COINCIDENCIAS Y CASUALIDADES DE LA HISTORIA

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Se podría decir que constituyen una combinación de circunstancias imprevisibles e inevitables, guiadas quizá por la caprichosa y misteriosa mano que controla nuestra ficha de concursante, aunque para los ateos se trate tan sólo de un efecto más del azar absoluto con el que rulamos por el peligroso y complicado tablero de la vida.

Algunas de estas casualidades, que al final no llegaron a cuajar, nos meterían de lleno en lo que en historia se denomina ucronía, es decir, una reconstrucción lógica aplicando acontecimientos no sucedidos, pero que podrían haber llegado a suceder. Tal es el caso de que Bruce Lee hubiese aceptado la invitación para ir a la fiesta que se celebraba en casa de Roman Polanski, aquella funesta noche en la que una diabólica Familia acabó brutalmente con la vida de Sharon Tate y del resto de invitados. Igual si Bruce se pasa un rato por allí a tomarse unas mirindas, se lía a hostias con Charles Manson y el resto de la secta, evitando una matanza y mandado a aquel atajo de tarados directamente a urgencias, con las costillas hechas migas y los agudos chillidos del chino gritón retumbándoles de por vida en sus cráneos huecos. Desgraciadamente no fue así y la pobre Sharon pagó las consecuencias del malqueda de Bruce Lee.

En cambio, una casualidad que estuvo a punto de mandar al guano todo un Desembarco de Normandía fue el susto que uno de los coroneles encargados de codificarlo se llevó al comprar el London Daily Telegraph y leer las soluciones del crucigrama del día anterior. El pobre hombre, en vez de tirar de sudoku para matar los ratos muertos entre comidas con generales y copazos en la cantina, no tenía otra cosa que se aficionado a los jeroglíficos de Ocón de Oro y a los crucigramas. Delante de esos ojitos que se iban a comer los gusanos aparecieron de pronto en secuencia los nombres de Omaha, Utah, Mulberry, Neptune y Overlord. Toma ya. El nombre de las dos playas del desembarco, el del puerto artificial que se construiría tras el desembarco, el de la operación naval y el de la operación in yeneral. Vamos, que solo faltaba ya decir el D.N.I. de Eisenhower o la combinación del plumier de Churchill para rematar la faena. Al pobre coronel casi le revienta la patata, y el almirantazgo, pensando que era una labor de espionaje, casi suspende el desembarco. Menos mal que días después se descubrió que era una coña marinera, tirando p´lante con los planes, aunque eso sí, con cierto no se qué, qué se yo durante toda la operación.

Una de las casualidades más bizarras sin duda es la que se refiere al nombre de Hugh Williams. Aunque a ustedes les resultará totalmente desconocido, resulta que se trata del nombre del único superviviente de un navío que naufragó en el estrecho de Menay, en el mar de Irlanda, el 5 de diciembre de 1664. Hasta aquí nada del otro mundo. Sin embargo, también el 5 de diciembre, solo que de 1785, se hunde otro barco en el mismo sitio y solo sobrevive un pasajero llamado Hugh Williams. Casualité. El 5 de agosto de 1820, 24 pasajeros que iban a bordo de un velero que se había perdido por esa zona –debe ser una especie de Triángulo de las Bermudas a la europea- terminaron el día en una improvisada sardinada en el chalé de Neptuno, bueno, todos menos uno, el amiguete Hugh Williams, que parece ser que era más de carne roja. Así que ya ven, cómo podemos explicar esto. O bien los Williams forman una estirpe de tíos insumergibles, que no se hunden ni tras zamparse en la tasca del pueblo dos kilos de croquetas de plomo, o bien es una especie de Bruce Willis en el Protegido. Lo chungo es que uno vaya tranquilamente a Ibiza a pasar unos días de despiporre y de paso saludar a Pocholo, qué menos, y en medio de la travesía del Ciudad de Málaga se le presente un tipo que diga, A las buenas tardes, me llamo Hugh Williams. ¡Jorrlll! Aconsejo subirse en la chepa del cenizo y no soltarse hasta llegar a tierra.

Otra casualidad histórica bastante curiosa es la llegada de Hernán Cortés a tierras aztecas el 22 de abril de 1519, el día indicado para el regreso de Quetzalcóatl. Cuando Cortés, acompañado de una cuadrilla de españoles con un par de pelotas, se presentaron ante una jartá de indios que les gritaban ¡Quetzalcóatl! ¡Quetzalcóatl!, se quedaron con la copla y dijeron Pues vale, Quetzalcóatl de toda la vida. Y ya de paso vacilaron de caballerías, pulieron un poco las armaduras y prepararon las mechas de sus arcabuces por si había algún indio picajosillo que no lo terminaba de ver claro. Y gracias a esta casualidad pudieron durante un tiempo tener a raya a los aztecas hasta se percataron que no eran dioses, sino hombres, con los mismos miedos y necesidad de sobrevivir que ellos.

Por último, una de las casualidades que más me gustan es la relativa a Mark Twain, creador del mítico Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Abrió un ojo en 1835, el mismo año en que pasaba el cometa Halley, y cerró el otro 79 años después, en 1910, el mismo año en que volvía a aparecer el cometa. Quizá lo trajo el cometa a la tierra, soltándolo entre los restos de su estela, para que sus escritos entretuvieran a millones de lectores y se lo llevó de nuevo con el para soltarlo en otro lejano lugar donde igual hay seres esperando desde hace años la llegada de un escritor que les narre las aventuras de aquellos golfillos del lejano Mississippi.

ALMUERZO EN LA CIMA DE UN RASCACIELOS

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Es una de las fotos más vendidas de la historia. Su título original es “Lunch atop a Skyscraper”, que traducido al cristiano es algo así como “Almuerzo en la cima de un rascacielos”, y fue realizada por Charles C. Ebbets, seguramente apoyado también en una solitaria viga del piso 69 del edificio GE del Rockefeller Center de Nueva York como en la que están sentados estos monstruos, allá por 1932. Setenta y seis años después de ser realizada esta instantánea, aún sigue poniéndoselos de corbata a cualquiera que la contemple.

Me la enviaron hace unos días por mail junto con otras cuantas del estilo. Pese a haberla visto varias veces más tanto en catálogos fotográficos antiguos como en múltiples libros de historia, siempre que la observo siento un vacío enorme en el pecho, como si me faltase el aliento debido a la altura, o quizá sea porque todo ese aire que a mi me falta sea el peculiar impuesto que los obreros de la fotografía cobran a cada tipejo que aprecia embelesado su resignada gesta.

Y es que no es para menos. La foto no tiene desperdicio. Once currelas sentados en una gruesa viga a unos doscientos cuarenta metros del suelo –la altura total son 259-, tan panchos, hablando de sus cosas en el momento de hacer un break para darle al diente. Sus rostros reflejan una pasmosa tranquilidad, incomprensible para cualquier auditor de riesgos laborales, que se tiraría de los pelos y pellizcaría siete veces antes de dar crédito a lo que esos ojitos suyos estaban viendo.

Uno de los obreros del extremo izquierdo le ofrece tranquilamente lumbre al Malboro sin filtro –digo yo- de su amiguete. Nada que ver con los palos de la risa que en otros lugares del mundo sus compañeros de profesión se ventilan a pares mientras realizan su laboro.

