BRIGHTON 64 Y EL CULTO A QUADROPHENIA

 

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Londres, 1964. Dos pandillas de jóvenes tienen locas a las fuerzas de seguridad con sus continuos enfrentamientos. Son los rockers y los mods. Con el tiempo, estas hordas juveniles agrupadas en torno a una estética y música determinada se las denominará tribus urbanas. Tal estilo de vida, con batallas campales en Brighton dignas de Braveheart, fueron reflejadas en una película de culto, Quadrophenia, y pese a que han pasado casi cuarenta y cinco años desde tales hechos, y casi treinta de la película, sigue manteniendo la frescura, convertida ya en un referente sobre películas de bandas juveniles.

Los mods irrumpen a finales de los años cincuenta, en la Inglaterra industrial y obrera, que se recupera de los desastres de la última Guerra Mundial. Un gran número de jóvenes empiezan a flipar con el Modern Jazz y les gusta lucir los modelitos de sus máximos exponentes. El término mod viene de modernista. Ya en los sesenta amplían sus horizontes y también se hacen fanáticos de la música Soul, del Rhythm and Blues, y sobre todo de la música Ska. Es en esta época cuando se asienta definitivamente su kit estético: Parkas verdes, trajes y corbatas estrechas, botines, las camisas Ben Sherman y los polos Fred Perry. Y por supuesto, como buen mod que se precie, siempre a lomos de una Vespa o Lambretta, las mejores scooters de todos los tiempos. Si a todo esto le añadimos las degustaciones de anfetaminas y como banda sonora de fondo la música de los Small Faces, The Kinks o los Who, ya tenemos el retrato de un mod de libro.

Y como en toda etapa adolescente, donde el concepto de grupo es básico y sirve tanto de refugio como de ariete con el que embestir a posibles enemigos de tal hermandad, estos jovenzuelos espoleados por sus embravecidas hormonas se buscaron unos rivales a su altura con los que poder descargar un explosivo coctail de rabia contenida y juventud.

Los elegidos fueron los rockers, tipos duros, con chupa de cuero, patillas, motos de bastante mayor cilindrada que las de las vespas y amantes también tanto del rock´n´roll como de las peleas. Peleas entre estas dos tribus que llegaron a ser épicas, con múltiples altercados, sobre todo en 1964, que hicieron cargar de trabajo extra a los polis de la pérfida Albión durante unos cuantos meses.

Cuando todo esto quedaba ya como parte de la historia, en 1979 llegaron los Who con las rebajas. Basada en una obra musical de Pete Townshend que interpretaba junto a sus compis, se convierten un productores del film, mientras que el director de Quadrophenia fue Franc Roddam, un debutante, que pese a su inexperiencia, plasmó con tino las aventuras Jimmy (Phil Daniels) y su pandilla de mods en peregrinación por Inglaterra hasta llegar a Brighton, mítico santuario mod, con muy poco presupuesto y rodado casi todo en exteriores de Londres y Brighton.

La película resulta entretenida y, para mi gusto, no se ha quedado antigua, logrando envejecer dignamente. Hace un par de años Universal sacó una edición especial con dos dvd en la que detallaba en los extras gran cantidad de anécdotas de la peli que no tienen desperdicio. Como que para el rodaje de las escenas de fiestas juveniles, a los actores les refrescaban el gañote con agua de fuego de verdad y más de uno improvisaba con etílicos registros de su cosecha. En la mítica pelea en la playa de Brighton, muchos de los extras eran mods que tuvieron que tragarse sapos y culebras, bajarse de las scooters y calzarse la chupas y botas de rockers para igualar el número de combatientes en los dos bandos. También mola mucho lo de que el callejón donde Jimmy y Steph echan un caliqueño mientras en la calle caen chuzos de punta, se haya convertido en otro lugar de peregrinación para los mods actuales, y que sobre dicha escena, por cierto, corra la leyenda de que el polvote fue real… Por último, muy buena es también la aparición de Sting como mítico líder mod, Ace Face o As de oros en versión española, con una moto a la que todos los mods le hacen ojitos, y que durante el rodaje daba calor a sus compañeros con sus primeras maquetas de Police, y el dire llegó a decir cuando escuchó Message in a bottle, “no creo que llegue a nada”, por no decir “qué malo es el rubiales este pesao”, o algo así. Desde luego, el director, todo un vidente.

La peli tiene incluso hasta moraleja, que nos llega de la mano de Jimmy, su protagonista, quien gracias a todo lo que le va ocurriendo en sus correrías mods, descubre la verdadera realidad que le rodea y que le hace despreciar todo aquello que hasta hace poco idolatraba y que lo habían convertido en un auténtico gilipollas.

Como fin de fiesta decir que el nombre de la peli, Quadrophenia, el título de la obra musical de los Who, significa algo así como cuatro esquizofrenias, las cuatro personalidades que Jimmy intenta asumir durante la película para llegar a ser un mod total. La música, la chica, los enemigos y por último, su deseo en convertirse en el nuevo As de Oros –igual a Sting no le hacía ninguna gracia- y convertirse entonces en lo más de lo más. Les recomiendo que la vean, pueden pasar un buen rato, y aunque el metraje es de casi dos horas, se hace amena e igual terminan la peli cantando el Somos los mods que Jimmy y los suyos gritan en los momentos álgidos de la peli.

ENCUADERNACIÓN ANTROPODÉRMICA

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Las modas, esas corrientes estéticas y sociales de veneno contagioso pero cuyos efectos suelen desaparecer con la misma rapidez que sorprenden, llegan en algunos casos a extremos insospechados.De la que voy a hablar ahora,la bibliopegia atropodérmica, deja en pañales a inocentes corrientes vanguardistas como el punk, la de meterse vodka por los ojos para para emborracharse antes o los pantalones de cagao, llámese a la suerte de llevar dicha prenda colgando en mitad del trasero, mostrando al mundo unos horrorosos calzones de los de a tres euros en el mercadillo e incluso algunos con palominos de regalo, y la parte oculta convertida en una flácida bolsa que ondea al viento cual bandera la modernez cutre.

