira de frente y él sabe siempre cómo ponerte de lado. La misión le llegó en el mejor momento, pues hasta esa fecha mataba la vida entre la añoranza por su mujer fallecida poco tiempo antes y el cuidado de su granja de cerdos. Así que de perdidos al river, pero con la satisfacción de volver de nuevo a la acción con una misión de las que bien valen un epitafio agradecido.

El entrenamiento de los mozos se lo pueden imaginar, así que no me detengo. Muchas carreras, tiro al blanco, ensayos de asaltos. Ördenes, tensión y también mucho “Cuando yo diga saltar, vosotros diréis hasta donde”, “Cuando yo diga correr, vosotros diréis hasta que estado” y
“Cuando yo diga las cinco…”,bueno, hasta aquí puedo leer… El caso es que tras un duro entremaniento y un plan de rescate ensayando mil veces al final no tuvieron ni que usarlo.

La propia revolución facilitó sin saberlo su salida. La cárcel en la que estaban fue asaltada por los revolucionarios y entre el cachondeo que se lió Paul y Bill cogieron las de Villadiego con ayuada eso sí de Rashid, un joven iraní que se las sabía todas y con ganas de ganarse la vida en el país del tío Sam, sin duda montando un Kebab. Entonces fueron recogidos por el coronel Simons y el resto de la pandi y tirando de furgoneta, todoterreno y autobús hasta conseguir atravesar la frontera del país. Toda esta historia está perfectamente detallada en el magnífico libro de Ken Follet, Las Alas del Águila, unos años antes de que empezase a elucubrar el armazón de Los Pilares de la tierra.

La aventura fue un éxito. Digno de una peli de Hollywood con final feliz. Ahora, por un momento, piensen una situación parecida en España. Dos altos ejecutivos de una empresa patria retenidos en Marruecos o Argelia por los integrantes de la revolución que se producido en el país. Se
trata de Pepe Fuentecilla, director de Recursos Humanos y del Bisoñé, director comercial en la zona de España, Marruecos y Argelia de la empresa, el cual oculta su alopecia, que no su mala leche, con un casposo peluquín adherido al cráneo. Llega entonces el director general
de la compañía y convoca una junta extraordinaria entre ejecutivos de diferentes rangos y se encuentra con lo siguiente.

Tras soltar la perorata a lo Braveheart e incitar a que den un paso adelante los que estén dispuestos a jugársela por sus compañeros, se empieza escuchar un ligero murmullo que poco a poco va conviertiéndose en una sonrisa hasta terminar en una sonora carcajada, de esas en las que uno no puede parar. El director mira a Gálvez, uno de los ejecutivos que se parte el ojete dando golpes en la mesa sin poder parar de reír, a su lado, Medina, la secretaria del Bisoñé, descojonada como si estuviese de público en No te rías que es peor, hace cortes de mangas y grita: Que no vuelva, que no vuelva ese hioputa.

En otra silla, Gutiérrez y Landelino, sufridos comerciales por obligación no por devoción, se suben a la mesa y zapatean contentos y llorando de risa aún más cuando los mira con mala leche el gran jefe, mientras gritan desgarrándose la voz: ¿Puedo ir yo? ¿Puedo ir yo? Al final hasta el propio gran jefe se descojona al mirar el dossier donde aparecen las fotos de los
dos ejecutivos y dice en voz baja: Pues nada señores, a pelarla.

CHUCK TAYLOR ALL STAR, LA HISTORIA SE LAS CALZÓ

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Tras leer el fenomenal artículo de Delia Rodríguez sobre La larga cola y la absorción de Converse por Nike, cosa que muchos no sabíamos, conquistando entonces la también histórica marca del stick de la victoria la cuota de mercado adjudicado a los incondicionales de las legendarias Chuck Taylor, a uno le da por recordar la de generaciones que se han enfundado sus extremidades inferiores en aquellas endebles zapatillas de lona convertidas desde hace tiempo en otro icono más que agregar al extenso inventario de la cultura popular del siglo XX.