A su lado, el hombre del peto y los guantes como puños de Mazinger Z, comenta con su compare de la gorra negra que tiene la duda de si en el puente de Halloween marchará al lago Tahoe a casa de su hermana Mildred o bien irá con la parienta y los niños al parque Yellowstone para darle unas galletillas de miel al oso Yogui.

En medio de la viga, el hombre de la gorra y el pitillo en la comisura de los labios muestra a sus amigotes de ambos lados un par de picantes fotografías de Jean Harlow y Mae West en pelota picada, hecho que provoca que uno se descamise para contrarrestar un poco los calores y el de la izquierda se tape la empalmaera con su guante de superhéroe.

Sus otros tres compañeros de viga, con el lascivo muestrario potorrero más que visto, están preocupados en cambio en si su parienta les ha puesto emparedados de mantequilla de cacahuete como todos los días, o bien se ha estirado con un buen trozo de pastel de arándanos. Parece ser que para el hombre que luce la camiseta de baloncesto del Real Madrid, su mujer si se portado, ante la envidia de su colega de al lado, al que le han cascado un par de brócolis hervidos, sin mayonesa ni ná, que no le hacen ni puñetera gracia.

Por último, el hombre del peto que mira hacia la cámara, se está metiendo entre pecho y espalda medio litro del ponche que Margaret Rouse, su santa esposa, se quedó preparando la noche anterior cuando el angelito se quedó sopa al echarse en el camastro con la espalda rota tras una jornada agotadora. Minutos después, a pesar del doping, nuestro amigo se levantará medio mamado y caminará por las vigas, cual funambulista errante –ya quisiera Pinito del Oro-, y realizará eficientemente su trabajo, desafiando gallardamente a las leyes de la gravedad y las elevadas apuestas de los dioses, donde ya se pagan veinte a uno que el mozuelo se deja los piños ese día en el lejano asfalto.

Pero ahí seguirán todos eternamente, tranquilos y sin vértigo, viendo pasar la vida con la satisfacción del deber cumplido, mientras el resto de los mortales contemplamos absortos esta peculiar y, desde la mentalidad actual, increíble imagen. A todos estos tíos, porque eso es lo que son, unos verdaderos tíos, mi más sincero respeto allá donde se encuentren.

SKULL AND BONES, TODO QUEDA EN CASA

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Artículo de 2007.

Corren tiempos difíciles. El sistema económico mundial se tambalea, y cuando EE.UU tose compulsivamente, esperando angustioso a que alguien le dé unos toquecitos en la espalda mientras dice San Blas, San Blas, en Europa se escupe un oscuro esputo de recesión económica, que rápidamente se diluye entre las aguas de una crisis de órdago hasta convertirse en una peligrosa corriente capaz de derrumbar los cimientos de la economía del español medio. Lo que mucha gente no sabe es que bastantes de los que llevan, han llevado, o están en el ajo del rumbo que marca el timón del país del Tío Sam, pertenecen a una antigua sociedad secreta nacida en la universidad de Yale que responde al nombre de Skull and Bones.

Parece ser que en un impresionante edificio dentro del recinto de tan elitista universidad se encuentra La Tumba, una especie de santasanctorum donde los miembros de la sociedad tienen sus fiestas de pijama, rodeados eso sí, de restos de huesos humanos, calaveras, cuadros macabros, y alguna que otra pelota de béisbol de importantes partidos ganados por su universidad.

Cuenta la leyenda que una de las calaveras es ni más ni menos que la del Gero, el famoso líder apache Gerónimo, pues según el historiador Marc Worman, descubrió una carta de 1918 en la que decía que unos cuantos miembros de la sociedad de la Calavera y huesos se llevaron la cabeza del mítico guerrero, que descansaba en paz en el cementerio de Fort Sill (Oklahoma) para colocarla en una tumba en New Haven (Connecticut) que es la sede de estos angelitos, y donde deben guardar todos aquellos objetos que les son encomendados en sus pruebas iniciáticas. Lo curioso del caso es que entre los miembros de la pandi de profanadores estaba el abuelo del actual presidente de EE.UU, Prescott Bush, un pastoso de la época.

Y como la base de tan elitista y desconocida sociedad son gente que tiene bastante guita, que han intentando que todo se reduzca a una treintena de familias de rancio abolengo americano, pues ellos se lo guisan y ellos se lo comen, colocando después a sus pupilos en los puestos más importantes de la sociedad. Un ejemplo claro son los Bush, y que se sepa hasta ahora han pertenecido el abuelo manga cocorotas, el anterior presidente George H.W. Bush, y el actual George W. Bush, lo que indica que aunque el origen familiar debe ser de parné y respetable, un alto coeficiente intelectual no es hasta ahora requisito indispensable para ser miembro.

Además de la familia Bush, nos encontramos con otros miembros que han desempeñado o desempeñan cargos importantes como William Howard Taft, vigesimoséptimo presidente de los EE.UU (1909-1913), Henry Stimson, secretario de guerra de Franklin Delano Roosevelt, Averell Arriman, embajador de EE.UU en la Unión Soviética, J. Richardson Dilworth, administrador de los intereses de la familia Rockefeller. También en medios de comunicación dicen que hay como Henry Luce y Briton Haden, a los que se le ocurrió la idea de crear la revista Time una tarde en La Tumba, igual mientras jugaban a los bolos con la calavera del pobre Gerónimo, que está dando un juego… En cuanto a la CIA –ya la estábamos echando de menos- William F. Buckley conocido miembro ultraconservador de la misma era uno de ellos, y su hermanito, James Buckley, subsecretario de Estado, para la Seguridad, Ciencia y Tecnología en el gobierno de Reagan, al que seguro que le hubiera molado pertenecer a la pandi. Por último, para no aburrir con listados coñazos, diré que John Kerry, el senador demócrata que luchó contra Bush en las últimas elecciones a la presidencia pertenece a Skull and Bones, donde en su día ejerció como padrino de George Bush en sus días universitarios en la Tumba. Así que todo queda en casa, ganara uno u otro siempre estaría bajo el manto de la sociedad de la calavera y los huesos.

Las conspiranoias, que siempre digo que molan un montón, cuentan que están detrás de trascendentales episodios de la historia americana, y de paso mundial, como la invasión de Bahía Cochinos o, como buena conspiranoia que se precie, de la muerte de Kennedy, que siempre está ahí.
En fin, es un brevísimo repaso a la historia de una sociedad secreta, una más, que por lo menos da más vidilla que las típicas de los masones e Illuminati, que ya están más que vistas. Lo que estaría bien es que se descubriera en España alguna sociedad del estilo, con el toque carpetovetónico y racial que nos caracteriza, y que se hubiese formado en los sótanos de la universidad de Deusto o de ICADE para llevar las riendas del destino patrio. Aunque desde luego, si existen y guían el país, serán una copia del amigo Bush, con un coeficiente intelectual más justo que el de un click de famobil. A los hechos me remito.