También llamada Encuadernación antropodérmica, no se trata ni más ni menos que la de forrar los libros, como cuando nos los daban nuevecitos en el cole, en lugar de con plástico adhesivo de los que salen odiosas burbujitas que no desaparecen por mucho que les pases el dedo, con
piel humana, sí sí, esa vieja y entrañable piel con que todo hijo de vecino envuelve su osamente y la cual, por lo visto, viene pistonuda para el arte de la encuadernación de lujo.

Aunque ahora puede resultar chochante, durante el siglo XVIII y XIX se convirtió en una curiosa moda que reciclaba los pellejos para cubrir las tapas de obras científicas y literarias. Ingleses como los galenos Anthony Askew o John Hunter se las arreglaron para forrar sus tratados de
investigación con tan peculiar cuero, como en el caso de Hunter, que no encontró otro material mejor para presentar su Tratado sobre las enfermedades de la piel. Aunque sin lugar a dudas el mayor filón de piel humana -supongo que el sueño de Leatherface, el chiquito éste de la
Matanza de Texas con su máscara de piel humana- fue la Revolución francesa. Gracias a la guillotina aquello se convirtió en una especie de Carrefour del pellejeo, y en Meudon se levantó una enorme fábrica de curtidos cuyo producto estrella eran las pieles de los múltiples
infelices a los que el pueblo afeitaba el gañote de un tajo.

Así que uno llegaba y compraba cuarto y mitad y se iba a casa a forrar el recetario de cocina, el cuaderno de contabilidad o un viejo libro de Los Hollister si habían invitado al niño a un cumpleaños y a la madre no le salía del moño gastarse dinero en la inoportuna celebración. Como muestra tenemos la copia de la Constitución francesa de 1793 que De Cassagnac guardaba en su casa, encuadernada en piel humana teñida de verde claro que ahora se conserva en el Museo Carnavalet de París.

Los ingleses, que son unos cachondos cuando quieren, reciclaban los cuerpos de los ajusticiados, además de para que los matasanos patrios jugasen al Operación con sus órganos y articulaciones -no sabemos si se les iluminaría la nariz con los aciertos-, en hermosos encuadernados de
textos legales o que narraban la historia del propio finado. Hay dos casos dignos de mencionarse.
El de John Horwood en 1821, quien con apenas 18 primaveras fue condenado a ajustarse la corbata por haber dado matarile a una tal Eliza Balsum. El caso es que el pobre chaval fue diseccionado en público, su esqueleto llevado a un museo de criminales y su piel curtida y encuadernada en un voluminoso libro que habla de su caso. Entre sus páginas aún queda la factura del encuadernador, diez libras, o eso dijo y en realidad cobró 200 o facturaba otras cantidades por empresas fantasmas, mal endémico que parece haber llegado hasta nuestros días.
El otro caso es el del salteador de caminos americano George Walton, que dejó el recado de enviar el libro de sus aventuras forrado con su propio pellejo al único tipo que le había hecho frente en una mala tarde en la que le pegó un tiro, pero vamos, en plan coña, sin acritud. Su destinatario lo recibió y sonrió por el colmillo pensando Qué tío más salao, mientras
se rascaba esa cicatriz de la rodilla que lo había dejado como el Cojo Manteca para el resto de su vida.

Además de médicos, científicos y leguleyos, la encuadernación antropomórfica también atrajo a los pornógrafos. Los hermanos Goncourt cuentan en sus diarios que en 1890,algunos internos del hospital de Clamart trapicheaban con las pieles de los pechos de pacientes fallecidas con Isidoro Lesiux, un encuadernador de libros cochinos en Fabourg Saint Germain. Se dice también que hay ejemplares del Justine y Juliette del Marqués de Sade forrados de esta manera e incluso de que existe el Tratado De Serto Virginum encuadernado así.

El caso más entrañable es el de cierto poeta ruso que perdió la pierna en un accidente de equitación y como de chiquitillo en casa le habían enseñado que no se tiraba nada, pues le dio por encuadernar sus mejores sonetos -según él, claro- con los restos de pierna y pinrel. Lo mejor de todo es que encima se lo regaló a su amada. Y claro, imagínesen el panorama, la chica esperando un bolso chulo o un frasquito de Chanel o por lo menos de Chispas y el poetilla cojo la obsequia con un grueso volumen de ripios con un penetrante aroma a pies. En fin…

Para terminar con este extraño mundo de la encuadernación antropodérmica, decir que en el mundo de la ciencia ficción, el gran escritor Lovecraft inventó el famoso Necronomicón, un grimorio forrado de piel humana, utilizado en sus cuentos y que aún hoy en día hay gente que existe de verdad, pese a que él juró y perjuró que era una licencia literaria. Pero nada, la peña sigue creyéndoselo, como los que aún siguen enviando cartas al 221B de Baker Street, mítica residencia de Sherlock Holmes, con el consiguiente cabreo del cartero que sin duda acabará
pegándose un tiro y publicando postmorten un libro donde recoja todos los insultos posibles a aquellos que lo putearon en vida, y por supuesto forrado con su pellejo, qué menos.

EL SUICIDIO, ¿ACTO SUPREMO DE LIBERTAD?

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Para unos se trata de un instante de enajenación mental, para otros un acto supremo de libertad, siendo en todo momento consciente el suicida de la acción que está realizando, aquella en la que si bien elige el vehículo que le facilita el transporte, desconoce el destino de la carretera por la que inicia la circulación. La actriz británica Lucy Gordon ha sido la última en abonar el ticket de peaje, ahorcándose el 20 de mayo en apartamento de París, dos días antes de cumplir los veintinueve años.

No sabemos qué pasaría por la cabeza de la actriz para llegar a tan drástica situación, aunque en una época de hipervalorada tolerancia como esta, deberíamos contemplarlo siempre como una opción, no vaya a ser que alguien se pueda molestar. Según se comenta en su entorno cercano, la protagonista que dio vida a Jane Birkin en Serge Gainsbourg y que hacía de periodista en Spiderman 3, “estaba profundamente afectada por el reciente suicidio de otro amigo en Gran Bretaña”. Antiguamente, tal acción le llevaría a ser privada de sepultura eclesiástica, y si la cosa estuviese dudosa, no teniendo claro si estaba o no en sus cabales, se le daba sepultura, pero sin apenas bombo, para aterrorizar un poco a los simpatizantes de tan controvertido acto. Incluso para el derecho civil, el que intentase quitarse la vida era declarado infame.

