EL HÁLITO DE LOS DESESPERADOS. FINALISTA VII CONCURSO MICRORRELATOS DIARIO DE TARRASA 2016

 

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Microrrelato finalista del VII concurso de microrrelatos del Diaro de Tarrasa, 2016.

 

El día rompió amargo, huérfano de sol pero rico en ese viento helado y atezados nubarrones que acompañan siempre a la muerte. Gabriel mostraba pulso firme, como un ideal bien asumido. El de Vázquez, tembloroso, carne de tiempos sin suerte, de dignidad lacerada con el látigo del desprecio. Allí estaban los dos, frente a frente, apuntándose al alma para acabar de una vez con los sueños perdidos. Comenzó entonces a llover ligeramente. Gotas de vida que humedecieron sus fracasos, resbalando inquietas hasta sanear los recuerdos. Como el de la nueva ley aprobada por el congreso unos meses antes. Para agilizar los numerosos procedimientos judiciales de desahucio y sobrecarga de los juzgados, regurgitaba del pasado una solución extrema impulsada por el hálito de los desesperados: el duelo. Condonación de la deuda a vida o muerte.  A duras penas, los bancos tuvieron que aceptar los nuevos tiempos… aunque supieron adaptarse. Y aquel día, sólo podía quedar uno. O Gabriel, deudor hipotecario, engañado y arruinado por el director que lo buscó durante años, o Vázquez, el becario que finalizaba contrato y le habían ofrecido renovación en caso de éxito. Ninguno disparó.

 

 

 

 

 

AQUELLA CENA DE EMPRESA

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-¡Un poco de silencio, señores! ¡Hagan el favor!-gritó la oxigenada camarera frente a aquella numerosa y pintoresca tropa que se agolpaba a las puertas del salón reservado por Lusitana, S.L para celebrar su tradicional cena de Navidad.
-Siéntense solamente en la mesa que tienen preparada a la derecha. La de la izquierda esta reservada para otra empresa.
-Vamos, que nos vamos-soltó uno.
-¡A por el pienso!- chilló Paqui, la secretaria más terrorífica y zampabollos que jamás vieran los siglos.
-¡Que bote la rubia!-graznó López.
-¡Uhhhh! Ya está el López con sus chistes-bramó la mayoría.
Y así, como el que no quiere la cosa, aquella embravecida y bullanguera marea humana inundó el salón del restaurante en apenas unos segundos, logrando sin gran esfuerzo tirar al suelo tres sillas, romper una pequeña lámpara y dejar tan torcido el antiquísimo cuadro que presidía la mesa, en el que aparecía el legendario fundador de Casa Pacheco, que lo llegan a inclinar un poco más y el afamado cocineta se deja los piños en el suelo de su conocido restaurante, después de ciento veinte tranquilos años sonriendo a la peña con una bizarra dentadura clavadita a la de Joe Rígoli.

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LOS MINUTOS DE LA BASURA

Relato ganador del concurso de relatos de Arnedo. Publicado más tarde en la página www.divertinajes.com  que le puso imágenes y lo dividió en tres partes, a pesar de ser un relato breve.

Empieza así:

Dicen que los triunfadores van siempre tan hinchados porque insuflan sus pulmones con ese aire virgen y denso de ilusiones que le roban a los fracasados apenas exhalan su primera bocanada de sueños. Breve espasmo onírico al que se aferran éstos como único y patético aliento de esperanza para tirar hacia adelante, intentando inútilmente arrancarle a la vida retazos de felicidad. Yo soy uno de ellos, confeso y practicante. Mi voto a la causa es fruto de una férrea comunión entre destino y falta de confianza en mí mismo, que me convierten en uno más de los soldados de este numeroso ejército formado por comisionistas de pocas ventas, angustiadas solteronas, eternos opositores, grises oficinistas y donjuanes de puticlub entre otros…

Los minutos de la basura 1

Los minutos de la basura 2

Los minutos de la basura 3

 

LA BODA DEL AÑO

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Es curioso pero, en los tiempos que corren, donde parece que ya no nos sorprende nada, a veces, gracias a Dios, sucede algo inesperado, como por arte de magia, que consigue hacer tambalearse durante un breve espacio de tiempo nuestra ya casi inmune capacidad de sorpresa. Un servidor, curtido en los últimos años -para desgracia de mi bolsillo- en bodorrios de todo tipo y condición, tanto de familiares como de amigos, compañeros de trabajo o compromisos de diverso pelaje, nunca habría imaginado que en la boda de uno de sus antiguos compañeros de colegio iba a disfrutar de una de las mejores noches de su vida. Y menos aún cuando, en principio, la boda apuntaba maneras para ser un verdadero coñazo, ya que iba solo y apenas conocía a seis o siete compañeros del colegio con los que no tenía relación alguna y siempre me habían parecido unos auténticos gilipollas. Por cierto que con respecto a mi amigo, al que en adelante llamaré Pedro para evitar dar nombres y apellidos, tardé poco en descubrir si había sido uno de los que había invitado para fastidiarles y sacarles por lo menos el regalo de boda -lo que haría que elogiase aún más sus maquiavélicas ideas, hasta ese momento desconocidas para mi- o tan solo porque tenía cierto aprecio por mi persona. En fin, lo que tengo claro es que no sé si para la novia sería el día más feliz de su vida -cosa que dudo por cómo fue organizada-, pero lo que es para mi, desde luego no ha habido otro que lo haya superado hasta la fecha.

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EL HOMBRE QUE NO TENÍA MÓVIL

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Juan era un tipo corriente, de esas personas con las que uno se cruza todos los días sin que nunca consigamos recordar su cara. De estatura más bien pequeña y pelo negro, con unas ya significativas entradas que le hacían parecer más mayor de lo que realmente era. Unas grandes gafas de pasta oscura disimulaban sus pequeños y tímidos ojos tras los cristales de varios aumentos. Siempre vestía trajes de color azul marino o grises, para pasar mejor desapercibido entre la multitud. A sus treinta y ocho años se sentía realizado con su trabajo de cajero en la sucursal de un gran banco de la capital, con las tardes libres para dedicarlas a su familia -su mujer María y su hija Jeniffer-, y a sus amigos dos días a la semana en las tertulias taurinas de la peña “ Los Joselitos “. Vivía en el tercer piso de un bloque de viviendas en un popular barrio madrileño y sus vecinos lo tenían por una buena persona, un tanto peculiar, pero buena persona.

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EL ÚLTIMO TELEPIZZA

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Eran cerca de las once y media de la noche. El silencio denso que reinaba en aquella fría y solitaria calle cubierta de niebla fue momentáneamente quebrado por el lejano petardeo de una moto que parecía acercarse a gran velocidad. En apenas unos segundos y como si de una aparición se tratase, surgió de entre la niebla la entrañable figura de un joven telepizza que galopaba sobre el asfalto a lomos de un legendario vespino SC negro. Pese a ser buen jinete, curtido a sangre y fuego sobre los terrenos menos accesibles que jamás vieron los siglos -muchos de ellos gracias a la mano del amigo Manzano-, su arcaico instrumento de trabajo tenía más golpes y arañazos encima que la multicosida barriga de Angel Cristo. Tantos que hasta el Snoopy que una vez lució flamante la bandera de España sobre el faro de la moto, ahora tenía el brazo en cabestrillo, un esguince en el tobillo, tiritas por todo el cuerpo y arrastraba la bandera hecha jirones con el brazo que le quedaba sano.

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