LAS ALAS DEL ÁGUILA: ROSS PEROT Y SUS FIELES EJECUTIVOS

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Siempre se ha dicho que en innumerables ocasiones la realidad supera a la ficción. Clásico dicho que en este caso es totalmente cierto. Sobre todo en nuestra piel de toro, donde semejante aventura es absolutamente incompatible con el caracter del sufrido trabajador ibérico puro
de oliva. Pongámonos en situación. Irán. Finales de 1978. El Sha Reza Pahlevi, aliado de los EE.UU quienes armaron su ejército y continuador de la reciente monarquía creada por su padre, el típico militar que da un golpe de estado y se autoproclama rey por la patilla, está a puntito de ser enviado al viejo lugar donde picó el pollo. Y es que por aquellos lares suenan tambores de guerra, de revolución islámica y barbas a lo alcalde de Marinaleda. El ayatolá Jomeini, futuro destinatario de una entrañable canción de Siniestro Total, sale de Francia y regresa a la antigua Persia, a echar la persiana, valga la redundancia, a un régimen autoritario para crear otro pero de corte islamista. Y es durante los albores de esta revolución cuando se produce nuestra historia. El secuestro en Teherán de Bill Gaylord y Paul Chiapparone, ejecutivos de la EDS (Electronic Data System),empresa yanki fundada en tierra de JR, oséase Dallas, por el pastoso tejano Ross Perot.

El self made man por antonomasia. Impulsivo, constante, inteligente, líder nato. Como buen americano, con pasado de combatiente y patriota,llegando a presentarse como candidato a la presidencia en 1992 y 1996 por el Partido de la Reforma de los Estados Unidos logrando un 19%
de votos con su ultraconservador programa, aunque obviamente sin posibilidades en un supuesto mundo democrático que sólo acepta el bipartidismo de toda la vida. Trabajó en la IBM, hasta que años más tarde crea su propia empresa de soportes electrónicos, la EDS. Siempre abriendo
mercados, consiguió el contrato para informatizar el sistema de la seguridad social iraní en 1976.

Entonces se produce el entuerto. Gaylord y Chiapparone son acusados de haber obtenido el contrato por soborno y son arrestados. Los intereses americanos son un blanco deseado por los futuros señores del país, que saben que la empresa no abandorá Irán sin sus hombres. La EDS intenta
acreditar por activa y por pasiva que sus hombres son inocentes y una gestión trasnparente como el caldo de un asilo. Ni puto caso. Los iraníes los llevan a la trena y les dan una taza de Mickey Mouse y un tenedor para que marquen palotes en las paredes de la celda. El ejército americano se lava las manos para no complicarse de momento con otro puñtero país que les ha salido rana.

Pero Perot no se queda esperando a que escampe durante el diluvio, sino que es de los que agarran la llave inglesa y se la juega para cerrar el grifo. Ahí es cuando surge el líder que lleva dentro. A grandes males, grandes remedios. Si su país no le ayuda a rescatar a sus hombres lo hará él con los suyos. En apenas unos días piticlinea al resto de ejecutivos residentes
en Irán y otros que están en Estados Unidos y les dice lo que hay. Les ofrece un arriesgado proyecto para rescatar a sus compañeros cuyo único incentivo es llevarlos a su casa sanos y salvos, advirtiéndoles eso sí que perder el pellejo es uno de los puntos a tener en cuenta en la atípica misión. Lo grande es que cuando dijo la típica frase, “Es voluntario, el que
quiera salir del despacho porque no quiere participar, puede hacerlo, lo entenderé perfectamente”, nadie movió un pinrel. Ahí está su grandeza. Perot daba mucho a sus hombres, estaba pendiente siempre de ellos, pero a cambio les exigía mucho. Disponibles en cualquier momento, trabajo
constante, pero también ponía un avión de su bolsillo si la mujer de alguno estaba enferma y tenía que ser ingresada en otro estado en la clínica más importante de allí. Y ellos lo sabían.

Otro dato a tener en cuenta es que seleccionaba siempre a sus altos ejecutivos entre formados candidatos que hubiesen estado también en el ejército, consciente de que tipos que ha soportado el estrés de la guerra y estar continuamente ante situaciones límite saben perfectamente cómo
actuar y mantener la cabeza en su sitio en el ejercicio de puestos directivos. Allí gritaron fidelidad al jefe y sus compañeros un grupo formado por Jay Coburn, Ron Davis, Ralph Boulware, Joé Poché, Glen Jackson, Pat Sculley y Jim Schwebach, casi todos veteranos de Vietnam. Tal situación extraordinaria, en la que ejecutivos de poderosas nóminas estén dispuestos a jugarse el tipo por rescatar a sus compañeros, y siendo el primero su propio jefe, que voló con ellos, es algo que se aún se explica en los cursos de liderazgo de directivos de medio mundo.

Pero para llevar a cabo la misión necesitaban a un profesional que los dirigiese. Y éste no fue otro que el viejo coronel Bull Simons, veterano de la Segunda Guerra Mundial y de Vietnam, con aureola de legendario soldado, de esos que uno agradece tener cerca cuando la muerte nos mira de frente y él sabe siempre cómo ponerte de lado. La misión le llegó en el mejor momento, pues hasta esa fecha mataba la vida entre la añoranza por su mujer fallecida poco tiempo antes y el cuidado de su granja de cerdos. Así que de perdidos al river, pero con la satisfacción de volver de nuevo a la acción con una misión de las que bien valen un epitafio agradecido.

El entrenamiento de los mozos se lo pueden imaginar, así que no me detengo. Muchas carreras, tiro al blanco, ensayos de asaltos. Ördenes, tensión y también mucho “Cuando yo diga saltar, vosotros diréis hasta donde”, “Cuando yo diga correr, vosotros diréis hasta que estado” y
“Cuando yo diga las cinco…”,bueno, hasta aquí puedo leer… El caso es que tras un duro entremaniento y un plan de rescate ensayando mil veces al final no tuvieron ni que usarlo.

La propia revolución facilitó sin saberlo su salida. La cárcel en la que estaban fue asaltada por los revolucionarios y entre el cachondeo que se lió Paul y Bill cogieron las de Villadiego con ayuada eso sí de Rashid, un joven iraní que se las sabía todas y con ganas de ganarse la vida en el país del tío Sam, sin duda montando un Kebab. Entonces fueron recogidos por el coronel Simons y el resto de la pandi y tirando de furgoneta, todoterreno y autobús hasta conseguir atravesar la frontera del país. Toda esta historia está perfectamente detallada en el magnífico libro de Ken Follet, Las Alas del Águila, unos años antes de que empezase a elucubrar el armazón de Los Pilares de la tierra.

La aventura fue un éxito. Digno de una peli de Hollywood con final feliz. Ahora, por un momento, piensen una situación parecida en España. Dos altos ejecutivos de una empresa patria retenidos en Marruecos o Argelia por los integrantes de la revolución que se producido en el país. Se
trata de Pepe Fuentecilla, director de Recursos Humanos y del Bisoñé, director comercial en la zona de España, Marruecos y Argelia de la empresa, el cual oculta su alopecia, que no su mala leche, con un casposo peluquín adherido al cráneo. Llega entonces el director general
de la compañía y convoca una junta extraordinaria entre ejecutivos de diferentes rangos y se encuentra con lo siguiente.