La historia está llena de suicidas que eligieron abandonar este valle de lágrimas por el que carecía de sentido hollar sus tierras y proyectarse así a un universo que no le preguntara ni el cómo ni el por qué de sus fracasos. Alguien dijo una vez que uno no podía suicidarse mientras tuviese madre, algo comprensible, aunque muchos personajes famosos que recurrieron a este vía rápida de escape seguramente no pensaron en ello mientras daban rienda suelta a su voluntad. También hay que tener en cuenta que un buen número de ellos no tenían intención en ese momento de reunirse con el Hacedor, aunque sabían que por el estilo excesivo de vida que llevaban, una mala tarde la tiene cualquiera, y el día menos pensado doblaban la cuchara, tratándose entonces de una especie de suicidio por omisión.

En este grupo incluiríamos a Marylin Monroe, que aunque su muerte siempre estará rodeada de las dudas de si fue suicidio o asesinato, su afición por las pastillas y el alcohol, y su carácter depresivo, sin duda le llevaron a cruzar la línea; Jim Morrison, Jimi Hendrix o Elvis Presley, politoxicómanos que sabían que un mal viaje los llevaría más tarde o más temprano a cantarle sus coplillas a San Pedro; Janis Joplin, heroinómana a la que falló su teoría sobre que algo que le hacía sentir a uno tan bien no podía ser malo; Antonio Flores, quien su adicción a las drogas, el carácter depresivo y sobre todo el dolor en el alma por la reciente pérdida de su madre, Lola Flores, catorce días antes, aceleraron la reunión familiar bastante tiempo antes de lo previsto; Enrique Urquijo, lo mismo, adicción y depresión, quizá el cóctel estándar para que se le vaya a uno la mano, como es muy posible que le ocurriese a Heath Ledger –su familia dijo que fue sobredosis accidental- tras ingerir demasiadas pastillas para dormir, quizá intentando contrarrestar así las pesadillas que le producían la ruptura con la madre de su hija durante su estado de vigilia; River Phoenix, quizá un caso de libro en este apartado pues su muerte en las puertas de la discoteca The Viper Room, de su amiguete Johnny Depp, se produjo gracias una mezcla explosiva de varios tipos de drogas que le hicieron reventar.

En cuanto al suicidio puro de oliva, conscientes de sus actos y hartos de no encontrar nada que los aferrase a este mundo, podemos hablar de los del escritor Ernest Hemingway, que se pegó un tiro, aunque algunos dicen que fue un accidente al no dejar ninguna nota, pero que su carácter depresivo inducen a ello, así como parece ser que su espíritu suicida se lo transmitió en sus genes a su nieta, Margaux Hemingway, hermosa modelo drogadicta, alcohólica y con problemas alimenticios, que se reunió con su abuelo el mismo día de la defunción de este, solo que treinta y cinco años después; Kurt Cobain, otro depresivo que escogió la suerte de las armas de fuego para decir hasta aquí hemos llegado, al igual que también hizo Van Gogh, salvo que este tardó dos días en morir, el ex ciclista Luis Ocaña por motivos económicos y padecer la Hepatitis C, el actor Pedro Armendáriz que tenía cáncer, o el gran Mariano José de Larra, que se descerrajó un tiro por amor, como buen romántico, y que por cierto, la iglesia, presionada por la corriente liberal de la época, por primera vez enterró en sagrado a un suicida; por sobredosis voluntarias de diversos tipos de sustancias tenemos a Sid Vicious por heroína, encontrando su madre una nota en la que se expresaba la voluntad del componente de los Sex Pistols de ser enterrado junto a la novia cuya muerte le echaron en cara, Erika Ortiz, a base de pastillas y cartas de despedida, Charles Boyer, sobredosis de Secondal por no soportar la muerte por cáncer dos días antes y con un hijo suicidado trece años antes, Anna Nicole Smith, ahogada en su propio vómito tras ingerir pastillas al no soportar la muerte de su hijo unos meses antes; por último, suicidios tan peculiares como el de el escritor Emilio Salgari, que además de su desequilibrio psíquico su sangre llevaba el estigma del suicida en su propia persona, en la de su padre y la de sus hijos Omar y Romero, y se retiró de los espaguetis abriéndose las entrañas según el rito japonés de Hara-kiri, Virginia Woolf, aquejada de trastorno bipolar, que saltó al río Ouse, en Rodemell, con los bolsillos llenos de piedras, no vaya a ser que flotase, o el líder de INX, Michael Hutchence, depresivo y adicto al alcohol y los barbitúricos, inspirando quizá a Lucy Gordon en su tipo de muerte al ahorcarse con un cinturón de cuero en una habitación del hotel Carlton Rizt de Sydney, aunque una leyenda urbana dice que fue un accidente fortuito al írsele la mano con la curiosa técnica de la masturbación por asfixia.

Es curioso pero, la mayoría de los suicidas del artículo, en vida tuvieron todo aquello con lo que el resto de los mortales suelen soñar alguna vez, como es el dinero y la fama, y sin embargo su propia trayectoria les terminó llevando por unos derroteros en los que quizá jamás habrían pensado cuando era unos simples don nadie. O quizá sí, y el carácter suicida es una especie de virus que se lleva inoculado en la sangre desde el nacimiento, como un cruel legado de nuestros ancestros, que tan sólo espera la situación propicia para poder desarrollarse. Entonces ni siquiera serían verdaderamente libres para poder suicidarse, qué triste.

BILLY EL NIÑO, EL TIEMPO LO HIZO BUENO

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Altivo, seguro de sí mismo, insolente de juventud y maduro ya para una muerte legendaria. Así posaba en 1789 el mítico Billy El Niño, famoso alias que barnizaba de gloria los nombres de su vida mortal como el verdadero, Henry McCarty, Henry Antrim o el más conocido, William H. Bonney. La foto, vendida en una subasta de Denver (Colorado) por 2,3 millones de dólares, fue realizada delante de un salón, en Fort Sumner (Nuevo México), mediante la contraprestación de veinticinco centavos de dólar, desconocemos si como recomendable oferta especial para gunman (pistoleros), o bien como tarifa estándar de la época.

