EL PEQUEÑO BASTARDO DE JAMES DEAN

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Dicen que aunque uno pise a fondo y vaya por la vida echando mistos, la muerte al final siempre te acaba adelantando y haciendo señales para que pares a un lado y apagues para siempre el motor de tus ilusiones. Sin embargo, hay veces donde pese a que la de negro arranca triunfal aquella alma desconcertada que hasta entonces se aferraba al pellejo, opta por quedarse un tiempo por estos lares, barnizando de malaje los restos del instrumento que utilizamos para partir rumbo al otro mundo. Es el caso de James Dean y su mítico Porsche 550 Spyder.
Sobre su vida poco hay que comentar que no se sepa ya. Un tipo atormentado, lleno de inseguridades y emocionalmente inestable, apasionado de la velocidad, propietario de motos como la Indian Warrior TT o la Triumph TR5 Trophy y coches como el Porsche Spyder, icono juvenil y leyenda del siglo XX tras morir joven y dejar un bonito cadáver.
No hablaremos aquí de sus tres únicas películas (Al Este del Edén, Rebeldes sin causa y Gigante), sino del mal fario del Spyder 550, al que él mismo bautizó como Pequeño Bastardo. Dean pidió la cuenta un 30 de septiembre de 1955, cuando se dirigía a Salinas, cerca de San Francisco, a participar en una carrera de coches. Horas antes había dejado su gato a Elisabeth Taylor para que lo cuidase, pues no las tenía todas consigo y temía que le ocurriese algo. Algo que el gato le agradeció eternamente sin duda. Junto a Dean iba su amigo y mecánico Rolf Wutherich. En el trayecto, un patrullero de los de Ray-Ban de espejo y donuts en la guantera los detuvo y multó por exceso de velocidad. La cosa ya empezaba mal. Pocas horas después, cerca de Cholane, en la intersección de la autopista 46 con la 41, el Ford del universitario Donald Turnupseed los encontró de frente. “No te preocupes que ese tipo nos verá”, fueron las últimas palabras pronunciadas por James Dean. Pues se ve que no.
El hecho digo lugar al nacimiento de una leyenda con apenas 24 años, un año de hospitalización para su copiloto Rolf y un hombro lastimado y la nariz como Adrien Brody para el estudiante, aunque eso sí, con el sempiterno estigma de matarife de James Dean que le duró hasta picó el billete en 1995.
Lo curioso es cómo se las gastó después el espíritu del pequeño bastardo, convertido en una especie de primo de Christine, el Plymouth Fury maloso de la conocida novela del cegato Stephen King. Tras el accidente, el Spyder 550 se lo queda George Barris, un especialista de coches de Hollywood. Nada más llegar al taller para hacerle unas ñapas, el coche de desliza de las fijaciones en las que lo colocaron y rompe las piernas de uno de los mecánicos que lo descargaban. Con la mosca detrás de la oreja por si tenía una maldición gitana, el bueno de Barris optó por el viejo divide y vencerás, vendiendo partes del auto a gente del mundo de las carreras profesionales. Pues nada, dale Perico al torno. En 1956, el tipo que le había comprado el motor la diña en la primera carrera que participa y el que se hizo con la transmisión se hostia y queda parapléjico, comentando que su coche se bloqueo bruscamente.
Convencido de que le había mirado un tuerto, o el Spyder con un faro fundido mejor dicho, Barris decide librarse de aquel comercial de funeraria y se lo cede a la Patrulla de Carretera de California para exhibirlo como ejemplo para la seguridad en carretera y todo eso, cuando el pobre Dean no había sido culpable de su accidente… No obstante, antes de que se lo llevasen, el garaje en el que se encontraba junto a otros coches ardió como la barbacoa de un dominguero, salvo el viejo Porsche, que se partía el tubo de escape al ver cómo era una especie de Elegido, a lo Bruce Willis de chapa, y que con él no podía ni el ácido.
Más tarde fue expuesto en Sacramento y de nuevo volvió a hacer de las suyas. La primera vez se desprendió una puerta y quebró la pierna de un mecánico, y la segunda cayó del stand y le rompió la cadera a un adolescente. Hasta un caco, de los de antifaz y saco a la espalda, intentó hacerse con el volante y lo único que consiguió fue romperse el brazo, crujiendo sus huesos como si fueran kikos. Continuando con sus cosillas, cuando se dirigía rumbo a Salinas, quizá la misma ruta que usó Dean el día de su muerte, el camión que lo transportaba para mostrarlo en una exposición de seguridad, patinó y terminó estrellándose, grabando así una nueva muesca en el negro currículum del Spyder.
Como fin de la historia, en 1958 Barris prestó el famoso coche para ser expuesta en una muestra de seguridad en Miami. Nada, que no aprenden. Cuando el objeto fue puesto encima de un camión para ser llevado a Los Ángeles desapareció misteriosamente en un container sellado. El envío nunca llegó a destino. No se sabe si lo mango una mafia rumana para venderlo luego en Marruecos o bien su propietario, el sufrido Barris decidió deshacerse de una vez de aquel pequeño bastardo que tantos dolores de cabeza le había producido. Aunque nunca se sabe, e igual aparece dentro de unos años en la colección privada de cualquier multimillonario con ganas de morir joven…