Tras soltar la perorata a lo Braveheart e incitar a que den un paso adelante los que estén dispuestos a jugársela por sus compañeros, se empieza escuchar un ligero murmullo que poco a poco va conviertiéndose en una sonrisa hasta terminar en una sonora carcajada, de esas en las que uno no puede parar. El director mira a Gálvez, uno de los ejecutivos que se parte el ojete dando golpes en la mesa sin poder parar de reír, a su lado, Medina, la secretaria del Bisoñé, descojonada como si estuviese de público en No te rías que es peor, hace cortes de mangas y grita: Que no vuelva, que no vuelva ese hioputa.

En otra silla, Gutiérrez y Landelino, sufridos comerciales por obligación no por devoción, se suben a la mesa y zapatean contentos y llorando de risa aún más cuando los mira con mala leche el gran jefe, mientras gritan desgarrándose la voz: ¿Puedo ir yo? ¿Puedo ir yo? Al final hasta el propio gran jefe se descojona al mirar el dossier donde aparecen las fotos de los
dos ejecutivos y dice en voz baja: Pues nada señores, a pelarla.

CHUCK TAYLOR ALL STAR, LA HISTORIA SE LAS CALZÓ

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Tras leer el fenomenal artículo de Delia Rodríguez sobre La larga cola y la absorción de Converse por Nike, cosa que muchos no sabíamos, conquistando entonces la también histórica marca del stick de la victoria la cuota de mercado adjudicado a los incondicionales de las legendarias Chuck Taylor, a uno le da por recordar la de generaciones que se han enfundado sus extremidades inferiores en aquellas endebles zapatillas de lona convertidas desde hace tiempo en otro icono más que agregar al extenso inventario de la cultura popular del siglo XX.

Quién le iba a decir al bueno de Marquis M. Converse allá por el 1908, cuando abrió su primera fábrica en Malde (Massachussets), que se convertiría en el dueño y señor del calzado deportivo, sobre todo a partir de 1923 cuando creó el modelo All Star para el jugador de baloncesto de moda de la época, Chuck Taylor. Tal reinado duró hasta más o menos los setenta, cuando aparecieron nuevas firmas que presentaban calzados más aptos para el deporte que las Converse, con las que uno se podía torcer el tobillo fácilmente al tomar tierra tras hacer un cutre mate en las canastas de minibasket del cole y llegar a casa con la pata chula, nuestra madre gritando asustada como si llegásemos de reconquistar el Peñón, y nosotros con cara de gilipollas por tratar de emular a los héroes de Ramón Trecet y su Cerca de las Estrellas.

Las causantes de su sentada en el banquillo fueron marcas como Reebok, Adidas o Nike, ese pequeño pez que se convirtió en ballena para engullir más tarde a su antigua rival como si de un Jonás se tratase, quizá más por dar un aviso a navegantes que como castigo divino por aquella especie de monopolio deportivo que Converse ejerció durante casi medio siglo.

Pero a sus nuevos propietarios les salió rana su nueva adquisición ya que, en lugar de acatar sumisas las directrices que marca el stick de Nike, las viejas All Star, cual flautista de Hammelin, tararearon una misteriosa melodía que, siguiendo el ritmo que marcaban sus cordones, tan sólo entendían sus fieles acólitos, aquellos que año tras año se dejan los cuartos en lo que unos interpretan como un símbolo de rebeldía, otros de alternativismo, y los más de pura estética atemporal. Pero bueno, al fin y al cabo, Nike sigue ganando, que es lo único que les importa.

Incluso muchos de nosotros sufrimos en propias carnes que nuestros pinreles fueran adornados por tan peculiares botas, bueno, más bien vulgares imitaciones patrias en un tiempo en el que el imperio chino aún no había colonizado ese tipo negocio. Me refiero sobre todo a aquella época adolescente en la que las nuevas firmas marcaban el rumbo de nuestra conducta, consiguiendo que la iconografía de determinados logotipos neutralizasen a su antojo a nuestras escasas neuronas, hasta convertirnos en una especie de zombies devoradores de marcas que perdíamos fuerza con las All Star o henchíamos el pecho con unas Nike Air Jordan.

Sin embargo, a lo largo de la historia, este peculiar calzado ha sido utilizado por estrellas de cine, de la música, tribus urbanas, etc. Desde hippies de la generación del Flower Power a punks como los Ramones, cuya estética de chupa de cuero, camisetas, vaqueros rotos y All Star fue imitada hasta la saciedad por cientos de rockeros. Por cierto que los rockers también tiraron de All Star como fondo de armario de su vestuario, y los grupos de grunge made in Seattle, y los alternativos españoles que cantan en inglés, y los pijos que van de desaliñados, y así hasta mil.

Unas zapatillas que fueron las primeras en rotular el nombre de un jugador en el parche del tobillo, ya quisiera Beckham, con las que se apoyaba James Deam al sentarse en el capó de su Pequeño Bastardo, o lucieron alguna vez cualquiera de los Rolling, sobre todo Keith Richards, que le dan un aspecto aún más de maldito, si es posible eso, claro. También las lució Travolta en Grease, tanto en los números musicales como cuando le da por practicar baloncesto para hacerse el deportista y se pone a echar una pachanga con los compis de clase con un estilo mezcla de Petrovic y Charles Bronson que si lo pilla Aíto lo degrada a los alevines del Cotonificio. Incluso se las calzó Milikito en sus tiempos de showman televisivo para darle el toque salao al smoking.

A principios de los sesenta nace una nueva versión, la All Star de corte bajo u Oxford. Y es a mitad de esa misma década cuando aparecen las All Star de colores, ya que hasta ese momento tan sólo las había en blanco y negro. Variedad cromática que incrementaría sus ventas y multiplicaría las posibles combinaciones con el resto de atuendo de cada consumidor. Gente como Bruce Springsteen, Lenny Kravitz, David Bowie, o la mayoría de la gente de la Movida se las calzaron alguna vez. Y seguirán calzándose espero que por muchos años pues un atuendo juvenil que lleva tantos años en activo, me atrevería a decir que es de los pocos que ha gozado ininterrumpidamente de un consumo mundial, no debería desaparecer del mercado ya que, aunque algunos les pese, las Chuck Taylor All Star forman parte de nuestra historia.

GRANDES CANCIONES PARA PEGARSE UN TIRO

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Normalmente, las desgracias nunca vienen solas. Aunque parezca una frase hecha, es tan cierta como a Lorenzo Sanz lo pillaron en un turbio caso de estampitas de colores, o lo rápido que nos acelera la patata –y lo que no es la patata- la angelical Charlize Theron, pasando de 0 a 100 en menos de tres segundos, que me río yo del opel tigra trucao de mi amigo Pepe. Porque todo español tiene un amigo que se llama Pepe. En fin, que si las desgracias de turno, cuando llegamos a casa, las aliñamos con una coplilla triste, tenemos todos los ingredientes para dar el salto y hacer una turné por el otro barrio.

