EL LADO OSCURO

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En los juzgados es conocido como Darth Vader. Formado desde niño bajo la tutela especial de los grandes maestros del derecho, pronto se dejó seducir por el lado oscuro. Para algunos, claro. Sin dar explicaciones, cambió honorarios equitativos y asistencia altruista a gente sin recursos por la defensa de mafiosos y narcotraficantes, vaciando su alma mientras llenaba los bolsillos con potentes minutas. De invocar a Díez-Picazo y citar a Cobo del Rosal pasó a jurar por Rodríguez Menéndez y brindar por los Charlines. Ahora es un afamado gourmet mediático que basa su cocina en los expedientes más turbios. No conoce la crisis. Y sólo a veces, durante sus noches solitarias, añora por un instante al abogado que un día fue, soñando incluso con un recurso de apelación contra la sentencia de esa vida vacía que el mismo dictaminó. Pero es sólo un sueño.

¡SOY UN CARTONIANO!

 

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Lo soltó con rabia. Un esputo visceral, reluciente de orgullo, que años de discreción bruñeron con el paño del silencio. Hasta la fecha no habían desenmascarado a ninguno. La policía tenía certeza de su creación, treinta años antes, en recónditos sótanos de la facultad de derecho de Deusto. Había indicios de ritos iniciáticos, chantajes a profesores, incluso una supuesta lista de miembros situados actualmente en los puestos claves del Poder Judicial. El juez Mínguez era su líder. El cráneo pelón significaba el grado más elevado de aquella sociedad secreta cuyos miembros ascendían conforme menguaban sus existencias capilares. Un proceso que unía fuertemente a sus miembros durante la carrera, al colocarse el birrete, opositando o al peinarse los últimos vestigios el día de su boda. Mínguez, tras gritar aquel exabrupto, aceptó su detención. Sin arrepentirse por liquidar de un bastonazo a aquel hermano traidor que lucía bisoñé durante la audiencia real.