COINCIDENCIAS Y CASUALIDADES DE LA HISTORIA

122708-1146-brucelee32-523x576

Se podría decir que constituyen una combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables, guiadas quizá por la caprichosa y misteriosa mano que controla nuestra ficha de concursante, aunque para los ateos se trate tan sólo de un efecto más del azar absoluto con el que rulamos por el peligroso y complicado tablero de la vida.

Algunas de estas casualidades, que al final no llegaron a cuajar, nos meterían de lleno en lo que en historia se denomina ucronía, es decir, una reconstrucción lógica aplicando acontecimientos no sucedidos, pero que podrían haber llegado a suceder. Tal es el caso de que Bruce Lee hubiese aceptado la invitación para ir a la fiesta que se celebraba en casa de Roman Polanski, aquella funesta noche en la que una diabólica Familia acabó brutalmente con la vida de Sharon Tate y del resto de invitados. Igual si Bruce se pasa un rato por allí a tomarse unas mirindas, se lía a hostias con Charles Manson y el resto de la secta, evitando una matanza y mandado a aquel atajo de tarados directamente a urgencias, con las costillas hechas migas y los agudos chillidos del chino gritón retumbándoles de por vida en sus cráneos huecos. Desgraciadamente no fue así y la pobre Sharon pagó las consecuencias del malqueda de Bruce Lee.

En cambio, una casualidad que estuvo a punto de mandar al guano todo un Desembarco de Normandía fue el susto que uno de los coroneles encargados de codificarlo se llevó al comprar el London Daily Telegraph y leer las soluciones del crucigrama del día anterior. El pobre hombre, en vez de tirar de sudoku para matar los ratos muertos entre comidas con generales y copazos en la cantina, no tenía otra cosa que se aficionado a los jeroglíficos de Ocón de Oro y a los crucigramas. Delante de esos ojitos que se iban a comer los gusanos aparecieron de pronto en secuencia los nombres de Omaha, Utah, Mulberry, Neptune y Overlord. Toma ya. El nombre de las dos playas del desembarco, el del puerto artificial que se construiría tras el desembarco, el de la operación naval y el de la operación in yeneral. Vamos, que solo faltaba ya decir el D.N.I. de Eisenhower o la combinación del plumier de Churchill para rematar la faena. Al pobre coronel casi le revienta la patata, y el almirantazgo, pensando que era una labor de espionaje, casi suspende el desembarco. Menos mal que días después se descubrió que era una coña marinera, tirando p´lante con los planes, aunque eso sí, con cierto no se qué, qué se yo durante toda la operación.

Una de las casualidades más bizarras sin duda es la que se refiere al nombre de Hugh Williams. Aunque a ustedes les resultará totalmente desconocido, resulta que se trata del nombre del único superviviente de un navío que naufragó en el estrecho de Menay, en el mar de Irlanda, el 5 de diciembre de 1664. Hasta aquí nada del otro mundo. Sin embargo, también el 5 de diciembre, solo que de 1785, se hunde otro barco en el mismo sitio y solo sobrevive un pasajero llamado Hugh Williams. Casualité. El 5 de agosto de 1820, 24 pasajeros que iban a bordo de un velero que se había perdido por esa zona –debe ser una especie de Triángulo de las Bermudas a la europea- terminaron el día en una improvisada sardinada en el chalé de Neptuno, bueno, todos menos uno, el amiguete Hugh Williams, que parece ser que era más de carne roja. Así que ya ven, cómo podemos explicar esto. O bien los Williams forman una estirpe de tíos insumergibles, que no se hunden ni tras zamparse en la tasca del pueblo dos kilos de croquetas de plomo, o bien es una especie de Bruce Willis en el Protegido. Lo chungo es que uno vaya tranquilamente a Ibiza a pasar unos días de despiporre y de paso saludar a Pocholo, qué menos, y en medio de la travesía del Ciudad de Málaga se le presente un tipo que diga, A las buenas tardes, me llamo Hugh Williams. ¡Jorrlll! Aconsejo subirse en la chepa del cenizo y no soltarse hasta llegar a tierra.

Otra casualidad histórica bastante curiosa es la llegada de Hernán Cortés a tierras aztecas el 22 de abril de 1519, el día indicado para el regreso de Quetzalcóatl. Cuando Cortés, acompañado de una cuadrilla de españoles con un par de pelotas, se presentaron ante una jartá de indios que les gritaban ¡Quetzalcóatl! ¡Quetzalcóatl!, se quedaron con la copla y dijeron Pues vale, Quetzalcóatl de toda la vida. Y ya de paso vacilaron de caballerías, pulieron un poco las armaduras y prepararon las mechas de sus arcabuces por si había algún indio picajosillo que no lo terminaba de ver claro. Y gracias a esta casualidad pudieron durante un tiempo tener a raya a los aztecas hasta se percataron que no eran dioses, sino hombres, con los mismos miedos y necesidad de sobrevivir que ellos.