Pongámonos en situación. Uno ha tenido ese típico día que no se lo desea ni a su peor enemigo. Al llegar a su puesto de trabajo se encuentra con que el jefe le dice, Gutiérrez, ven un momento a mi despacho, que tengo que hablar contigo. Malo. Guti empieza a vislumbrar las orejas al lobo, y no se equivoca, porque sale del despacho con cara de gilipollas y la carta de despido por reducción de plantilla, además de un sobre con el finiquito de la calzada, que apenas le da para tapar las trampas de juego que tiene con unos prestamistas de la mafia rusa. Vale, igual me he pasado rizando el rizo, pero bueno, estamos caracterizando al personaje para darle más vidilla.

La primera banderilla se la han puesto en la chepa sobre las diez de la mañana. Eso por ahí. Guti decide irse al bar a tomar un copazo mientras piensa cómo se lo va a decir a su mujer, que la tiene de morros desde que se compró la BMW de segunda mano para ir al trabajo en lugar de comprarle a ella el minimorris que tanta ilusión le hacía. Total, que después de tres copazos de orujo, que cauterizan un poco la reciente herida, parece que el valor vuelve a circular por sus venas acompañando en comandita al alcohol que se ha metido el angelito.

El hombre llega a su casa, y como su mujer no lo esperaba, pues se encuentra con el pastel de que la moza está haciendo un arriba y abajo con el vecino del cuarto. Toma ya. Segunda banderilla. Después de los clásicos Pues tú eres…, Si ya sabía yo…, Con el vecino… El Guti echa a cajas destempladas a los amantes furtivos, y se sienta destrozado en el salón. Y llegamos al momento cumbre. El marido, corneado ese día en dos sitios diferentes, por donde se le escapan los sueños de toda una vida, decide tomarse otra pócima para intentar olvidar mientras pone una coplilla para que le acompañe en esos malos momentos. Craso error, porque lo que pone lo coloca en una posición dificilísima.

Menuda elección. La primera copla que pone es Nothing compares to you, de la pelona Sinead O´Connor. Si ya iba tocado, la cancioncilla consigue que se hunda más. Cuando la termina, quizá como acto de masoquismo dice, Pa guevos, los míos, y saca una serie de cedés cada uno con una canción más triste todavía.

En ese momento comienzan a sonar Brothers in arms, de los Dire Straits, que sí, muy bonita, pero no para escucharla cuando te han echado del trabajo y has pillado a tu mujer haciendo guarrerías con el vecino. Hasta Mark  Knopfler se quita la cinta de la frente un momento, de los sudores que le está dando ver llorar al Guti de esa manera. A su actuación le sigue el clásico Yesterday, que lo hace hundirse en las profundidades del sofá. Entre lloro y lloro, pone Lía de Ana Belén, ahí le sale al hombre un quejío entre flamenco y semanasantero que da lástima escucharlo.

Pero el tío tiene pellejo y se regodea en su desgracia, y pone ahora Lullaby, de The Cure, asimilando el pálido careto de Robert Smith en el vídeo de la canción de cuna, y ya no sabe si las arañas que le parece ver por el cuarto se han escapado del cedé o se deben a la potencia de los gazpachos que se está apretando. Algo que olvida pronto al poner You´ve got a friend, en versión a capella de los Housemartins, con la que el pobre Gutiérrez suelta unos espesos lagrimones, grandes cual moco de Troll.

El tipo está herido de muerte, pero sigue dándole al burro, Perico. Y con qué nos sale esta vez, pues nada más y nada menos que con Cecilia y su ramito de violetas, pero para ésta ocasión cantada por el manzanas, Manzanita para todo el mundo. Y claro, con la aguardentosa voz del mozo, y el sentimiento que le echa, pues el pobre Guti se estruja sobre sí mismo en el sofá, y como si de una Ballerina se tratase, expulsa toda el agua que el pobre acumulaba en sus ojos casi hasta dejarlo seco. Pero no, todavía le queda una bala con la que regodearse. Nuestro ya entrañable amigo se saca a la remanguillé un grandes éxitos de Micky y pone El chico de la armónica. Cáspita. Esto no nos lo esperábamos. Tal copla se convierte en un punto de inflexión en su trayectoria autodestructiva, y mientras el simpático Micky tira de tristes acordes con su famosa armónica, Gutiérrez desaparece del salón para volver al poco tiempo con la Luger que un soldado alemán le regaló a su abuelo en sus tiempos de combatiente en la División Azul.

Y así, derrumbado tanto moral como físicamente, Gutiérrez se sienta en el sofá y se apunta el cañón de la pistola a la boca, que la abre hambrienta de muerte. En el último segundo, cuando el hierro va a dar a luz su letal vástago, el cañón de su verdugo cambia la trayectoria y apuntando hacia la cadena de música, le descerraja cuatro tiros como cuatro soles, saltando por los aires botones, cristales e incluso la armónica del pobre Micky. Gutiérrez sonríe entonces y piensa, Pa guevos los míos, y coge el mp3 que tiene en su cuarto cargado exclusivamente con canciones de Los Nikis, y decide darse otra oportunidad en la vida. Ahí está el tío.

PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD EN EL INQUIETANTE EDIFICIO DAKOTA

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Pues sí. Sin duda sería el sueño de cualquier Juan Cuesta versus Enrique Pastor del país del tío Sam. Presidente de la comunidad de vecinos del edificio con más leyenda negra de todo Nueva York, limpio de rancios pescaderos mayoristas y gañanes reparte salami, pero eso sí, infectado según las crónicas de malajes, espíritus cabroncetes e inquietantes alquilados de paso que dejan en pañales cualquier maldición gitana de esas de dedo pulgar chupao y agresivos Por estas…

Tan entrañable edificio sito en el número 1 de la calle 72, al oeste de Central Park, fue construido entre 1880 y 1884, a manos del arquitecto Henry Hardenberg, autor de los planos del también mítico Hotel Plaza, y el que aflojó la mosca Edwark S. Clark, propietario ni más ni menos que de las máquinas de coser Singer. Aquellas con las que generaciones de mujeres se dejaron la vida dándole al hilo y moviendo durante horas el pedal con los pies, que cuando terminaban, estos seguían moviéndose solos, como si estuviesen poseídos por Giorgio Aresu y sus compis del ballet Zoom, mientras sus maridos hacían tarde/noche en la taberna, poniéndose tiernos de agua de fuego y panchitos.

Con un estilo propio del renacimiento de la Alemania del Norte y distribución de pisos inspirado en la arquitectura francesa del siglo XIX, su nombre viene de un chascarrillo yanqui referido a lo lejos que estaba de la ciudad. Por lo visto al principio no llegaba ni la electricidad y la gente se refería a él como el edificio ese que está en Dakota, (al norte de EE.UU, frontera con Canadá), vamos, donde picó el pollo. Para que vean que por esas tierras también tienen son salaos y tienen su chispa. El caso es que por muy lejos que estuviese y carecieran de internete y Sálvames de turno, el casoplón fue siempre alquilado al completo, suponemos que por viajantes puteros, amantes furtivos y atareados maridos que hacían un alto en su viaje de negocios para echar una firma con la secretaria, poniéndola mirando a Dakota, posible origen también del nombre del famoso edificio.