El nuevo propietario del ferrotipo, llamado así por la técnica usada para plasmar la imagen en placa de metal, es William Koch, un empresario de Florida enamorado del Far West, poseedor de amplias extensiones de tierras por el centro de Colorado, lugar donde el joven Billy elaboró su completo currículum, haciendo fuerza quizá en sus entrevistas en el apartado de movilidad geográfica. Koch posee además, entre otros objetos de aquella época, un rifle que perteneció al general Custer, sobrevalorado oficial del cinematográfico Séptimo de Caballería que pasó a la historia americana por dirigir hacia la muerte a 611 desgraciados que pagaron con sangre la inscripción en el registro de los héroes de su ególatra jefe.

No nos interesa aquí la conocida historia de Billy, sus iniciales escarceos por el lado oscuro, las primeras becerradas cuando era un inocente vaquero, su debut con picadores en Silver City de la mano de Sobrero Jack, la toma de la alternativa al formar el grupo vengativo de Los Reguladores, su posterior confirmación dando matarile al sheriff Brady o el calor que le dio el cansino Pat Garrett hasta que por fin consiguió detenerlo tras unas efectivas dosis de jarabe de plomo. Tampoco las muescas de su revólver, donde la doctrina discute, según unos siete muertes en defensa propia, según otros 20 asesinatos, y según una frase atribuida como verdadera a nuestro protagonista “Me llevé por delante 21 hombres, sin contar mexicanos”. Hecho que hoy en día sería más criticado por racista que por la interrupción intencionada de la actividad natural de aquellos infelices.

Lo que llama la atención es la aurelola de grandeza y romanticismo que genera la imagen de un afamado delincuente al ser bruñida con el paño del tiempo. Al gran público le resulta indiferente las vidas que sesgó o las personas desvalijadas en su correrías, tan sólo se queda con el mito, con el supuesto icono de la rebeldía e hijo de las circunstancias, que también, pero delincuente al fin y al cabo. El boca a boca primero, las novelitas del oeste que leían nuestros abuelos después, y el cine como fin de fiesta, elaboraron un extenso y aguerrido álbum de supuestos héroes donde la posterior posesión de alguno de sus bienes genera un estúpido e inexplicable orgullo a los aventureros de salón y pantuflas.

La misma admiración se da en suelo patrio con los bandoleros, aquella racial estirpe de gallardos y desarrapados hombres de patilla de hacha, fornido pecho con más pelo que la oreja de un burro y navaja al cinto, capaces de tirar de modales o de trabuco según la prestancia de la víctima. Diego Corrientes, José María El Tempranillo, Tragabuches, Luis Candelas, Juan Caballero, Los Siete Niños de Écija… Nombres grabados en el inconsciente colectivo con la tinta de la historia retocada, aquella que al secarse se convierte en mito.

En cualquier caso, tanto Billy El Niño, El Tempranillo o la franquicia de Los Siete Niños de Écija, gozan de la admiración por la lejanía de sus hechos. Habría que ver si estos que ahora compran sus pertenencias como objetos de culto defenderían igual a sus mitos si hubiesen nacido en aquella época y fueran víctimas de alguna de sus distracciones pecuniarias o tuviesen el placer de ser obsequiados con una bala en el pecho en la típica mala tarde del oeste.

LA MÍTICA PIEDRA DE DESTINO

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Hay tradiciones que el paso del tiempo, en lugar de convertirlas en algo anacrónico y sin sentido como sucede en muchos casos, refuerza sus cimientos hasta hacer de ellas prácticamente un dogma. Uno de estos casos en la famosa Piedra del Destino, también llamada de Scone –por el lugar donde se encontró- o Piedra de la Coronación.
Se trata de un bloque de piedra arenisca que durante años estuvo conservada en la Abadía de Scone, hoy Palacio de Scone, y que era utilizada por los reyes de Escocia durante la Edad Media cada vez que eran coronados. Hasta que llegaron los ingleses con las rebajas en el siglo XIII y por obra y gracia de Eduardo I fue llevada a la Abadía de Westminster en Londres al grito de la piedra es mía y ya no me junto con vosotros, escoceses, so tacaños.
Sin embargo en 1996, el Gobierno Británico aceptó que se devolviese a sus legítimos propietarios, a cambio eso sí de que en futuras coronaciones volviese a Londres. Veremos a quien nombran entonces como rey, si al casi anciano Carlos o bien a su hijo Guillermo. Obviamente en el hipotético caso que se muera la reina de Inglaterra, un personaje eterno, que si sigue el camino de la reina madre, el futuro rey sería como poco uno de los hijos de Guillermo. El caso es que a día de hoy la piedra se encuentra en Castillo de Edimburgo junto con las joyas de la corona Escocesa.
Como todo objeto de culto que se precie, sus orígenes son remotos y su extraordinario recorrido fruto de las diferentes mareas que impulsan la historia. En concreto, la leyenda más clásica es la que dice que es la almohada que utilizó Jacob aquella tarde en la que se tumbó a echar una siesta campera y soñó con la famosa Escalera de Jacob, escala por la incesantemente subían, cual hora punta en el metro, una infinidad de seres. Más tarde dicen que fue robada, más bien en todo caso hurtada, a Moisés, al dejarla a orillas del mar rojo mientras estaba en sus cosas. La piedra fue entonces llevada a Egipto por Scota, que daría el nombre a Escocia, hija de un faraón egipcio que el tiempo la convertiría en mito para los pictos, bravos guerreros habitantes de Escocia que siglos más tarde daría leña a los romanos, impidiendo que Caledonia fuera conquistada por estos. También se dice, eso sí, que antes de dar el salto a la tierra del whisky primero hicieron parada y fonda un tiempo en España, asentándose en La Coruña y sacándose el abono para el Depor.
Lo más probable es que la piedra fuera un antiguo sitial de coronación de las tribus autóctonas, que fue llevado de un lugar a otro hasta acabar en Scone. Su desplazamiento se debió a Eduardo I de Inglaterra, despojando a los escoceses de uno de sus símbolos más preciados que forjaban su identidad.
La piedra se llevo a la Abadía de Westminster en Londres y se construyó una silla diseñada especialmente para almacenarla debajo, La silla de San Eduardo, donde desde entonces han sido coronados todos los reyes británicos menos María II de Inglaterra. Cuando se unificaron las coronas de Escocia e Inglaterra en la dinastía de los Estuardo, los reyes escoceses de nuevo volvieron a ser coronados sobre su piedra, aunque sin que ésta se moviese de Inglaterra. Lo bueno es que hay quien dice que a Eduardo I lo timaron y la piedra que se llevó a Londres no era la original, sino un pedrolo corriente con el que le dieron el cambiazo.
En el pasado siglo, la piedra salió dos veces de Inglaterra, una por un breve espacio de tiempo y otra de manera definitiva. Durante la Navidad de 1950, cuatro estudiantes escoceses presos de un exacerbado sentimiento nacionalista y de unas aburridas vacaciones sin apenas ningún aliciente, afanaron la piedra de la Abadía de Westminster. En la operación la piedra se partió en dos. O ya estaba partida, pues según unos ya estaba partida gracias a un atentado de unas suffragettes –movimiento de mujeres británicas y americanas que reclamaban su derecho al voto a principios del siglo XX- antes de la Primera Guerra Mundial. Escondieron la mayor de las partes en Kent, y días más tarde atravesaron la frontera con ella en el maletero del coche. La otra parte llego a manos de un viejo político de Glasgow que la hizo reparar por un cantero profesional.
Ante la presión social, que no estuvo muy a favor del latrocinio, y sobre todo que la reina de Inglaterra debía ser coronada en breve, concretamente en 1953, y no llevar a cabo la coronación sentada sobre ella daría lugar al principio del fin de la monarquía, los intrépidos muchachos no tuvieron más remedio que devolverla tras tirar de botes y botes de supergen para fijar como pudieron las dos partes. Fue abandonada en la Abadía de Arbroath el 11 de abril de 1951 y felizmente recuperada por la policía.
La segunda vez que salió de Inglaterra fue ya de una manera oficial y definitiva. En 1996, gracias al primer ministro John Mayor, la piedra fue escoltada por el ejército desde Londres hasta el Castillo de Edimburgo, donde desde entonces descansa tranquilamente a la espera de una nueva coronación.