CENTRALIA, EL PUEBLO QUE ARDE ETERNAMENTE

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Centralia es un extraño y hoy famoso pueblo,subdivisión del condado de Columbia, pertenciente al estado de Pensilvania, sito en el país del tío Sam y la tía Margaret Rouse. Porque digo yo que el simbolismo coloquial patrio también tendrá una personificación femenina, ¿no?. Coño, lee esto Pilar Rahola y me coloca en su top feministas del año.

Reconozco que supe de él hará un par de años y claro, iluso de mí, empecé a especular con la escritura de un guión para un largometraje que sería el bombazo del año al tocar un tema nunca visto hasta ahora. Craso error. Ya se habían adelantado los de siempre y hecho famoso el juego de marcianos Silent Hill, que más tarde sería llevado al cine en una peli de terror que a veces los pone de corbata e incluso les da un par de vueltas al cuello. Dicen que las ideasestán ahí, flotando en el aire a la espera de que alguien las coja. Pues será que siempre se adelanta algún cabroncete…

Su origen se remonta a 1841, cuando un tabernero avispado y sin duda taurino, Johnathan Faust, quizá para celebrar el nacimiento de una de las leyendas hispanas de la época, Lagartijo, abrió Bull´s Head, un lugar ideal para que el sector masculino de toda esa parroquia que empezaba a asentarse por allí le pegara al frasco durante un buen rato tras eslomarse todo la jornada de sol a sol. La anarquía urbanística del pueblo duró poco, cuando llegó el ingeniero de minas Alexander W.Rea con las rebajas. Pertenecía a la compañía Locust Mountain Cold and Iron, y comenzó a tirar de escuadra y cartabón, construyendo calles y parcelas, dejándolo todo limpito y racional como su cabeza cuadrada. Lejos del cachondeo que se respiraba en la hora golfa del Bull`s Head. Al pueblo se le denominó entonces Centreville, hasta 1865, cuando mutó en Centralia al establecerse allí una oficina de correos. El carbón se convirtión en la fuente de ingresos de la zona hasta 1960, cuando la mayoría de las empresas mineras se largaron de allí, aunque los viejos rockeros continuaron bajo cuerda con la minería de contrabando hasta 1982.

Pero ya empieza lo bueno. Como todo pueblo maldito que se precie, aumenta su caché si por el lugar ronda alguna organización secreta. En el caso de Centralia, allí hacían de las suyas la gente de Molly Maguires, creada en Irlanda por mineros católicos y que llevaron hasta el nuevo mundo, al estilo de lo que los italianos hicieron con la mafia. Como muchas de estas organizaciones, el origen era defenderse de patrones hijoputas e imponer un sistema de trabajo digno. El problema es que al final los principios se difuminan en el tiempo y se pasa a la vieja extorsión de afoja la mosca o patapum y tentetieso.Algo que pudo comprobar el Alexander
W.Rea, el ingeniero cuadriculado, al que le dieron matarile una mala tarde. Por su asesinato fueron colgados tres hombres y durante los siguientes años hubo más muertes. Aún así, el pueblo seguía creciendo y llegó a tener siete iglesias, cinco hoteles, veintisiete salones, un banco, comunicado por dos vías férreas y no sé cuantos puticluses.

