LA ESCALERA

La tormenta arreciaba con fuerza, empapando sin piedad la fachada de aquel añejo edificio del centro. Entre destellos de relámpagos y redoble de truenos, Carlos atravesó corriendo la calle y entró raudo en el portal del edificio. Tras limpiarse los zapatos en la alfombrilla, se dirigió hacia el ascensor, mientras escurría un poco sus ropas durante aquel breve trayecto, formando un pequeño riachuelo cuyo cauce era iluminado por débiles y arcaicas lámparas de tupidas pantallas, que solo una comunidad de vecinos con escasa iniciativa y pésimo gusto era capaz de mantener en activo durante más de cuarenta años. -¡Joder, vaya tardecita!-gritó Carlos al llegar al ascensor. ¡Al hombre del tiempo habría que fusilarlo ante la audiencia por malo! ¡Otro día que falla el pronóst... No le dio tiempo a terminar la frase, pues un poderoso trueno hizo temblar tanto los cristales del portal, como el corazón de Carlos, que no se lo esperaba, y apenas había retomado éste su ritmo habitual cuando la luz se apagó durante unos segundos. -Puff, lo que faltaba- suspiró en la oscuridad. De nuevo retornó la luz. Pero las lámparas ya no iluminaban el portal como antes, sino que ahora parecían llamas a punto de extinguirse. Como el débil brillo de la flecha que indicaba que bajaba el ascensor. Una luz dubitativa e intermitente que hizo que Carlos se decidiese a elegir el rumbo seguro de las escaleras frente al posible trayecto accidentado, con final incierto y posiblemente claustrofóbico que representaba el ascensor. Y comenzó a subir por las escaleras con la potente melodía de los truenos como banda sonora de su ascenso. La iluminación de las escaleras no distaba mucho de la del portal. Con pequeños apliques escupiendo una luz mortecina y triste que apenas servían de indicadores de la posición de los muros. Carlos se quitó su empapado jersey mientras subía, apoyándose en la barandilla, sin percatarse de que en lugar del descansillo correspondiente a los pisos de la primera planta había una pared que tapaba el espacio y que la unía de nuevo a las escaleras. Siguió su camino hasta la segunda planta, pensando en sus cosas, en sus problemas, quizá en sus sueños, hasta que casi se dio de bruces contra la pared que cubría el descansillo de la segunda planta, y que tampoco debía de estar ahí. -¡Eh! ¿Qué cosa más rara?-comentó sonriendo mientras tocaba la pared, con esa media sonrisa estúpida y forzada de la que suelen hacer gala los incrédulos. -Anda que estoy yo fino hoy... Aunque bastante extrañado, siguió subiendo. Y al llegar a la siguiente planta, su planta, de nuevo se encontró con una pared cubriendo el descansillo. -¿Pero, qué coño es esto? ¿Desde cuando hay una pared aquí...?-bramó Carlos desconcertado. ¡A ver si voy a ser tan gilipollas que me he equivocado de portal....! La angustia hizo acto de presencia. Comenzó entonces el camino a la inversa, a desandar lo andado, bajando los escalones de dos en dos. Pero su veloz carrera se detuvo de pronto en seco. Tras bajar tres plantas, en lugar del portal se encontró de nuevo con otra pared. -¿Qué demonios pasa aquí?-preguntó Carlos al vacío, llevándose las manos a la cabeza y echándose el pelo hacia atrás con las manos. ¡Si sólo he subido tres plantas! Un terrorífico espectáculo contempló al asomarse por el hueco de las escaleras y ver que no tenían fin. Que su vista se perdía en la oscuridad, como si llegasen quizá hasta el mismísimo infierno. Y lo mismo ocurrió cuando alzó la vista y miró hacia arriba. Las malditas escaleras seguían y seguían sin fin. Quizás hasta llegar al cielo. -¿Qué es esto? ¿Qué está pasando?