La suerte llegó cuando Manhattan comenzó a crecer hacia el norte y se vio rodeado de nuevos y carísimos edificios donde se mudaban los pastosos de la época, revalorizando el perdido lugar donde picó el pollo hasta convertirlo en el sitio ideal en el que poner el huevo. Y aquí es cuando se empieza a poner interesante. Entre sus nuevos inquilinos comienzan a llegar lo mejor de lo mejor. A principios del siglo XX estuvo viviendo allí ni más ni menos que Aleister Crowley, el mítico mago negro más famoso del siglo, creador de la orden esotérica Golden Dawn y conocido como La Gran Bestia. Icono al que idolatraron estrellas del pop como los Beatles, Rolling, Alice Cooper y que según dicen facilitó a Churchill el marketiniano símbolo de la V de victoria, antiquísimo signo positivo egipcio para contrarrestrar aquellos de los que ser servía la Alemania nazi y su numerosa corte de ocultistas. Dada su trayectoria y currículum seguro que lo hizo por fastidiar más que nada. También se cuenta que llegó a celebrar misas negras en las zonas comunales del Dakota y sin pedir permiso. Eso sí que es fuerte.

Por aquella época también se dio un garbeo por allí el actor de terror Boris Karloff, que para no ser menos que su compi Béla Lugosi, al que enterraron vestido de vampiro, a este le dio también por hacer veladas de espiritismo en el edificio, que entre las suyas y las de Crowley aquello tenía que ser como un parque temático. Sólo faltaba el tren de la bruja. Por cierto que cuando Karloff picó el billete, hubo poltergeist esa noche e incluso le dio por presentarse en el eficio, recién estrenado el uniforme de fantasma, y la gente al verlo puso las de Villadiego, o mejor dicho las de Dakota, pero esta vez la de verdad.

Más interesante se pone la cosa cuando llegó Polanski con las rebajas. Y es que en 1968 le dio por rodar aquí su famosa película de terror La Semilla del diablo. El título original es Rosemary´s baby, en España se adaptó, con nuestra típica traducción libre, por La Semilla del diablo, por que claro, aquí la titulas El bebé de Rosa Mari, o El bebé de María Rosa, y aparte del descojone general, igual se llena el cine con señoras fanáticas de las pelis de mediodía de Antena 3 a las que se le atascan los kikos (porque son de las que toman bajo cuerda) en la tráquea al verse en medio de un fregado satánico donde los vecinos hacen de todo menos obsequiar con tarta de arándanos ni jugo de grosella. Dicen que se inspiró en Gerald Brossau Gadner, sumo sacerdote de la brujería Wicca inglesa, y por supuesto inquilino durante un tiempo y hacedor de rituales mágicos en descansillos y cuartos de contadores, para el papel del brujo malo que sale en la peli.

Aunque sólo se rodaron exteriores allí, se lió bien gorda cuando empezaron a aparecer peñas de sectas satánicas y practicantes de la magia negra para evitar el rodaje, entre ellos Charles Manson, asesino de la esposa de Polanski, Sharon Tate, así como se filtraron datos de extraños accidentes ocurridos a miembros del equipo durante el rodaje. Hasta su prota, Mía Farrow le dio un yu yu y posteriormente cortó con Frank Sinatra, quizá el momento más peligroso para los fantasmas del lugar ya que al viejo ojos azules no se la jugaban y después se iban de rositas…

El más célebre suceso ocurrido en el Dakota sería sin duda el asesinato del beatle John Lennon en 1980 en las puertas del edificio, a manos de Mark Chapman, un fan zumbado que obsequió a su ídolo con jarabe de plomo mientras que para él se automedicaba una cadena perpetua de las de bola de hierro y palotes en la celda marcados con tenedor. Debido a una extraña pasión por lo macabro o por lo menos extraño, muchos son los famosos que han vivido o viven allí como Judy Garland, Leonard Bernstein, Lauren Bacall, la viuda de Lennon, Yoko Ono, que sigue viviendo ahí, Jennifer López, Bono, Sting, Paul Simon…

Como fin de fiesta decir que la última película en rodarse allí fue Vanilla Sky, la versión yanqui de Abre los ojos, y que el último famoso en comprar un apartamento allí ha sido Alec Baldwin, por más de 8 millones de dólares. Algo inquietante, con la historia del edificio y un actor tan malo que se gaste esa pasta para vivir allí… Lo mejor de todo es que para vivir allí, y no digamos que para ser presidente, hay que pasar el durísimo filtro de la comunidad de vecinos, quienes por cierto suspendieron a Antonio Banderas y Melani Griffith en 2005, dicen que con un 4,5 y ni les dejaron ir a revisión ni entregar un trabajo para subir nota… No sé, pero en ese edificio pasa algo. Y más si Alec Baldwin es presidente, que si se sigue la tradición española, el último que llega la pela…

LANCES ENTRE CABALLEROS

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La provocación al duelo, aunque pueda parecer extraño, se encontraba sancionada penalmente en el derecho español hasta julio de 1989. No sabemos si por añadir a los aburridos códigos penales un toque de costumbrismo, o bien porque hasta esas fechas, de madrugada y con fuerte viento de levante –que diría Trillo-, todavía quedaban nostálgicos seguidores de Dartacan dispuestos a vengar afrentas con el sable de su abuelo junto a la tapia de un solitario cementerio.

Y es que los españoles somos muy de nuestro honor. Ya se pueden descojonar de nuestras pintas, de la picota de la tía Ambrosia o de lo mal que jugamos al bagminton, pero como alguien insinúe por ejemplo que somos unos cobardicas… malo. Sufrimos entonces una especie de transformación que nos recalienta el careto, a medio camino entre el verde manzana de la Masa y el sonrosaete teenager de Marty McFly cuando le llaman gallina.

Lo malo de todo es que tal exceso de amor propio, de honrosa dignidad cara a la galería, es tan sólo debida al qué dirán, una especie de maldición hispana que nos acompaña desde hace siglos y que hace que nos juguemos el pellejo obsesionados por lo que puedan pensar nuestros vecinos, no por la afrenta en si. Y es que duele más que piensen que uno es un cobarde, que serlo en realidad, que eso nos la trae floja. Debido a este curioso mal que nos afecta, cientos de españoles se han batido en duelo sin tener ni puñeteras ganas, todo por decirle en un baile que su mujer era un poco guarrilla, cuando el hombre ya lo sabía de sobra, pero claro, si empiezan todos los que están a tu alrededor ¡Uy lo que te ha dicho! ¡Qué pasote!, pues claro, a ver quien es el guapo que se hace el sueco.

Antaño las discusiones se resolvían mediante juicio de Dios, también llamado Ordalía, en la que los rivales metían por ejemplo la mano en un puchero de agua hirviendo para ver cual de los dos tenía razón. Se supone que el que no se quemaba estaba en posesión de la verdad. Pero casi siempre quedaba en tablas la cosa, pues ambos contendientes solían sacar tan sólo el muñón, suponemos que dejando su antigua extremidad para alegrar un poco el caldo que después se ventilaban ansiosamente la multitud congregada. Y lo pagaba el pardillo al que le tocaba el premio.

Menos mal que a una persona metódica como el Marqués de Cabriñana, en 1900, le dio por escribir unas bases con las que regular los dimes y diretes en los que se veían enfrascados todos aquellos duelistas irredentos. Así surgió su famoso libro Lances entre Caballeros.