El origen de su leyenda comenzó en 1962 cuando el típico que va tirar la basura en el intermedio de su serie favorita, descubrió que el estercolero utilizado por los del pueblo, situado en la fosa de una mina abandonada, ardía cual moco de dragón. El fuego prendió una veta expuesta de carbón, exparciéndose entonces por todas las minas que estaban debajo del pueblo. Y se lió. Pese a los intentos de apagarlo, aquello siguió quemándose sin parar entre 1960 y 1970. Más de uno acabó intoxicado por la inhalación de monóxido de carbano.

En 1979, el arriesgado dueño de una gasolinera del pueblo metió la varilla para medir cómo estaban los tanques subterráneos de combustible y en lugar de descubrir por cuanto le salía la broma de llenarlos comprobó acojonado que esta ardiendo. Acto seguido bajo un termómetro atado a una guita y aquello marcaba 78º, entonces la atención pública se preocupó en firme por Centralia. Desde luego el gasolinero no se quedó para comprobarlo, ni pensó en virgencita que me quede como estoy, sino que sin duda tomó las de Villadiego, o en su caso, las de Kentucky, for example.

Ya en el 81, un tierno infante de 12 se hundió en un pozo que repentinamente se abrió a sus pies. Cuando lo rescataron se estimó que el pozo era profundísimo, que ni poniéndo a Tachenko y a sus cuatro primos uno encima de otro desde el suelo se les vería asomar el bigote.El gobierno soltó la pastora imperio para reubicar a las familias en pueblos cercanos, con la consiguiente batalla legal de los mismos. En 1992 el estado de Pensilvania expropió los inmuebles del municipio.

Actualmente sólo quedan un puñado de casas quedan en pie. El asfalto está levantado, arbustos por los lados y humo que sale de las grietas. El sitio ideal desde luego para comprar la segunda residencia. Lo curioso es que los cuatro cementerios del pueblo están en buen estado y la única iglesia que sigue en pie da servicios religiosos los sábados por la noche, en plan after hours. Vamos,que más cinematográfico imposible. Órdenes secretas, cementereios intactos, misas nocturnas… El fuego subterráneo todavía arde, consumiendo una veta de 13 kilómetros de extensión con carbón suficiente para arder 250 años.

Lo mejor de todo es que todavía queda gente cabezona viviendo allí. Poca, pero queda. Por la barbacoa no tienen que preocuparse, ni por la calefacción, aunque la radiografía de sus pulmones debe ser una joyita. Sólo falta que un comercial desesperado llegue hasta ellos intentando colocarles una vitrocerámica a los futuros X-Men.

EL CRONOVISOR

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El inventor, por naturaleza, es un tipo inteligente y erudito que portando el estandarte de la vanguardia intenta con esfuerzo clavarlo en la colina del éxito, casi inaccesible terruño cuya llegada significa directamente un asiento en la historia. Si a esto le añadimos un kit de canosos pelos locos, gafas de pasta y lápices y calculadoras sobresaliendo del bolsillo de su bata de trabajo, ya tenemos el arquetipo de inventor chiflado que lo mismo hace andar una escoba con la dinamo de una bici que te construye un autogiro con el wáter de casa, utilizando la escobilla como timón de mando.
El caso es que, pese a que la mayoría tarde o temprano han gozado de celebridad gracias a las ventajas de su uso, hay inventos que o bien se ocultaron al común de los mortales o bien nunca existieron, aunque la leyenda urbana, convertida ya casi en disciplina digna de estudio universitario, jure y perjure que claro que existieron. Faltaría más.
Todos hemos oído hablar de los mitos nazis y su increíble capacidad creativa con fines bélicos. En este caso, más que mitos son realidades que sin embargo el ejército norteamericano, perro viejo donde los haya, supo ocultar y apropiárselos para sus propios fines tras encontrarse al final de la guerra con verdaderos arsenales de armas con una tecnología superior a la suya en lo menos veinte años. Muchos de los supuestos platillos volantes de los cincuenta no eran otra cosa que vanguardistas aparatos aéreos que los del tío Sam había afanado a los del tío Adolfo. Pero bueno, no es el caso que nos interesa.
Allá por 2009 se estrenó en España una peli titulada Imago Mortis en la que nos cuentan la historia del Tanatoscopio, una máquina de origen medieval a través de la cual se podía reproducir la última imagen que la retina guarda en el momento de la muerte. Bruno, un atormentado estudiante que parece no haber superado la muerte de sus padres en un accidente de tráfico, descubre el aparato de coña y a partir de ahí se empiezan a cometer una serie de asesinatos hasta que el mozo descubre todo el pastel y lo resuelve, tras jugarse el pellejo, of course. La peli, una caca de la vaca.