Por último, una de las casualidades que más me gustan es la relativa a Mark Twain, creador del mítico Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Abrió un ojo en 1835, el mismo año en que pasaba el cometa Halley, y cerró el otro 79 años después, en 1910, el mismo año en que volvía a aparecer el cometa. Quizá lo trajo el cometa a la tierra, soltándolo entre los restos de su estela, para que sus escritos entretuvieran a millones de lectores y se lo llevó de nuevo con el para soltarlo en otro lejano lugar donde igual hay seres esperando desde hace años la llegada de un escritor que les narre las aventuras de aquellos golfillos del lejano Mississippi.

ALMUERZO EN LA CIMA DE UN RASCACIELOS

ebbets.obreros.viga_-1024x768

Es una de las fotos más vendidas de la historia. Su título original es “Lunch atop a Skyscraper”, que traducido al cristiano es algo así como “Almuerzo en la cima de un rascacielos”, y fue realizada por Charles C. Ebbets, seguramente apoyado también en una solitaria viga del piso 69 del edificio GE del Rockefeller Center de Nueva York como en la que están sentados estos monstruos, allá por 1932. Setenta y seis años después de ser realizada esta instantánea, aún sigue poniéndoselos de corbata a cualquiera que la contemple.

Me la enviaron hace unos días por mail junto con otras cuantas del estilo. Pese a haberla visto varias veces más tanto en catálogos fotográficos antiguos como en múltiples libros de historia, siempre que la observo siento un vacío enorme en el pecho, como si me faltase el aliento debido a la altura, o quizá sea porque todo ese aire que a mi me falta sea el peculiar impuesto que los obreros de la fotografía cobran a cada tipejo que aprecia embelesado su resignada gesta.

Y es que no es para menos. La foto no tiene desperdicio. Once currelas sentados en una gruesa viga a unos doscientos cuarenta metros del suelo –la altura total son 259-, tan panchos, hablando de sus cosas en el momento de hacer un break para darle al diente. Sus rostros reflejan una pasmosa tranquilidad, incomprensible para cualquier auditor de riesgos laborales, que se tiraría de los pelos y pellizcaría siete veces antes de dar crédito a lo que esos ojitos suyos estaban viendo.

Uno de los obreros del extremo izquierdo le ofrece tranquilamente lumbre al Malboro sin filtro –digo yo- de su amiguete. Nada que ver con los palos de la risa que en otros lugares del mundo sus compañeros de profesión se ventilan a pares mientras realizan su laboro.

A su lado, el hombre del peto y los guantes como puños de Mazinger Z, comenta con su compare de la gorra negra que tiene la duda de si en el puente de Halloween marchará al lago Tahoe a casa de su hermana Mildred o bien irá con la parienta y los niños al parque Yellowstone para darle unas galletillas de miel al oso Yogui.

En medio de la viga, el hombre de la gorra y el pitillo en la comisura de los labios muestra a sus amigotes de ambos lados un par de picantes fotografías de Jean Harlow y Mae West en pelota picada, hecho que provoca que uno se descamise para contrarrestar un poco los calores y el de la izquierda se tape la empalmaera con su guante de superhéroe.

Sus otros tres compañeros de viga, con el lascivo muestrario potorrero más que visto, están preocupados en cambio en si su parienta les ha puesto emparedados de mantequilla de cacahuete como todos los días, o bien se ha estirado con un buen trozo de pastel de arándanos. Parece ser que para el hombre que luce la camiseta de baloncesto del Real Madrid, su mujer si se portado, ante la envidia de su colega de al lado, al que le han cascado un par de brócolis hervidos, sin mayonesa ni ná, que no le hacen ni puñetera gracia.

Por último, el hombre del peto que mira hacia la cámara, se está metiendo entre pecho y espalda medio litro del ponche que Margaret Rouse, su santa esposa, se quedó preparando la noche anterior cuando el angelito se quedó sopa al echarse en el camastro con la espalda rota tras una jornada agotadora. Minutos después, a pesar del doping, nuestro amigo se levantará medio mamado y caminará por las vigas, cual funambulista errante –ya quisiera Pinito del Oro-, y realizará eficientemente su trabajo, desafiando gallardamente a las leyes de la gravedad y las elevadas apuestas de los dioses, donde ya se pagan veinte a uno que el mozuelo se deja los piños ese día en el lejano asfalto.

Pero ahí seguirán todos eternamente, tranquilos y sin vértigo, viendo pasar la vida con la satisfacción del deber cumplido, mientras el resto de los mortales contemplamos absortos esta peculiar y, desde la mentalidad actual, increíble imagen. A todos estos tíos, porque eso es lo que son, unos verdaderos tíos, mi más sincero respeto allá donde se encuentren.

SKULL AND BONES, TODO QUEDA EN CASA

skull31kerry-and-george

Artículo de 2007.