Quién le iba a decir al bueno de Marquis M. Converse allá por el 1908, cuando abrió su primera fábrica en Malde (Massachussets), que se convertiría en el dueño y señor del calzado deportivo, sobre todo a partir de 1923 cuando creó el modelo All Star para el jugador de baloncesto de moda de la época, Chuck Taylor. Tal reinado duró hasta más o menos los setenta, cuando aparecieron nuevas firmas que presentaban calzados más aptos para el deporte que las Converse, con las que uno se podía torcer el tobillo fácilmente al tomar tierra tras hacer un cutre mate en las canastas de minibasket del cole y llegar a casa con la pata chula, nuestra madre gritando asustada como si llegásemos de reconquistar el Peñón, y nosotros con cara de gilipollas por tratar de emular a los héroes de Ramón Trecet y su Cerca de las Estrellas.

Las causantes de su sentada en el banquillo fueron marcas como Reebok, Adidas o Nike, ese pequeño pez que se convirtió en ballena para engullir más tarde a su antigua rival como si de un Jonás se tratase, quizá más por dar un aviso a navegantes que como castigo divino por aquella especie de monopolio deportivo que Converse ejerció durante casi medio siglo.

Pero a sus nuevos propietarios les salió rana su nueva adquisición ya que, en lugar de acatar sumisas las directrices que marca el stick de Nike, las viejas All Star, cual flautista de Hammelin, tararearon una misteriosa melodía que, siguiendo el ritmo que marcaban sus cordones, tan sólo entendían sus fieles acólitos, aquellos que año tras año se dejan los cuartos en lo que unos interpretan como un símbolo de rebeldía, otros de alternativismo, y los más de pura estética atemporal. Pero bueno, al fin y al cabo, Nike sigue ganando, que es lo único que les importa.

Incluso muchos de nosotros sufrimos en propias carnes que nuestros pinreles fueran adornados por tan peculiares botas, bueno, más bien vulgares imitaciones patrias en un tiempo en el que el imperio chino aún no había colonizado ese tipo negocio. Me refiero sobre todo a aquella época adolescente en la que las nuevas firmas marcaban el rumbo de nuestra conducta, consiguiendo que la iconografía de determinados logotipos neutralizasen a su antojo a nuestras escasas neuronas, hasta convertirnos en una especie de zombies devoradores de marcas que perdíamos fuerza con las All Star o henchíamos el pecho con unas Nike Air Jordan.

Sin embargo, a lo largo de la historia, este peculiar calzado ha sido utilizado por estrellas de cine, de la música, tribus urbanas, etc. Desde hippies de la generación del Flower Power a punks como los Ramones, cuya estética de chupa de cuero, camisetas, vaqueros rotos y All Star fue imitada hasta la saciedad por cientos de rockeros. Por cierto que los rockers también tiraron de All Star como fondo de armario de su vestuario, y los grupos de grunge made in Seattle, y los alternativos españoles que cantan en inglés, y los pijos que van de desaliñados, y así hasta mil.

Unas zapatillas que fueron las primeras en rotular el nombre de un jugador en el parche del tobillo, ya quisiera Beckham, con las que se apoyaba James Deam al sentarse en el capó de su Pequeño Bastardo, o lucieron alguna vez cualquiera de los Rolling, sobre todo Keith Richards, que le dan un aspecto aún más de maldito, si es posible eso, claro. También las lució Travolta en Grease, tanto en los números musicales como cuando le da por practicar baloncesto para hacerse el deportista y se pone a echar una pachanga con los compis de clase con un estilo mezcla de Petrovic y Charles Bronson que si lo pilla Aíto lo degrada a los alevines del Cotonificio. Incluso se las calzó Milikito en sus tiempos de showman televisivo para darle el toque salao al smoking.

A principios de los sesenta nace una nueva versión, la All Star de corte bajo u Oxford. Y es a mitad de esa misma década cuando aparecen las All Star de colores, ya que hasta ese momento tan sólo las había en blanco y negro. Variedad cromática que incrementaría sus ventas y multiplicaría las posibles combinaciones con el resto de atuendo de cada consumidor. Gente como Bruce Springsteen, Lenny Kravitz, David Bowie, o la mayoría de la gente de la Movida se las calzaron alguna vez. Y seguirán calzándose espero que por muchos años pues un atuendo juvenil que lleva tantos años en activo, me atrevería a decir que es de los pocos que ha gozado ininterrumpidamente de un consumo mundial, no debería desaparecer del mercado ya que, aunque algunos les pese, las Chuck Taylor All Star forman parte de nuestra historia.