Desgraciadamente lo que suele ocurrir con gran parte de films con una premisa interesante, los cuales al adentrarte en historia la burbuja de ilusión inicial se desinfla con la rapidez de un condón pinchao. Si es americana, produce hasta risa, pero si es española se ceba uno con ella. Es nuestro carácter, qué le vamos a hacer. Lo importante del caso es que la idea no era nueva, sino que se trataba de una revisión de un viejo sueño científico.
Dicen incluso que en tiempos de Jack el Destripador, Scotland Yard intentó descubrir el careto del asesino observando las retinas de una de sus desgraciadas víctimas, sin ningún éxito por su parte. Sin embargo, fue Julio Verne, cómo no, el que estuvo también en el ajo de esta teoría y tras realizar algunos estudios lo incluyó en una de sus novelas, Los Hermanos Kip, devorada en mis años mozos mientras marcaba sus páginas con migas de aquellos potentes bocatas de chorizo con los que por esa época merendaban los infantes. Los Kip, tras ser rescatados de un naufragio y ayudar contra un posterior motín de la tripulación, son acusados del asesinato del capitán, hasta que el armador, que cree en su inocencia desde el principio, demuestra, gracias a una foto que le hizo a su amigo fallecido pocos instantes después de morir, que los asesinos son dos miembros de la tripulación cuyo rostro aparece congelado en las pupilas del capitán.
Pero el invento que de verdad mola es el Cronovisor. Una leyenda urbana pura de oliva de la que podemos encontrar documentación en las hemerotecas. En los años setenta apareció una noticia en los periódicos que indicaba que unos científicos, dirigidos por el padre benedictino Pellegrino Alfredo María Ernetti, habían construido una máquina capaz de fotografiar el pasado. Basaban su teoría en que tanto el sonido como la imagen son energía y esta ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma – eso nos enseñaron en el cole, cuando aún enseñaban de verdad-, pues sólo había que encontrar los restos de cualquier acontecimiento pasado y reconstruirlo. Toma ya. Después ocurrió lo de siempre: que si no se puede utilizar al tum tum porque se podía liar la gorda; que si se podían descubrir cosas que cambiarían la historia; que si lo pillan los rusos la liámos…
La leyenda cuenta que se pudieron ver episodios de la vida de Mussolini, de Hitler al suicidarse, Colón llegando a América, Agustina de Aragón bailando la jota en pelota e incluso, como fin de fiesta, una fotografía de Jesucristo en la cruz. Esta última fue quizá la que dejó en entredicho el curioso aparato, ya que la foto mostrada terminó por descubrirse que pertenecía a un crucificado existente en la iglesia del Amor Misericordioso de Collevalenza (Perugia). La gente se lo tomó a cachondeo, y el pobre Ernetti se convirtió en la risión de turno. Antes de doblar la cuchara en abril de 1994, Ernetti por lo visto envió una carta, que nadie sabe dónde está, indicando que lo del cronovisor era verdad y el aparato existía, siendo la iglesia la culpable del silencio y ocultación del mismo. Sea verdad o no, la historia mola mucho.