Corren tiempos difíciles. El sistema económico mundial se tambalea, y cuando EE.UU tose compulsivamente, esperando angustioso a que alguien le dé unos toquecitos en la espalda mientras dice San Blas, San Blas, en Europa se escupe un oscuro esputo de recesión económica, que rápidamente se diluye entre las aguas de una crisis de órdago hasta convertirse en una peligrosa corriente capaz de derrumbar los cimientos de la economía del español medio. Lo que mucha gente no sabe es que bastantes de los que llevan, han llevado, o están en el ajo del rumbo que marca el timón del país del Tío Sam, pertenecen a una antigua sociedad secreta nacida en la universidad de Yale que responde al nombre de Skull and Bones.

Parece ser que en un impresionante edificio dentro del recinto de tan elitista universidad se encuentra La Tumba, una especie de santasanctorum donde los miembros de la sociedad tienen sus fiestas de pijama, rodeados eso sí, de restos de huesos humanos, calaveras, cuadros macabros, y alguna que otra pelota de béisbol de importantes partidos ganados por su universidad.

Cuenta la leyenda que una de las calaveras es ni más ni menos que la del Gero, el famoso líder apache Gerónimo, pues según el historiador Marc Worman, descubrió una carta de 1918 en la que decía que unos cuantos miembros de la sociedad de la Calavera y huesos se llevaron la cabeza del mítico guerrero, que descansaba en paz en el cementerio de Fort Sill (Oklahoma) para colocarla en una tumba en New Haven (Connecticut) que es la sede de estos angelitos, y donde deben guardar todos aquellos objetos que les son encomendados en sus pruebas iniciáticas. Lo curioso del caso es que entre los miembros de la pandi de profanadores estaba el abuelo del actual presidente de EE.UU, Prescott Bush, un pastoso de la época.

Y como la base de tan elitista y desconocida sociedad son gente que tiene bastante guita, que han intentando que todo se reduzca a una treintena de familias de rancio abolengo americano, pues ellos se lo guisan y ellos se lo comen, colocando después a sus pupilos en los puestos más importantes de la sociedad. Un ejemplo claro son los Bush, y que se sepa hasta ahora han pertenecido el abuelo manga cocorotas, el anterior presidente George H.W. Bush, y el actual George W. Bush, lo que indica que aunque el origen familiar debe ser de parné y respetable, un alto coeficiente intelectual no es hasta ahora requisito indispensable para ser miembro.

Además de la familia Bush, nos encontramos con otros miembros que han desempeñado o desempeñan cargos importantes como William Howard Taft, vigesimoséptimo presidente de los EE.UU (1909-1913), Henry Stimson, secretario de guerra de Franklin Delano Roosevelt, Averell Arriman, embajador de EE.UU en la Unión Soviética, J. Richardson Dilworth, administrador de los intereses de la familia Rockefeller. También en medios de comunicación dicen que hay como Henry Luce y Briton Haden, a los que se le ocurrió la idea de crear la revista Time una tarde en La Tumba, igual mientras jugaban a los bolos con la calavera del pobre Gerónimo, que está dando un juego… En cuanto a la CIA –ya la estábamos echando de menos- William F. Buckley conocido miembro ultraconservador de la misma era uno de ellos, y su hermanito, James Buckley, subsecretario de Estado, para la Seguridad, Ciencia y Tecnología en el gobierno de Reagan, al que seguro que le hubiera molado pertenecer a la pandi. Por último, para no aburrir con listados coñazos, diré que John Kerry, el senador demócrata que luchó contra Bush en las últimas elecciones a la presidencia pertenece a Skull and Bones, donde en su día ejerció como padrino de George Bush en sus días universitarios en la Tumba. Así que todo queda en casa, ganara uno u otro siempre estaría bajo el manto de la sociedad de la calavera y los huesos.

Las conspiranoias, que siempre digo que molan un montón, cuentan que están detrás de trascendentales episodios de la historia americana, y de paso mundial, como la invasión de Bahía Cochinos o, como buena conspiranoia que se precie, de la muerte de Kennedy, que siempre está ahí.
En fin, es un brevísimo repaso a la historia de una sociedad secreta, una más, que por lo menos da más vidilla que las típicas de los masones e Illuminati, que ya están más que vistas. Lo que estaría bien es que se descubriera en España alguna sociedad del estilo, con el toque carpetovetónico y racial que nos caracteriza, y que se hubiese formado en los sótanos de la universidad de Deusto o de ICADE para llevar las riendas del destino patrio. Aunque desde luego, si existen y guían el país, serán una copia del amigo Bush, con un coeficiente intelectual más justo que el de un click de famobil. A los hechos me remito.

CHUCK TAYLOR ALL STAR, LA HISTORIA SE LAS CALZÓ

converse-cine2-1038x576

Tras leer el fenomenal artículo de Delia Rodríguez sobre La larga cola y la absorción de Converse por Nike, cosa que muchos no sabíamos, conquistando entonces la también histórica marca del stick de la victoria la cuota de mercado adjudicado a los incondicionales de las legendarias Chuck Taylor, a uno le da por recordar la de generaciones que se han enfundado sus extremidades inferiores en aquellas endebles zapatillas de lona convertidas desde hace tiempo en otro icono más que agregar al extenso inventario de la cultura popular del siglo XX.