-dijo llorando. ¿Papá?, ¿Nachoooo? ¿Podéis oirme..? Desesperado, comenzó a subir las escaleras mientras llamaba sin cesar a su padre y su hermano, hasta acabar extenuado, sentándose entonces en uno de los peldaños de la escalera y empapándolo con lágrimas de miedo y desesperación. Hasta que apareció él. Al principio se escuchaban sus pasos como un lejano ritmo que poco a poco se hacía más fuerte conforme se acercaba. Un ritmo que enseguida quedó ahogado por los latidos del corazón de Carlos, que sonaba como una gigantesca campana golpeada por el poderoso badajo del miedo, y que casi revienta cuando el causante de sus nervios apareció tras él y le agarró por el hombro. -To...Tomas... ¿Cómo es posible?-balbuceó Carlos ante aquel vigoroso hombre de mediana edad vestido con mono azul lleno de manchas de grasa. -¿Me conoces? ¿Quién eres tú?-respondió sorprendido el misterioso Tomás. -Soy Carlos, el del tercero b. ¿No te acuerdas? Pero... No entiendo... Estás igual que cuando huiste... Y por lo menos han pasado ya quince años... ¿Cómo es posible? -¿Carlos...?-comentó Tomás rascándose la cabeza. Carlitos... Si...Ya recuerdo. El hermano de Nacho. Pero, ¿Qué es eso de que yo huí? ¿De qué hablas muchacho? -Pues del robo en casa de los Urrutia, los del segundo. Todo el mundo pensó que habías sido tú. Eras el único que tenía la llave... Y la puerta no fue forzada... -¡Malditos! Treinta años de trabajo sin una sola queja y en la primera ocasión que necesitan una cabeza de turco le echan la culpa al portero. -Pero, entonces... -¿Que donde me metí...? ¿Tú que crees?-contestó irónico Tomás mientras levantaba las manos señalando la escalera. -¿Qué?-exclamó Carlos sin podérselo creer. ¿Aquí? No puede ser... -Aquí. Sí que puede ser.-dijo Tomás acercándose. Tranquilo, yo también me sentí así al principio. Pero acaba uno acostumbrándose. Yo subía a casa de la señora Aguirre-la anciana aquella de los perritos- para arreglarle el cierre de una ventana, cuando se fue la luz debido a una terrible tormenta que se desató. Cuando volvió de nuevo me fue imposible salir de las escaleras. -¡La tormenta!-gritó Carlos excitado. -Así que es eso... Esta maldita escalera es como una especie de jaula invisible para el resto del mundo, que se abre gracias a extrañas tormentas, pero de la que no pueden salir los que quedan atrapados en ella. -No puede ser...¡Es absurdo! ¡Es absurdo!-los gritos de Carlos retumbaron por toda la escalera, mezclados con las potentes carcajadas de Tomas, que parecía disfrutar con la angustia y desesperación de su nuevo compañero de celda, quien atolondradamente comenzó a bajar de nuevo por las escaleras en busca de una posible puerta hacia la libertad. Y fue durante unos segundos, tras pararse para obsequiar con algo de aire a sus maltrechos pulmones tras su loca carrera hacia la nada, cuando se escuchó un potente trueno y de nuevo se fue la luz un instante, dejándole al volver a Carlos la increíble visión de un descansillo libre de tabique. Una inesperada puerta se abría. Y saltó. -¡Ahhhh!-Carlos se levantó asustado de la cama. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales de la ventana. Tenía el pelo mojado, igual que la ropa que anárquicamente se amontonaba sobre la silla que había frente a él. Se puso de pie, aturdido, inquieto, aunque ciertamente aliviado al descubrir que todo había sido un sueño. Un mal sueño. Y para convencerse de ello salió en pijama hacia el descansillo de su planta, dirigiéndose hacia la escalera. Avanzó cauto, hasta llegar al inicio de las escaleras de su planta. Y comenzó a subir por ella. No ocurrió nada. Se dio la vuelta entonces y bajó de nuevo, deteniéndose en el primer escalón. Desde allí contempló de nuevo las escaleras y sonrió mientras negaba con la cabeza algo que el pensó que había ocurrido realmente. Cuando se disponía a ir hacia la puerta de su casa, dos fornidos brazos enfundados en un grasiento mono azul, lo agarraron por la espalda y pese a los increíbles esfuerzos de Carlos por zafarse de su captor, fue introducido de nuevo en el interior de la escalera, desapareciendo al instante con rumbo a una realidad desconocida.