LA TORRE DE LONDRES, ATASCO DE FANTASMAS EN HORA PUNTA

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La pérfida Albión, antaño acérrima enemiga de España, con los años se ha convertido en lugar de peregrinación de jóvenes ansiosos por conocer los arcanos de la lengua de Benny Hill y de currelas con iniciativa que saben cómo buscarse la vida, amén de destino patrio indiscutible en la época de la proletarización del turismo, de los vuelos baratos en compañías revienta precios y de azafatas buenorras que te sonríen maliciosas mientras te clavan diez libras por un gin tonic de garrafón y sin limón ni nada.
Pero el caso es que al final nos plantamos en Londres dispuestos a patearnos la city y visitar todo lo posible durante aquel fin de semana en el que vamos a pulirnos el exiguo capital ahorrado durante un año a base de eliminar los cuatro cafés del trabajo, el canal de pago repleto de películas basura así como los copazos de los jueves cuyos excesos nos dejan temblando la cartera el fin de semana y el cuerpo como una jota la mañana del viernes, convertidos en meros zombis incapaces siquiera de matar el día con el facebook o mandando whats up a los amigotes.
Tras un recorrido por los clásicos básicos, llegamos a un emblemático lugar que no tiene desperdicio. La Torre de Londres. Uno de los lugares con más fantasmas por metro cuadrado, después lógicamente de los respectivos parlamentos de cualquier país del mundo. Sin embargo, esta antigua fortaleza situada a las orillas del Támesis, junto al archifamoso puente de Londres, constituye una especie de espectacular refugio fantasmal al que numerosas y etéreas apariciones de miembros de la realeza elevan su caché hasta colocarlo prácticamente en el top ten del mundillo paranormal de élite. Que siempre hubo clases, hombre.
El edificio, desde que fue construido en 1066 por el cachondo del normando Guillermo I, alias el Conquistador, ha pasado por ser prisión, castillo, armería, casa de la moneda, zoo de animales de la realeza hasta terminar por convertirse en el lugar donde se guardan las joyas de la Corona Británica.
En realidad la Torre es un complejo de construcciones situado dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso. El castillo se amplió en varias fases, sobre todo bajo el mandato de Ricardo Corazón de León, amiguete del Capitán Trueno, Enrique III y Eduardo I en los siglos XII y XIII. La disposición general de finales del siglo XIII se ha mantenido a pesar de la actividad posterior.
Pero lo interesante de este artículo es el equipo de fantasmas en nómina –no sabemos si con doce o catorce pagas- que según se cuenta realiza sus entrenos por los muros de tan visitado monumento. Sobre 1241 ya se habla del espectro de Thomas Becket, antiguo gobernador de la Torre, que fue mandado ejecutar durante una misa por orden de Enrique II en 1170, e incluso el muy perillán seguro que después se fue a tomar el vermú con su pandilla como si no hubiese ocurrido nada. Por lo menos el pobre Becket eligió la mejor opción para un difunto, aparecerse a la peña y así por lo menos echar una risas en el aburrido mundo del limbo en el que no ya no sabe si está o no está. Los obreros que restauraban la Torre años más tarde sí pudieron certificarlo. Coño, que está, míralo ahí. Completada su manifestación con numerosos accidentes que hicieron que durante mucho tiempo los paletillas abandonasen el andamio para volver al campo del que huyeron.
En su época de prisión fue un lugar terrible. Allí fueron sacrificados miles de personas cuyas almas pululaban por sus muros en macabra procesión de ectoplasmas sin cabeza cuya visión los ponía de corbata a los seguratas de la época. Menos mal que con el tiempo la cosa decayó en lo que respecta a ejecuciones, aunque menos mal que ahí estaban los tejemanejes de la familia real para darle vidilla de nuevo a la atracción. En este caso fue Eduardo IV el que mandó pegarle una mojá a Enrique VI mientras rezaba en la capilla privada de la torre de Wakefield, seguramente pidiendo Virgencita que me quede como estoy. Desde luego, caso hizo a sus peticiones, pues a partir de ese fatídico día el espectro del pobre Enrique VI es uno de los más vistos hasta nuestros días, pues son muchos los turistas que juran y perjuran haberlo visto en la capilla en la misma posición oratoria en la que le dieron la puntilla.
Su trono vacante fue a parar a Ricardo III , duque de Gloucester. Este al ser rey y para que su corona no se viera amenazada, en 1483 declaró que los otros dos hijos del difunto, los niños Eduardo V y su hermano el Duque de York, eran ilegítimos y fueron encerrados en la torre de Londres. No se les volvió a ver más. Se dice que fueron ejecutados en la torre sangrienta, y testigos afirmaban haberlos visto errando y cogidos de la mano vestidos de blanco, hasta que en el año 1674, sus huesos fueron hallados y enterrados en una ceremonia religiosa. Desde ese momento dejaron de ser vistos, a pesar de que se siguieron escribiendo historias sobre ellos y sus apariciones.
La lista de fantasmas de la familia real continua aumentando con personajes ejecutados allí como Tomás Moro; William Hastings, Barón de Hastings; Margaret Pole, condesa de Salisbury; Juana Bolena, vizcondesa de Rochford; Catalina Howard, reina consorte;, Jane Grey, reina y Robert Devereux, conde de Essex. Vamos que como te pille hora punta en la Torre allí no cabe ni el tato.
Sin lugar a dudas, el fantasma más conocido de todos es el de Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII, a la que las revistas del corazón acusaron de adúltera y Enrique, lector empedernido de estas, se lo tomó en serio y tuvo el detalle, eso sí, de gastarse los cuartos en traer a un verdugo estrella desde Francia para que le rebanase el pescuezo. Desde entonces se aparece, sobre todo en los aniversarios de su ejecución, bien sola, bien en comandita con la numerosa cuadrilla real que ya hemos visto que hace continuas rondas por aquellos lares.
Margaret Pole, condesa de Salisbury, no tuvo tanta suerte como Ana Bolena en lo que a elección de verdugo se refiere. Por lo visto Enrique VII debió contratar a un becario que sin embargo se lo vendieron como profesional de toda la vida, para matar a la ya septuagenaria condesa de Salisbury. Cuando el mozo levantó el hacha la condesa pensó, vieja sí pero gilipollas no, y salió corriendo como si fuera Fermín Cacho. El verdugo salió corriendo detrás de ella, en plan El Resplandor, no sabemos si con voz tan mal doblada como la de Jack Nicholson. La pobre vieja llegó hasta la Torre Verde, con un hilo de voz y el corazón a punto de reventarle en mil pedazos. En esto que llega el de capuchón negro y le suelta tres hachazos que no logran terminar con ella, que ya hay que ser malo. Dicen que hasta la condesa le gritaba fuera de sí ¡Pero apunta bien hioputaaaa! Se dice que su espíritu se aparece todos los años en su aniversario, y digo yo que también a los descendientes del puñetero verdugo, que no debería haberse ido de rositas.
Para terminar dos apuntes curiosos. Entre tanto fantasma humano también existe el de un oso, que a saber cómo ha acabado allí. En 1816 se le apareció a un pobre soldado que pelaba imaginarias en su garita. El hombre intentó ensartarlo con su bayoneta pero como era etéreo la cosa estaba difícil. Al poco tiempo el soldado pidió la cuenta y se despidió de este valle de lágrimas para reunirse, algo con lo que igual no había contado, con el oso, que lo esperaba a porta gayola en sus viejos dominios de la Torre, convertida ya casi en una pensión real. El otro apunte es una vieja tradición que dice que si desaparecen los seis cuervos que se mantienen en la Torre desaparecen se caería esta, y con ella la monarquía…