Quién le iba a decir al bueno de Marquis M. Converse allá por el 1908, cuando abrió su primera fábrica en Malde (Massachussets), que se convertiría en el dueño y señor del calzado deportivo, sobre todo a partir de 1923 cuando creó el modelo All Star para el jugador de baloncesto de moda de la época, Chuck Taylor. Tal reinado duró hasta más o menos los setenta, cuando aparecieron nuevas firmas que presentaban calzados más aptos para el deporte que las Converse, con las que uno se podía torcer el tobillo fácilmente al tomar tierra tras hacer un cutre mate en las canastas de minibasket del cole y llegar a casa con la pata chula, nuestra madre gritando asustada como si llegásemos de reconquistar el Peñón, y nosotros con cara de gilipollas por tratar de emular a los héroes de Ramón Trecet y su Cerca de las Estrellas.

Las causantes de su sentada en el banquillo fueron marcas como Reebok, Adidas o Nike, ese pequeño pez que se convirtió en ballena para engullir más tarde a su antigua rival como si de un Jonás se tratase, quizá más por dar un aviso a navegantes que como castigo divino por aquella especie de monopolio deportivo que Converse ejerció durante casi medio siglo.

Pero a sus nuevos propietarios les salió rana su nueva adquisición ya que, en lugar de acatar sumisas las directrices que marca el stick de Nike, las viejas All Star, cual flautista de Hammelin, tararearon una misteriosa melodía que, siguiendo el ritmo que marcaban sus cordones, tan sólo entendían sus fieles acólitos, aquellos que año tras año se dejan los cuartos en lo que unos interpretan como un símbolo de rebeldía, otros de alternativismo, y los más de pura estética atemporal. Pero bueno, al fin y al cabo, Nike sigue ganando, que es lo único que les importa.

Incluso muchos de nosotros sufrimos en propias carnes que nuestros pinreles fueran adornados por tan peculiares botas, bueno, más bien vulgares imitaciones patrias en un tiempo en el que el imperio chino aún no había colonizado ese tipo negocio. Me refiero sobre todo a aquella época adolescente en la que las nuevas firmas marcaban el rumbo de nuestra conducta, consiguiendo que la iconografía de determinados logotipos neutralizasen a su antojo a nuestras escasas neuronas, hasta convertirnos en una especie de zombies devoradores de marcas que perdíamos fuerza con las All Star o henchíamos el pecho con unas Nike Air Jordan.

Sin embargo, a lo largo de la historia, este peculiar calzado ha sido utilizado por estrellas de cine, de la música, tribus urbanas, etc. Desde hippies de la generación del Flower Power a punks como los Ramones, cuya estética de chupa de cuero, camisetas, vaqueros rotos y All Star fue imitada hasta la saciedad por cientos de rockeros. Por cierto que los rockers también tiraron de All Star como fondo de armario de su vestuario, y los grupos de grunge made in Seattle, y los alternativos españoles que cantan en inglés, y los pijos que van de desaliñados, y así hasta mil.

Unas zapatillas que fueron las primeras en rotular el nombre de un jugador en el parche del tobillo, ya quisiera Beckham, con las que se apoyaba James Deam al sentarse en el capó de su Pequeño Bastardo, o lucieron alguna vez cualquiera de los Rolling, sobre todo Keith Richards, que le dan un aspecto aún más de maldito, si es posible eso, claro. También las lució Travolta en Grease, tanto en los números musicales como cuando le da por practicar baloncesto para hacerse el deportista y se pone a echar una pachanga con los compis de clase con un estilo mezcla de Petrovic y Charles Bronson que si lo pilla Aíto lo degrada a los alevines del Cotonificio. Incluso se las calzó Milikito en sus tiempos de showman televisivo para darle el toque salao al smoking.

A principios de los sesenta nace una nueva versión, la All Star de corte bajo u Oxford. Y es a mitad de esa misma década cuando aparecen las All Star de colores, ya que hasta ese momento tan sólo las había en blanco y negro. Variedad cromática que incrementaría sus ventas y multiplicaría las posibles combinaciones con el resto de atuendo de cada consumidor. Gente como Bruce Springsteen, Lenny Kravitz, David Bowie, o la mayoría de la gente de la Movida se las calzaron alguna vez. Y seguirán calzándose espero que por muchos años pues un atuendo juvenil que lleva tantos años en activo, me atrevería a decir que es de los pocos que ha gozado ininterrumpidamente de un consumo mundial, no debería desaparecer del mercado ya que, aunque algunos les pese, las Chuck Taylor All Star forman parte de nuestra historia.