EL MÍTICO TESORO OCULTO EN OAK ISLAND

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Parecía un día cualquiera del verano de 1795 en Oak Island, sita en Nueva Escocia, en la costa americana del Atlántico Norte. Uno más de los muchos en el que nuestros tres jóvenes protagonistas, Daniel McGinnis, Anthony Vaughan y por supuesto John Smith, que siempre tiene que haber uno, golfeaban por la playa con sus pantalones con rodilleras de plástico y el tirachinas pícaramente asomando por el bolsillo trasero, en busca cualquier excusa con la que enredar.
A lo lejos vieron un generoso hoyo circular junto a un gran roble solitario, el mismo que dio nombre a la isla. Así que se pusieron a jugar a las canicas. Carambola hoyo mío, media cuarta y pie, y todas esas reglas que independientemente del país donde se desarrollen, si bien puede variar la forma, el fondo es el mismo en todas. Cuando se acercaron al hoyo descubrieron que se trataba de tierra excavada, ya sedimentaba que les produjo muchísima curiosidad. Tanta que se pusieron manos a la obra y al poco tiempo ya habían sacado la tierra blanda que cubría el pozo. No contestos con eso siguieron en su labor hasta llegar a los sesenta centímetros y encontrarse con una capa de piedras lisas, de indudable factura humana, nada de natural, y además de un material que no había en la isla.
Extenuados, pensaron que mejor otro día seguían, pues en casa les esperaba sin duda un generoso bocata de mortadela y el tang fresquito. Sin embargo, en sus cabezas rulaban ya viejas historias de tesoros piratas, de misteriosas fortunas de los templarios y de jovencitos afortunados que los encuentran y se parten el labio de risa ante los envidiosos de sus vecinos.
Con esta motivación retomaron su tarea de darle a la pala. A los tres metros hallaron una plataforma de troncos de roble colocados horizontalmente. Con el brillo del oro goteándoles por el colmillo apartaron las maderas y… ¡Cáspita! Tierra de nuevo. Bueno, quién dijo miedo. Sin desfallecer en sus deseos de retirarse del toreo por la puerta grande, siguieron cavando hasta los seis metros. Y de nuevo otra plataforma de maderas de roble. Aquí va a ser, se dijeron. Misma operación y… mismo marrón. Otra vez tierra. Desde luego, el graciosillo que hubiese creado aquel extraño pozo, no quería poner las cosas fáciles. Al final, hartos de tantas ilusiones rápidamente neutralizadas, optaron por mandar temporalmente aquello al guano, hasta que consiguiesen unos medios más potentes para desenterrar que sus ya encallecidas manos.
Entonces empezaron a circular leyendas sobre el posible origen del extraño hoyo. Bien que se trataba del lugar donde estaba el tesoro del famoso pirata Capitán Kidd, el cual recibió de un misterioso prisionero el mapa de una isla con una cruz que indicaba un extraordinario botín oculto. También se habló de la orden del Temple, en la que la isla sería el lugar donde escondieron su también mítico tesoro cuando salieron por velas del puerto de La Rochelle cuando Felipe IV de Francia y el Papa Clemente V acabaron con su orden aquel viernes trece de 1307, convirtiendo desde entonces la fecha en un siniestro día que luego fue rentabilizado por la franquicia cinematográfica que lleva su propio nombre.
Al final, en 1803, los tres amigotes lograron convencer a más gente y organizaron una expedición más seria, con la intención de aclarar el entuerto, y si de paso encontraban el mardito parné, pues eso que se llevaban. Pero nada, dale Perico al torno. Cada tres metros que excavaban aparecía de nuevo una plataforma de roble que al quitarla, tierra de nuevo. La peña empezaba a acordarse en voz alta de los ascendientes de los puñeteros constructores, pero cogieron aire y siguieron picando al grito de Soy Minero, del entrañable Antonio Molina.
A los 27 metros, habiendo desarrollado ya unos bíceps como los de Hulk Hogan, encontraron una losa de pórfido, material inexistente en toda Norteamérica, en la cual aparecía una inscripción en un alfabeto desconocido.