Cuenta el Marqués que las ofensas son personales, y que tan sólo se puede ser sustituido por ascendientes o descendientes en el caso de ser menores de veintiún años o mayores de sesenta. O sea que si un atontado adolescente o un viejo cascarrabias se metía en líos, tenía que venir luego el pringao del familiar directo para jugarse los hígados porque a su abuelo se le había ido la lengua jugando al dominó en el casino, o el niñato, en un ataque de calentura juvenil, le había tocado la nalga derecha a la esposa de un capitán de artillería.

Las armas a elegir eran pistola, espada y sable. Incluso en situaciones excepcionales se podía pactar empezar con un arma y terminar con otra. Suponemos que cuando ambos rivales fueran tan malos que fallaran con la pistola –igual se cargaban a un testigo y todo- y tenían que tirar de sable para ensartar al antiguo amigo que se beneficiaba a su novia en el asiento trasero de su calesa.

En cuanto a los padrinos, ejercían de confidentes, jueces de campo y magistrados encargados de aplicar las reglas del código de honor. Si uno se sentía ofendido llamaba a sus padrinos para que visitaran al ofensor y se estableciera el horario del duelo. Si era un desconocido se le enviaba una tarjeta al domicilio –El señor Mínguez tiene el gusto de retarlo a un duelo…-, así que seguramente más de uno no abriría la puerta cuando llamasen estos cenizos, no haciendo ruido para parecer que estaba vacía la casa, como cuando tocan el timbre los vendedores a puerta fría, o incluso algún bigotudo bigardo de cuarenta años imitaría la voz de un angelito tres para intentar engañar a tan incómodos visitantes.

Tristemente, el toque caballeresco del duelo se ha perdido, convirtiéndose en la actualidad en una bronca taleguera entre gañanes, quienes por haber sido derramado su cubata en un descuido, sacan al pobre causante a la calle y lo inflan a hostias hasta dejarle la cara como un pan de pueblo. Eso en el mejor de los casos. Lo de los padrinos, la buenas formas, el dispare usted primero, pasó a la historia, y el vestirse de domingo para batirse como un gentleman torna hoy en día en salir a empujones de un discopús para pelearte con un gañán con cara de psicópata y bajo cuya prietísima camiseta existen infinidad de músculos, algunos de los cuales aún no han sido catalogados por la anatomía moderna.

CURIOSAS TRADUCCIONES DE PELÍCULAS DE HOLLYWOOD

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Cuando se acerca el fin de semana, las carteleras de cine nos invaden con sus nuevos estrenos, brindándonos así la oportunidad de desempolvar nuestro ajado diccionario Collins –sólo apto para nostálgicos que se niegan a su versión de traducción en línea- o poner al día nuestros añejos conocimientos de la lengua de Shakespeare aprendidos en el colegio y completados en casa con el Follow Me del flemático Francis Mattheus, para intentar descubrir el significado del título de las pelis extranjeras que vemos y que muchas veces no tiene nada que ver con el que nos cuelan por estos lares.

Como muestra actual, antes de tirar de históricos ejemplos de libro, me remito a cuatro de los próximos estrenos de la cartelera de noviembre y uno de este pasado octubre. Concretamente Step Brothers, estrenada el 31 de octubre, y cuya traducción literal, Hermanos de paso, ahora se convierte en Hermanos por pelotas, y aunque esta comedia chorra protagonizada por Will Farrel y Jhon C. Reilly, seguramente no pasará a la historia, nos sirve para ver que un título original que seguramente no diría nada, si le metes la palabra pelotas, pues ya le da el toque cachondo. El mismo caso que Un Rockero de pelotas, seguimos con la palabrita, en lugar de The Rocker, sobre un rockero de una famosa banda de los 80, interpretado por Rainn Wilson, que es expulsado de ella y más tarde tiene una segunda juventud en la banda de su sobrino, y que se estrena el 7 de noviembre.

El día 14 de noviembre nuestros sentidos, o por lo menos dos de ellos, podrán deleitarse con otra comedia romántica made in Hollywood, cuya traducción española es Una novia para dos, mientras que el título original es My best friend´s girl, la novia de mi mejor amigo. El nombre lo dice todo, y supongo que para no caer en títulos por el estilo, tan reconocibles por todo quisque, pues van y sueltan éste. Ya veremos por donde nos sorprende la historieta que protagonizan Dane Cook, Kate Hudson y Jason Biggs. Y por último, para romper una lanza a favor de los traducciones de pro, que de vez en cuando saltan, pues decir que Luciérnagas en el jardín, un dramón puro de oliva con un cartel formado por Julia Roberts, Willem Dafne y Ryan Reynols que se estrena el 21 de noviembre, si es fiel a su título original, Fireflies in the garden, la excepción que confirma la regla.

Y ahora tiremos de historia, que es lo que mola. Haré un pequeño muestrario de traducciones libres, bueno, tan libres que no hay por donde agarrarlas en muchos casos.

Cool hand Luke, Luke mano fría. En España: La leyenda del indomable. Toma ya. Aunque el título español de la peli del gran Paul Newman está chulo, en nada se parece al inglés, suponemos que para no despistarnos e ir directamente al grano y saber de que va la película.

Highlander, nombre de los habitantes de las tierras altas de escocia agrupados en diversos clanes. En España: Los Inmortales. Ahí teníamos al bizqueras de Christopher Lambert repartiendo leña entre sus compañeros de saga, con los que no podía ni el ácido, a no ser que un buen revés con la claymore cercenase su cuello mientras le decía eso de sólo puede quedar uno.

North by Northwest, Al norte por el noroeste. En España: Con la muerte en los talones. Igualito, vamos. Hitchcock siempre quiso hacer una peli que terminase con los protagonistas subidos en los rostros de los cuatro presidentes tallados en el monte Rushmore –¿se imaginan un monte así en España, con los caretos de Suárez, Calvo Sotelo, Felipe, Aznar, Zp…?- y para ello les hizo casi atravesar EE.UU.

Grounhond day, El día de la marmota. En España: Atrapado en el tiempo. Bueno, tiene un pase, ya que por estas tierras la peña no tiene ni zorra idea –ni falta que le hace- de que cada 2 de febrero, desde 1886, en la localidad de Punxsutawney (Pensilvania, EEUU) esperan que salga la marmota Phil de su madriguera. Si al salir hace sol, proyecta su sombra, se asusta al verla y vuelve a entrar. Eso implica, según dicen, seis semanas más de crudo invierno. Si por el contrario está nublado, no se asustará, se quedará fuera y la primavera estará al llegar. Pues como si aquí hacemos una peli sobre las Cabañuelas y la vendemos a los yankis. Anda que no le cambiarían el nombre.

Rosemary´s Baby, El bebé de Rosamari. En España: La semilla del diablo. La verdad es que acojona más la traducción, por lo que evidentemente vende también más que con la traducción literal, donde la gente puede caer en el error de que se trata de un rollazo estilo películas de Antena 3 de fin de semana. Pues igual que con Damien, el prota de La Profecía, que si lo llegan a traducir por Damián, los espectadores se hubiesen partido el ojete, tomándose a coña las aventuras del pobre chavalín con la calcomanía de los tres seis en la cocorota.