LANCES ENTRE CABALLEROS

duelos-672x372

La provocación al duelo, aunque pueda parecer extraño, se encontraba sancionada penalmente en el derecho español hasta julio de 1989. No sabemos si por añadir a los aburridos códigos penales un toque de costumbrismo, o bien porque hasta esas fechas, de madrugada y con fuerte viento de levante –que diría Trillo-, todavía quedaban nostálgicos seguidores de Dartacan dispuestos a vengar afrentas con el sable de su abuelo junto a la tapia de un solitario cementerio.

Y es que los españoles somos muy de nuestro honor. Ya se pueden descojonar de nuestras pintas, de la picota de la tía Ambrosia o de lo mal que jugamos al bagminton, pero como alguien insinúe por ejemplo que somos unos cobardicas… malo. Sufrimos entonces una especie de transformación que nos recalienta el careto, a medio camino entre el verde manzana de la Masa y el sonrosaete teenager de Marty McFly cuando le llaman gallina.

Lo malo de todo es que tal exceso de amor propio, de honrosa dignidad cara a la galería, es tan sólo debida al qué dirán, una especie de maldición hispana que nos acompaña desde hace siglos y que hace que nos juguemos el pellejo obsesionados por lo que puedan pensar nuestros vecinos, no por la afrenta en si. Y es que duele más que piensen que uno es un cobarde, que serlo en realidad, que eso nos la trae floja. Debido a este curioso mal que nos afecta, cientos de españoles se han batido en duelo sin tener ni puñeteras ganas, todo por decirle en un baile que su mujer era un poco guarrilla, cuando el hombre ya lo sabía de sobra, pero claro, si empiezan todos los que están a tu alrededor ¡Uy lo que te ha dicho! ¡Qué pasote!, pues claro, a ver quien es el guapo que se hace el sueco.

Antaño las discusiones se resolvían mediante juicio de Dios, también llamado Ordalía, en la que los rivales metían por ejemplo la mano en un puchero de agua hirviendo para ver cual de los dos tenía razón. Se supone que el que no se quemaba estaba en posesión de la verdad. Pero casi siempre quedaba en tablas la cosa, pues ambos contendientes solían sacar tan sólo el muñón, suponemos que dejando su antigua extremidad para alegrar un poco el caldo que después se ventilaban ansiosamente la multitud congregada. Y lo pagaba el pardillo al que le tocaba el premio.

Menos mal que a una persona metódica como el Marqués de Cabriñana, en 1900, le dio por escribir unas bases con las que regular los dimes y diretes en los que se veían enfrascados todos aquellos duelistas irredentos. Así surgió su famoso libro Lances entre Caballeros.

Cuenta el Marqués que las ofensas son personales, y que tan sólo se puede ser sustituido por ascendientes o descendientes en el caso de ser menores de veintiún años o mayores de sesenta. O sea que si un atontado adolescente o un viejo cascarrabias se metía en líos, tenía que venir luego el pringao del familiar directo para jugarse los hígados porque a su abuelo se le había ido la lengua jugando al dominó en el casino, o el niñato, en un ataque de calentura juvenil, le había tocado la nalga derecha a la esposa de un capitán de artillería.

Las armas a elegir eran pistola, espada y sable. Incluso en situaciones excepcionales se podía pactar empezar con un arma y terminar con otra. Suponemos que cuando ambos rivales fueran tan malos que fallaran con la pistola –igual se cargaban a un testigo y todo- y tenían que tirar de sable para ensartar al antiguo amigo que se beneficiaba a su novia en el asiento trasero de su calesa.

En cuanto a los padrinos, ejercían de confidentes, jueces de campo y magistrados encargados de aplicar las reglas del código de honor. Si uno se sentía ofendido llamaba a sus padrinos para que visitaran al ofensor y se estableciera el horario del duelo. Si era un desconocido se le enviaba una tarjeta al domicilio –El señor Mínguez tiene el gusto de retarlo a un duelo…-, así que seguramente más de uno no abriría la puerta cuando llamasen estos cenizos, no haciendo ruido para parecer que estaba vacía la casa, como cuando tocan el timbre los vendedores a puerta fría, o incluso algún bigotudo bigardo de cuarenta años imitaría la voz de un angelito tres para intentar engañar a tan incómodos visitantes.

Tristemente, el toque caballeresco del duelo se ha perdido, convirtiéndose en la actualidad en una bronca taleguera entre gañanes, quienes por haber sido derramado su cubata en un descuido, sacan al pobre causante a la calle y lo inflan a hostias hasta dejarle la cara como un pan de pueblo. Eso en el mejor de los casos. Lo de los padrinos, la buenas formas, el dispare usted primero, pasó a la historia, y el vestirse de domingo para batirse como un gentleman torna hoy en día en salir a empujones de un discopús para pelearte con un gañán con cara de psicópata y bajo cuya prietísima camiseta existen infinidad de músculos, algunos de los cuales aún no han sido catalogados por la anatomía moderna.