¡Huy, esto van a ser los egipcios!, soltó uno de los picaores.
¿Qué dices, pringao? Esto es Arameo de toda la vida. Y así estuvieron durante más de una hora, cada uno aportando sus escasos conocimientos hasta que un tiempo después un supuesto erudito dijo que la inscripción significaba: Trece metros más abajo están enterrados dos millones de libras. Osti.
A la llamada del dinero llegó ya la gente con medios para intentar conseguir tener más medios aún. Los de siempre, vamos. Conforme seguían excavando, el agua empezó a filtrarse, a pesar que ya tocaban otra capa de tierra dura. Pero el agua seguía subiendo y tuvieron que abandonar las expediciones debido a que conforme excavaban más el agua se filtraba y subía y subía. Varias expediciones se repitieron con el mismo resultado. Los tres jovenzuelos, participaron en todas las que pudieron hasta que entre la garrota y la dentadura postiza cayéndoseles continuamente hizo que se retiraran también y doblaran la cuchara sin haber descubierto nada tras años de trabajo.
Se descubrió eso sí, que una parte de la playa en Smith´s Cove era artificial, y que tenía un sistema de túneles, conectados directamente con los niveles más bajos de dicho pozo. Pese a la tecnología moderna es imposible cortar el flujo de agua que lo inunda continuamente.
Años más tarde, en 1849, una excavadora consiguió subir a la superficie algunos eslabones de una cadena de oro y un trozo de pergamino que alguno relacionaron con un clásico en el mundo de los misterios, don Francis Bacon. En 1967 apareció un trozo de madera del siglo XVI y un pedacito de latón antiguo. En 1972 una cámara submarina captó algo parecido a dos cofres dentro de un laberinto de túneles. También algo que parecía un cadáver, que no sabemos cómo no se había descompuesto tras siglos presa de la humedad. Aunque ciertamente la visión no fue nada clara, e igual era una rata gorda que la había espichado y la mejor manera de justificar la inversión era adecuar lo que se vió a lo que se quería ver.
Siete personas la han cascado en la búsqueda del tesoro y hay una leyenda que dice que cuando murieran siete aparecería el tesoro. Pues fumando esperamos. Ahí sigue el misterio. Para terminar comentar que más de un famoso ha intentado encontrarlo. Conocido son los casos de Franklin Delano Roosevelt, futuro presidente del país del Tío Sam quien fundó una compañía llamada Old Gold Salvage; el actor Errol Flynn, que lo intentó en 1940 pero que tuvo que abandonar porque los derechos de búsqueda los había adquirido ni más ni menos que El Duque, Mr. John Wayne, con escaso éxito también, por cierto.

EL MISTERIOSO CONDE DE SAINT GERMAIN

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Es uno de los grandes arcanos de la historia. Sobre él corren miles de historias y leyendas urbanas, en los que se pone en tela de juicio si de verdad poseía el elixir de la eterna juventud, si había descubierto de una puñetera vez la mítica piedra filosofal, o se trataba tan solo de un simple vendedor de crecepelos que se la metía doblada a la gente gracias a sus magníficas dotes oratorias.

Pues parece que nunca se sabrá, más que nada porque el Conde de Saint Germain desapareció de la noche a la mañana, tipo Publio Cordón, y desde entonces nadie sabe nada de ambos. El uno porque parece haberse evaporado gracias a sus elevados conocimientos nigrománticos, el otro dicen que gracias al Grapo, apenas con el First en Magia Borrás, aunque juran y perjuran que ellos lo soltaron en seguida…

El tal Saint Germain es posible que existiese, ya que eruditos de la talla de Voltaire o Rousseau lo nombran en sus escritos. Dicen que pudo nacer sobre el 1710, educado por la familia Médicis y que el pájaro sabía de todo: hablaba múltiples idiomas, podía teletransportarse, hacerse invisible, curar extrañas enfermedades, citar con los ojos cerrados la futura alineación del Betis de la temporada 81-82…

Desde luego, sus mayores logros fueron el haber encontrado –o decir que había encontrado- la Piedra Filosofal y poseer el elixir de la Eterna Juventud. Para los neófitos, la Piedra Filosofal es la sustancia que logra transmutar cualquier metal en oro. El sueño de un joyero, vamos. Durante siglos, miles de alquimistas, a los que deberíamos llamar protoquímicos, echaban el domingo tirando de Quimicema y Cheminova con la peregrina idea de encontrar aquella sustancia que les permitiese amasar un buen puñado de parné al transformar por ejemplo su geyperman de hojalata en un lustroso boliche áurico. También se dice que el Conde tenía en su poder un elixir que permitía lucir una piel tersa y suave, alejada del botox, y capaz de arruinar al estado si llegan a concederle una pensión de jubilación.

El Conde era un también un bocas, un vacileta, que lo mismo soltaba que se iba al Himalaya durante ochenta y cinco años –invitado quizá al dúplex del Yeti-, que aparecía el 14 de julio por la Bastilla a ver que se cocía por allí, incluso hay gente que dice que lo vio durante la revolución rusa de 1917, suponemos que con la camiseta del Che Guevara y el pañuelo palestino anudado al gañote.

Y como no podía ser de otra manera, como todo personaje bizarro de los que a mi me gustan, reapareció en 1970 ni más ni menos que en el programa Directísimo, del bigotudo y hoy pelón y gordinflas José María Iñigo. Delante de millones de espectadores –sin ser Eurocopa ni nada- el mago franchute convirtió un trozo de plomo en oro, ante los atónitos ojos de unos cuantos doctores en química que don José María llevó al estudio para evitar que el mago Florindo le diese el cambiazo con la medalla de oro de su comunión. Por cierto, que este programa se puede ver hoy en día en los archivos de RTVE, dicho sea por si alguien está interesado en ver impresionante evento.

Saint Germain dijo que encontró la sustancia mientras paseaba por su castillo -como el que encuentra una pieza del Tente detrás de un mueble- aunque también había recibido un soplo de Fulcanelli, otro crack en esto de la alquimia y autor por cierto de El Misterio de las Catedrales.

También tenía un líquido que resucitaba a los muertos, y no era precisamente el viejo orujo blanco, pero cerca. Iñigo comprobó sus efectos cuando fue a París a visitar al Conde. Al dar un garbeo por la city descubrieron un perro que estaba frito sobre la acera. Le inyectaron el Bálsamo de Fierabrás y el chucho, como si de un Lázaro canino se tratase, se puso en pie a duras penas, anduvo unos pasos y después estiró la pata mientras que lanzaba un terrible guau mirando a Saint Germain, que podría haberse traducido en ¡Joputa!