Duel, duelo. En España, El diablo sobre ruedas. En Iberoamérica, Reto a la muerte. Hombre, la peli de Spielberg se basa en la persecución de un viejo y oxidado camión a un automovilista, igual un pobre comercial, comisionista de pocas ventas, al que le toca la china y le dan el día intentando sacarlo de la carretera, así que más que duelo yo la hubiera titulado Puteo in the road.
High Noon, Pleno mediodía. En España, Sólo ante el peligro. Bueno, reguleras. Tiene un pase. Supongo que la traducción no está mal llevada ya que Pleno mediodía da sensación de calor, de cañita en la tasca de Frasco, y no aparenta un western atípico donde la figura del sheriff no es la del clásico héroe que salva al pueblo, sino que es un retrato psicológico de un tipo, magníficamente interpretado por Gary Cooper, angustiado por la tarde que le están dando unos matones el mismo día de su boda.

Spaceballs, Pelotas espaciales. En España, La loca historia de las galaxias. Qué raro, con lo que gusta por aquí añadir la palabra pelotas y en un caso de traducción literal se lo saltan. Sobre la peli de Mel Brooks, poco más que comentar.

Monty Python and the Holy Grial, Los Monty Python y el Santo Grial. En España, Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores. Toma ya, alegría. Como es de risa, pues vale todo.

On the waterfront, En el muelle. En España, La ley del silencio. Hombre, de nuevo la traducción le da un toque más mafioso a la par que misterioso que el simple En el muelle. Desde luego, así se mete uno rápidamente en el mundillo de los estibadores de puerto de los muelles neoyorquinos, con Marlon Brando a la cabeza en plan duro.

Butch Cassidy and the Sundance Kid, Butch Cassidy y el chico Sundance. En España, Dos hombres y un destino. Suponemos que el título es para que los españoles no nos liásemos con personajes de la historia delictiva americana, y con esta traducción y los dos guaperas protagonistas pues a tirar millas. Seguramente ellos harían lo mismo si en su día llegamos a comercializar por aquellas tierras las aventuras del Jaro, el Torete o el Chirri.

En fin, ni están todas las que son, por supuesto, pero sí son todas las que están. Traducciones libres con la intención de atraer más gente a las salas, que bueno, aunque no siempre son acertadas, la idea no deja de ser del todo mala.

CIRUJANO BARBERO, UN OFICIO ENTRAÑABLE

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Desgraciadamente, la profesión de barbero ha sufrido con el paso del tiempo una evolución a la inversa, rasurando año tras año las tareas multidisciplinares que ejercían en otra época, hasta acabar convertidos en simples quitapelos de barrio que sólo afeitan de vez en cuando a algún nostálgico que echa de menos esos viejos y entreñables cortes que a todo profesional poco acostumbrado se le escapan.
En cambio, ya por finales del siglo XIII existía la profesión de cirujano-barbero, que lo mismo valían para un roto que para un descosido. Cortaban el pelo a la moda, supongo que el típico corte de pelo a tazón, afeitaban, blanqueaban los dientes con aguafuerte, sacaban muelas, incluso hacían sangrías que no se las saltaba un galgo.
Como pasa siempre, esta bicéfala profesión surgió de los enfrentamientos entre cirujanos y barberos. Los primeros, eruditos, ratones de biblioteca, con másters y todo eso echaban en cara a los segundos que apenas tenían formación y ni estaban colegiados, ni pagaban cuotas, ni nada. En cambio los barberos eran más populares y más de un noble recurría a ellos pues no se fiaban un pelo de los matasanos titulados de la época. Sin embargo, algunos de los barberos ejercieron inicialmente de becarios de los cirujanos, para aprender un poco la profesión y luego lanzarse al lado oscuro.
El oficio de cirujano-barbero solía heredarse de padres a hijos, enlazando una cadena en la que un alto porcentaje de miembros tenía poca o ninguna idea de medicina y a menudo sus sangrías acababan en escabechinas que me río yo de las del carnicero de Milwaukee. Un clásico suyo era, ante el dolor de cabeza, trepanación que te crió. Nada de la aspirina y el vaso de leche caliente. Que te duele la cabeza, cortamos un trozo para evitar la presión. Que te sigue doliendo. Pues un cachito más. Así, igual el infeliz terminaba el día sin dolor de cabeza pero con el cráneo descapotable y los sesos a la intemperie. Vamos, que pegas un estornudo y los mandas a Cuenca. Miedo me da el pobre que tuviese resaca de vinorro peleón y fuera a uno de estos a ver que había por ahí que le quitase el malestar.
En primavera, en lugar de mar flores como cantaba Cecilia, la peña acudía a estos verdaderos matasanos para hacerse sangrías, que según la creencia de la época eliminando el exceso de sangre se equilibraban los humores del cuerpo y se hacía uno más resistente a las enfermedades. Así que el cirujano-barbero se liaba a repartir sanguijuelas a diestro y siniestro. Aquí póngase usted tres, allá una, en la pierna cuatro, que hay sitio.

Para la gente brava, de pellejo duro, había otra opción más drástica y tan poco recomendable como la anterior. Se les sumergía el brazo en aguita caliente para que las venas resaltasen y se pudieran ver mejor. Acto seguido el paciente se agarraba con fuerza a un poste para que las venas se hinchasen, tipo cuello de la Patiño, y así hacer una incisión en la vena elegida, asociada a un órgano determinado, para que la sangre brotara. Esta caía en un recipiente llamado sangradera que ejercía de medidor para controlar el nivel de desecación del interfecto. Desde luego, si el Conde Drácula pilla a uno de estos desperdiciando tan preciado elixir los corre a hostias.
Cuando un cirujano-barbero tenía cierto prestigio y abandonaba el carromato por el que recorría el país haciendo escabechinas y vendiendo falsos crecepelos, se instalaba en un sitio fijo. Para que los amantes de las sanguijuelas y las desangraciones revitalizadoras supieran que allí estaba su sensei, usaron como símbolo un cartel en el que aparecía una mano levantada chorreando sangre que terminaba. Con el tiempo se dieron cuenta que no causaba muy buena impresión, así que decidieron hacer un icono minimalista, basado en un poste pintado de rojo que era recorrido por vendas blancas. Algo más discreto y de diseño más chulo, donde va a parar.
A final del siglo XIX, el gremio de los cirujanos presionaba más que el cuñado de Rocky, consiguiendo por fin la escisión del oficio de cirujano-barbero y dejarlo sólo en barbero. Sin embargo, se les dejó conservar su ya famoso poste que aún hoy en día se puede ver algunas barberías a modo de recuerdo vintage de un tiempo pasado, que para ellos sin duda fue mucho mejor.
Para terminar tan sólo me gustaría imaginar que los peluqueros de hoy en día, barberos apenas quedan, sufrieran un ataque de nostalgia y al llegar la madre con su chulesco mocito de catorce añitos y solicitar un corte de pelo a lo Cristiano Ronalndo, para estar a la moda, el quitapelos le dijese: Sí, sí, pase usted señora, que el niño saldrá con la estética de narcotraficante que busca, pero también con el cráneo trepanado, dos muelas fuera y un litro de sangre menos con la que pienso hacerme unas morcillas que no le digo ná.