BILLY EL NIÑO, EL TIEMPO LO HIZO BUENO

billy-el-niño-320x372

Altivo, seguro de sí mismo, insolente de juventud y maduro ya para una muerte legendaria. Así posaba en 1789 el mítico Billy El Niño, famoso alias que barnizaba de gloria los nombres de su vida mortal como el verdadero, Henry McCarty, Henry Antrim o el más conocido, William H. Bonney. La foto, vendida en una subasta de Denver (Colorado) por 2,3 millones de dólares, fue realizada delante de un salón, en Fort Sumner (Nuevo México), mediante la contraprestación de veinticinco centavos de dólar, desconocemos si como recomendable oferta especial para gunman (pistoleros), o bien como tarifa estándar de la época.

El nuevo propietario del ferrotipo, llamado así por la técnica usada para plasmar la imagen en placa de metal, es William Koch, un empresario de Florida enamorado del Far West, poseedor de amplias extensiones de tierras por el centro de Colorado, lugar donde el joven Billy elaboró su completo currículum, haciendo fuerza quizá en sus entrevistas en el apartado de movilidad geográfica. Koch posee además, entre otros objetos de aquella época, un rifle que perteneció al general Custer, sobrevalorado oficial del cinematográfico Séptimo de Caballería que pasó a la historia americana por dirigir hacia la muerte a 611 desgraciados que pagaron con sangre la inscripción en el registro de los héroes de su ególatra jefe.

No nos interesa aquí la conocida historia de Billy, sus iniciales escarceos por el lado oscuro, las primeras becerradas cuando era un inocente vaquero, su debut con picadores en Silver City de la mano de Sobrero Jack, la toma de la alternativa al formar el grupo vengativo de Los Reguladores, su posterior confirmación dando matarile al sheriff Brady o el calor que le dio el cansino Pat Garrett hasta que por fin consiguió detenerlo tras unas efectivas dosis de jarabe de plomo. Tampoco las muescas de su revólver, donde la doctrina discute, según unos siete muertes en defensa propia, según otros 20 asesinatos, y según una frase atribuida como verdadera a nuestro protagonista “Me llevé por delante 21 hombres, sin contar mexicanos”. Hecho que hoy en día sería más criticado por racista que por la interrupción intencionada de la actividad natural de aquellos infelices.

Lo que llama la atención es la aurelola de grandeza y romanticismo que genera la imagen de un afamado delincuente al ser bruñida con el paño del tiempo. Al gran público le resulta indiferente las vidas que sesgó o las personas desvalijadas en su correrías, tan sólo se queda con el mito, con el supuesto icono de la rebeldía e hijo de las circunstancias, que también, pero delincuente al fin y al cabo. El boca a boca primero, las novelitas del oeste que leían nuestros abuelos después, y el cine como fin de fiesta, elaboraron un extenso y aguerrido álbum de supuestos héroes donde la posterior posesión de alguno de sus bienes genera un estúpido e inexplicable orgullo a los aventureros de salón y pantuflas.

La misma admiración se da en suelo patrio con los bandoleros, aquella racial estirpe de gallardos y desarrapados hombres de patilla de hacha, fornido pecho con más pelo que la oreja de un burro y navaja al cinto, capaces de tirar de modales o de trabuco según la prestancia de la víctima. Diego Corrientes, José María El Tempranillo, Tragabuches, Luis Candelas, Juan Caballero, Los Siete Niños de Écija… Nombres grabados en el inconsciente colectivo con la tinta de la historia retocada, aquella que al secarse se convierte en mito.

En cualquier caso, tanto Billy El Niño, El Tempranillo o la franquicia de Los Siete Niños de Écija, gozan de la admiración por la lejanía de sus hechos. Habría que ver si estos que ahora compran sus pertenencias como objetos de culto defenderían igual a sus mitos si hubiesen nacido en aquella época y fueran víctimas de alguna de sus distracciones pecuniarias o tuviesen el placer de ser obsequiados con una bala en el pecho en la típica mala tarde del oeste.

EL MISTERIOSO CONDE DE SAINT GERMAIN

saint-garmain

Es uno de los grandes arcanos de la historia. Sobre él corren miles de historias y leyendas urbanas, en los que se pone en tela de juicio si de verdad poseía el elixir de la eterna juventud, si había descubierto de una puñetera vez la mítica piedra filosofal, o se trataba tan solo de un simple vendedor de crecepelos que se la metía doblada a la gente gracias a sus magníficas dotes oratorias.