Para terminar con el caso del televisivo suceso, se descubrió posteriormente que el supuesto Conde era en realidad un tal Richard Chanfrein, un aventurero que había obtenido el polvillo mágico de un misterioso hombre que le dijo que lo utilizase siempre en público. Vivió de las transmutaciones en espectáculos parisinos, hasta que finiquitó el polvillo y se vio en la indigencia, terminando sus días y los de su segunda esposa suicidándose en su coche.

En fin, quizá Richard Chanfrein fuera un farsante, pero el polvillo transmutador logró transformar el plomo en oro delante de expertos que se tiraban de los pelos y maldecían la tabla periódica de los elementos, e igual el misterioso hombre que le pasó la farlopa alquímica era el legendario Conde de Saint Germain. Bueno, esperemos que Iñigo vuelva a hacer un programa del estilo, olvidándose del gran éxito del doblacucharas Uri Geller y fichando esta vez al verdadero Conde.

AL RICO VENENO

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El envenenamiento, esa especie de conquista silenciosa que invade las entrañas del infeliz que lo sufre hasta clavar el estandarte de la muerte en el último cerro que le queda sano, antaño llegó a convertirse en una especie de arte. El arte de dar matarile sin que le pillasen a uno, bien porque los medios disponibles del momento no hacían posible detectar el veneno, bien porque quizá no interesase descubrir al asesino. El caso de Yushchenko, presidente de Ucrania, es uno de esos, que tras ser envenenado hace cinco años, aún sigue sin saberse exactamente quien lo hizo, aunque se sospeche de los servicios de seguridad de aquel momento.

El veneno utilizado fue TCDD, la dioxina más letal que existe, y según Martin Mckee, de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres, en el caso de que Víctor Yushchenko la hubiese doblado, jamás se habría descubierto que había sido envenenado. Un estudio del equipo médico que sigue el caso ha sido publicado recientemente en The Lancet, donde indican que cuando trataron a Yushchenko no existía tratamiento específico y la estrategia utilizada fue un control exhaustivo del veneno. Tras varios años han conseguido que el veneno se fuera poco a poco eliminando de su cuerpo, siendo las heces, donde se concentraban la mayoría de los metabolitos, el contenedor ideal para trasportar los numerosos restos de toxina hacia un lugar lo más lejos posible de su deteriorado organismo. Yushchenko se ha salvado, aunque su rostro de galansote ha pasado al de malo de película picado de viruelas, cosa que no podrán decir otros personajes famosos de la historia cuyo cuerpo no resistió la ingesta de diferentes productos tóxicos, ya fuera por propia voluntad, por la terceros o incluso accidentalmente.

Obviamente, el más cercano a Yushchenko es el del ex espía ruso Alexander Litvinenko, que fue envenenado con polonio radioactivo por meterse en camisa de once varas al investigar el asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya. La historia suena a tiempos de la KGB, rusos malosos y todo eso, pero el caso es que el pobre hombre acabó listo de papeles. Si nos remontamos muchos años atrás, el gran Sócrates tuvo que tirar de cicuta, una planta con unas hojas similares al perejil con manchas púrpuras que provoca parálisis, típico de las plantas cuyas sustancias son alcaloides. Lo tenían enfilado desde hacía tiempo así que el filósofo decidió beberse la muerte mientras se daba un baño y seguía de paso dando lecciones a los presentes, como deja constancia Platón en Fedón, convirtiéndose en un precursor de una legendaria frase del escueto guión de Rambo al ir detallando como le iba afectando al cuerpo el veneno que había digerido y soltar No siento las piernas.

El curare, extraído de las raíces del Chondodendrum Tomentosum –casi ná- y de la corteza del Strychnos toxifera, es otro veneno que produce parálisis y asfixia, y ha sido siempre utilizado por los indios americanos bien para cazar, bien para enviar a los hombres blancos con aquel Dios que estaban empeñados en imponerles sin preguntarles nunca su opinión al respecto. En 1917, el primer ministro británico David Lloyd George estuvo a punto de convertirse en estatua si no llega a intervenir el servicio secreto y evitar un atentado en el que sus enemigos querían lanzarle un dardo bien mojaete en curare.

Otro veneno natural y de los más mortíferos es la picadura de la cobra, que puestos a elegir, mucha gente la firmaría antes que la de la víbora, que provoca una muerte lenta y dolorosa. Eso debió pensar seguramente la mítica Cleopatra, que según cuentas las crónicas eligió una cobra egipcia para suicidarse, que prácticamente era picar el billete y ya estaba uno arriba de cañas con los viejos conocidos.

El arsénico siempre ha sido un clásico en esto del veneno. Sin llegar a los extremos de las dos tías de Mortimer Brewster (Cary Grant) en la memorable película de Frank Capra Arsénico por Compasión, los Borgia, que eran unos cachondos, apañaron una pócima compuesta por vitriolo –sulfato de cobre- y pequeñas cantidades de arsénico, que como todos sabemos apenas tiene sabor, obsequiando a sus destinatarios con un ataque letal a su aparato digestivo. Dicen que Napoleón murió envenenado, aunque que parece ser que tal envenenamiento es posible que se debiese al saturnismo, envenenamiento con plomo, seguramente por el agua que bebía, al igual que Beethoven, que antes lo dejó sordo como una tapia, con dolores frecuentes de cabeza e incluso su amplia melena grisácea cuentan que se debía a sus efectos. Un análisis de ocho de sus cabellos parecen demostrarlo, al igual que no tomaba los fármacos de la época para paliar la intoxicación. Por lo visto el agua del Danubio es rica en plomo y la consumía diariamente, amén de que en aquellos días muchas de las tuberías estaban construidas con tan material.

El pintor flamenco Pedro Pablo Rubens, así como otros posteriores como Renoir o Paul Klee también es posible que sufriesen intoxicación por metales pesados como el cadmio o el mercurio que contenían las pastas utilizadas para pintar, principalmente el rojo y el amarillo. Como crack indiscutible en cuanto a la forma de morir tenemos al legendario y malévolo monje Rasputín, con el que no podía ni el ácido. Le intentaron envenenar con unas pastitas de té aderezadas con cianuro, como no cascaba -probablemente, el monje tenía alguna carencia de ácido en el estómago, lo que motivó que el cianuro no pasara a ácido cianhídrico- le pegaron un tiro, el Raspu se levantó al rato e intentó estrangular a su atacante, llegaron refuerzos y le volvieron a disparan, al rato el monje se vino otra vez arriba y acabaron tirándolo al río, donde lo encontraron tres días después con algo de agua en los pulmones –estaba vivo cuando lo lanzaron- y con los brazos levantados, como si estuviese intentando salir del hielo. Supongo que después lo enterrarían bien hondo y sobre la tumba echarían varias camionetas de hormigón, y después varias planchas metálicas unidas con tornillos rosca chapas, no fuera que el barbas le diese por hacer de las suyas otra vez.