Pues parece que nunca se sabrá, más que nada porque el Conde de Saint Germain desapareció de la noche a la mañana, tipo Publio Cordón, y desde entonces nadie sabe nada de ambos. El uno porque parece haberse evaporado gracias a sus elevados conocimientos nigrománticos, el otro dicen que gracias al Grapo, apenas con el First en Magia Borrás, aunque juran y perjuran que ellos lo soltaron en seguida…

El tal Saint Germain es posible que existiese, ya que eruditos de la talla de Voltaire o Rousseau lo nombran en sus escritos. Dicen que pudo nacer sobre el 1710, educado por la familia Médicis y que el pájaro sabía de todo: hablaba múltiples idiomas, podía teletransportarse, hacerse invisible, curar extrañas enfermedades, citar con los ojos cerrados la futura alineación del Betis de la temporada 81-82…

Desde luego, sus mayores logros fueron el haber encontrado –o decir que había encontrado- la Piedra Filosofal y poseer el elixir de la Eterna Juventud. Para los neófitos, la Piedra Filosofal es la sustancia que logra transmutar cualquier metal en oro. El sueño de un joyero, vamos. Durante siglos, miles de alquimistas, a los que deberíamos llamar protoquímicos, echaban el domingo tirando de Quimicema y Cheminova con la peregrina idea de encontrar aquella sustancia que les permitiese amasar un buen puñado de parné al transformar por ejemplo su geyperman de hojalata en un lustroso boliche áurico. También se dice que el Conde tenía en su poder un elixir que permitía lucir una piel tersa y suave, alejada del botox, y capaz de arruinar al estado si llegan a concederle una pensión de jubilación.

El Conde era un también un bocas, un vacileta, que lo mismo soltaba que se iba al Himalaya durante ochenta y cinco años –invitado quizá al dúplex del Yeti-, que aparecía el 14 de julio por la Bastilla a ver que se cocía por allí, incluso hay gente que dice que lo vio durante la revolución rusa de 1917, suponemos que con la camiseta del Che Guevara y el pañuelo palestino anudado al gañote.

Y como no podía ser de otra manera, como todo personaje bizarro de los que a mi me gustan, reapareció en 1970 ni más ni menos que en el programa Directísimo, del bigotudo y hoy pelón y gordinflas José María Iñigo. Delante de millones de espectadores –sin ser Eurocopa ni nada- el mago franchute convirtió un trozo de plomo en oro, ante los atónitos ojos de unos cuantos doctores en química que don José María llevó al estudio para evitar que el mago Florindo le diese el cambiazo con la medalla de oro de su comunión. Por cierto, que este programa se puede ver hoy en día en los archivos de RTVE, dicho sea por si alguien está interesado en ver impresionante evento.

Saint Germain dijo que encontró la sustancia mientras paseaba por su castillo -como el que encuentra una pieza del Tente detrás de un mueble- aunque también había recibido un soplo de Fulcanelli, otro crack en esto de la alquimia y autor por cierto de El Misterio de las Catedrales.

También tenía un líquido que resucitaba a los muertos, y no era precisamente el viejo orujo blanco, pero cerca. Iñigo comprobó sus efectos cuando fue a París a visitar al Conde. Al dar un garbeo por la city descubrieron un perro que estaba frito sobre la acera. Le inyectaron el Bálsamo de Fierabrás y el chucho, como si de un Lázaro canino se tratase, se puso en pie a duras penas, anduvo unos pasos y después estiró la pata mientras que lanzaba un terrible guau mirando a Saint Germain, que podría haberse traducido en ¡Joputa!

Para terminar con el caso del televisivo suceso, se descubrió posteriormente que el supuesto Conde era en realidad un tal Richard Chanfrein, un aventurero que había obtenido el polvillo mágico de un misterioso hombre que le dijo que lo utilizase siempre en público. Vivió de las transmutaciones en espectáculos parisinos, hasta que finiquitó el polvillo y se vio en la indigencia, terminando sus días y los de su segunda esposa suicidándose en su coche.

En fin, quizá Richard Chanfrein fuera un farsante, pero el polvillo transmutador logró transformar el plomo en oro delante de expertos que se tiraban de los pelos y maldecían la tabla periódica de los elementos, e igual el misterioso hombre que le pasó la farlopa alquímica era el legendario Conde de Saint Germain. Bueno, esperemos que Iñigo vuelva a hacer un programa del estilo, olvidándose del gran éxito del doblacucharas Uri Geller y fichando esta vez al verdadero Conde.

CENTRALIA, EL PUEBLO QUE ARDE ETERNAMENTE

HDR_Centralia__PA___Silent_Hil_by_GhostDakota

Centralia es un extraño y hoy famoso pueblo,subdivisión del condado de Columbia, pertenciente al estado de Pensilvania, sito en el país del tío Sam y la tía Margaret Rouse. Porque digo yo que el simbolismo coloquial patrio también tendrá una personificación femenina, ¿no?. Coño, lee esto Pilar Rahola y me coloca en su top feministas del año.