Para terminar, citaré una sentencia de un alquimista famosísimo como fue Paracelso, nombre también del grupo de música de ese galeno metido a humorista ingenioso llamado Wyoming. Decía Paracelso que cualquier cosa podía ser veneno dependiendo de la dosis que se suministrara. Y qué cierto es, pues algo tan simple y aparentemente inocente como el agua o los sugus, tomados en grandes cantidades le pueden hacer reventar al igual que un potente veneno en pequeñas dosis.

EL PEQUEÑO BASTARDO DE JAMES DEAN

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Dicen que aunque uno pise a fondo y vaya por la vida echando mistos, la muerte al final siempre te acaba adelantando y haciendo señales para que pares a un lado y apagues para siempre el motor de tus ilusiones. Sin embargo, hay veces donde pese a que la de negro arranca triunfal aquella alma desconcertada que hasta entonces se aferraba al pellejo, opta por quedarse un tiempo por estos lares, barnizando de malaje los restos del instrumento que utilizamos para partir rumbo al otro mundo. Es el caso de James Dean y su mítico Porsche 550 Spyder.
Sobre su vida poco hay que comentar que no se sepa ya. Un tipo atormentado, lleno de inseguridades y emocionalmente inestable, apasionado de la velocidad, propietario de motos como la Indian Warrior TT o la Triumph TR5 Trophy y coches como el Porsche Spyder, icono juvenil y leyenda del siglo XX tras morir joven y dejar un bonito cadáver.
No hablaremos aquí de sus tres únicas películas (Al Este del Edén, Rebeldes sin causa y Gigante), sino del mal fario del Spyder 550, al que él mismo bautizó como Pequeño Bastardo. Dean pidió la cuenta un 30 de septiembre de 1955, cuando se dirigía a Salinas, cerca de San Francisco, a participar en una carrera de coches. Horas antes había dejado su gato a Elisabeth Taylor para que lo cuidase, pues no las tenía todas consigo y temía que le ocurriese algo. Algo que el gato le agradeció eternamente sin duda. Junto a Dean iba su amigo y mecánico Rolf Wutherich. En el trayecto, un patrullero de los de Ray-Ban de espejo y donuts en la guantera los detuvo y multó por exceso de velocidad. La cosa ya empezaba mal. Pocas horas después, cerca de Cholane, en la intersección de la autopista 46 con la 41, el Ford del universitario Donald Turnupseed los encontró de frente. “No te preocupes que ese tipo nos verá”, fueron las últimas palabras pronunciadas por James Dean. Pues se ve que no.
El hecho digo lugar al nacimiento de una leyenda con apenas 24 años, un año de hospitalización para su copiloto Rolf y un hombro lastimado y la nariz como Adrien Brody para el estudiante, aunque eso sí, con el sempiterno estigma de matarife de James Dean que le duró hasta picó el billete en 1995.
Lo curioso es cómo se las gastó después el espíritu del pequeño bastardo, convertido en una especie de primo de Christine, el Plymouth Fury maloso de la conocida novela del cegato Stephen King. Tras el accidente, el Spyder 550 se lo queda George Barris, un especialista de coches de Hollywood. Nada más llegar al taller para hacerle unas ñapas, el coche de desliza de las fijaciones en las que lo colocaron y rompe las piernas de uno de los mecánicos que lo descargaban. Con la mosca detrás de la oreja por si tenía una maldición gitana, el bueno de Barris optó por el viejo divide y vencerás, vendiendo partes del auto a gente del mundo de las carreras profesionales. Pues nada, dale Perico al torno. En 1956, el tipo que le había comprado el motor la diña en la primera carrera que participa y el que se hizo con la transmisión se hostia y queda parapléjico, comentando que su coche se bloqueo bruscamente.
Convencido de que le había mirado un tuerto, o el Spyder con un faro fundido mejor dicho, Barris decide librarse de aquel comercial de funeraria y se lo cede a la Patrulla de Carretera de California para exhibirlo como ejemplo para la seguridad en carretera y todo eso, cuando el pobre Dean no había sido culpable de su accidente… No obstante, antes de que se lo llevasen, el garaje en el que se encontraba junto a otros coches ardió como la barbacoa de un dominguero, salvo el viejo Porsche, que se partía el tubo de escape al ver cómo era una especie de Elegido, a lo Bruce Willis de chapa, y que con él no podía ni el ácido.
Más tarde fue expuesto en Sacramento y de nuevo volvió a hacer de las suyas. La primera vez se desprendió una puerta y quebró la pierna de un mecánico, y la segunda cayó del stand y le rompió la cadera a un adolescente. Hasta un caco, de los de antifaz y saco a la espalda, intentó hacerse con el volante y lo único que consiguió fue romperse el brazo, crujiendo sus huesos como si fueran kikos. Continuando con sus cosillas, cuando se dirigía rumbo a Salinas, quizá la misma ruta que usó Dean el día de su muerte, el camión que lo transportaba para mostrarlo en una exposición de seguridad, patinó y terminó estrellándose, grabando así una nueva muesca en el negro currículum del Spyder.
Como fin de la historia, en 1958 Barris prestó el famoso coche para ser expuesta en una muestra de seguridad en Miami. Nada, que no aprenden. Cuando el objeto fue puesto encima de un camión para ser llevado a Los Ángeles desapareció misteriosamente en un container sellado. El envío nunca llegó a destino. No se sabe si lo mango una mafia rumana para venderlo luego en Marruecos o bien su propietario, el sufrido Barris decidió deshacerse de una vez de aquel pequeño bastardo que tantos dolores de cabeza le había producido. Aunque nunca se sabe, e igual aparece dentro de unos años en la colección privada de cualquier multimillonario con ganas de morir joven…