Reconozco que supe de él hará un par de años y claro, iluso de mí, empecé a especular con la escritura de un guión para un largometraje que sería el bombazo del año al tocar un tema nunca visto hasta ahora. Craso error. Ya se habían adelantado los de siempre y hecho famoso el juego de marcianos Silent Hill, que más tarde sería llevado al cine en una peli de terror que a veces los pone de corbata e incluso les da un par de vueltas al cuello. Dicen que las ideasestán ahí, flotando en el aire a la espera de que alguien las coja. Pues será que siempre se adelanta algún cabroncete…

Su origen se remonta a 1841, cuando un tabernero avispado y sin duda taurino, Johnathan Faust, quizá para celebrar el nacimiento de una de las leyendas hispanas de la época, Lagartijo, abrió Bull´s Head, un lugar ideal para que el sector masculino de toda esa parroquia que empezaba a asentarse por allí le pegara al frasco durante un buen rato tras eslomarse todo la jornada de sol a sol. La anarquía urbanística del pueblo duró poco, cuando llegó el ingeniero de minas Alexander W.Rea con las rebajas. Pertenecía a la compañía Locust Mountain Cold and Iron, y comenzó a tirar de escuadra y cartabón, construyendo calles y parcelas, dejándolo todo limpito y racional como su cabeza cuadrada. Lejos del cachondeo que se respiraba en la hora golfa del Bull`s Head. Al pueblo se le denominó entonces Centreville, hasta 1865, cuando mutó en Centralia al establecerse allí una oficina de correos. El carbón se convirtión en la fuente de ingresos de la zona hasta 1960, cuando la mayoría de las empresas mineras se largaron de allí, aunque los viejos rockeros continuaron bajo cuerda con la minería de contrabando hasta 1982.

Pero ya empieza lo bueno. Como todo pueblo maldito que se precie, aumenta su caché si por el lugar ronda alguna organización secreta. En el caso de Centralia, allí hacían de las suyas la gente de Molly Maguires, creada en Irlanda por mineros católicos y que llevaron hasta el nuevo mundo, al estilo de lo que los italianos hicieron con la mafia. Como muchas de estas organizaciones, el origen era defenderse de patrones hijoputas e imponer un sistema de trabajo digno. El problema es que al final los principios se difuminan en el tiempo y se pasa a la vieja extorsión de afoja la mosca o patapum y tentetieso.Algo que pudo comprobar el Alexander
W.Rea, el ingeniero cuadriculado, al que le dieron matarile una mala tarde. Por su asesinato fueron colgados tres hombres y durante los siguientes años hubo más muertes. Aún así, el pueblo seguía creciendo y llegó a tener siete iglesias, cinco hoteles, veintisiete salones, un banco, comunicado por dos vías férreas y no sé cuantos puticluses.

El origen de su leyenda comenzó en 1962 cuando el típico que va tirar la basura en el intermedio de su serie favorita, descubrió que el estercolero utilizado por los del pueblo, situado en la fosa de una mina abandonada, ardía cual moco de dragón. El fuego prendió una veta expuesta de carbón, exparciéndose entonces por todas las minas que estaban debajo del pueblo. Y se lió. Pese a los intentos de apagarlo, aquello siguió quemándose sin parar entre 1960 y 1970. Más de uno acabó intoxicado por la inhalación de monóxido de carbano.

En 1979, el arriesgado dueño de una gasolinera del pueblo metió la varilla para medir cómo estaban los tanques subterráneos de combustible y en lugar de descubrir por cuanto le salía la broma de llenarlos comprobó acojonado que esta ardiendo. Acto seguido bajo un termómetro atado a una guita y aquello marcaba 78º, entonces la atención pública se preocupó en firme por Centralia. Desde luego el gasolinero no se quedó para comprobarlo, ni pensó en virgencita que me quede como estoy, sino que sin duda tomó las de Villadiego, o en su caso, las de Kentucky, for example.

Ya en el 81, un tierno infante de 12 se hundió en un pozo que repentinamente se abrió a sus pies. Cuando lo rescataron se estimó que el pozo era profundísimo, que ni poniéndo a Tachenko y a sus cuatro primos uno encima de otro desde el suelo se les vería asomar el bigote.El gobierno soltó la pastora imperio para reubicar a las familias en pueblos cercanos, con la consiguiente batalla legal de los mismos. En 1992 el estado de Pensilvania expropió los inmuebles del municipio.

Actualmente sólo quedan un puñado de casas quedan en pie. El asfalto está levantado, arbustos por los lados y humo que sale de las grietas. El sitio ideal desde luego para comprar la segunda residencia. Lo curioso es que los cuatro cementerios del pueblo están en buen estado y la única iglesia que sigue en pie da servicios religiosos los sábados por la noche, en plan after hours. Vamos,que más cinematográfico imposible. Órdenes secretas, cementereios intactos, misas nocturnas… El fuego subterráneo todavía arde, consumiendo una veta de 13 kilómetros de extensión con carbón suficiente para arder 250 años.

Lo mejor de todo es que todavía queda gente cabezona viviendo allí. Poca, pero queda. Por la barbacoa no tienen que preocuparse, ni por la calefacción, aunque la radiografía de sus pulmones debe ser una joyita. Sólo falta que un comercial desesperado llegue hasta ellos intentando colocarles una vitrocerámica a los futuros X-Men.