LA GRAN EVASIÓN, 65 AÑOS DE UNA FUGA LEGENDARIA

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Dicen que recordar es volver a vivir. Seguramente que para Alfie Fripp, Reg Cléber, Andrew Wiseman y Frank Stone, veteranos aviadores de la RAF que la noche del 24 de marzo de 1944 escaparon junto a otros 76 compañeros del campamento nazi de prisioneros Stalag Luft III (Polonia), en su visita al mismo 65 años después de su cinematográfica gesta, transmutada en la gran pantalla como La Gran Evasión (1963), la adrenalina recorrió de nuevo sus ajados cuerpos, empapándose otra vez el alma con aquella juventud y arrojo que ejerció de percutor anímico para realizar la mayor fuga masiva de la II Guerra Mundial.

Sus nombres prácticamente son desconocidos para el común de los mortales. Junto a los mencionados supervivientes que ayer fueron a homenajear a sus compañeros, estaban también tipos carismáticos como Brodrick, Buckley, Bull, Kirby-Green, Krol, Bushell o Paul Brickhill, que al igual que Sven Hassell, decidió contar sus experiencias guerreras en exitosos libros como La Gran Evasión, que sería llevado al cine por John Sturges.

La película fue un éxito. Y es que prácticamente era imposible no tenerlo con un cartel en el que figuraban primeros espadas de la talla de Steve McQueen, James Garner, Donald Pleasance, Charles Bronson, Richard Attenborough, James Coburn… Hay acción, humor, suspense, drama. McQueen borda su papel de yanki rebelde y optimista, sobre todo en la escena final de la huida en motocicleta, una TT Triumph 650, y su intento de pasar de un salto la frontera protegida con alambradas. Su personaje, Virgil Hilts, está basado en dos héroes, uno inglés y otro americano. El inglés era Jimmy James, un mito de la RAF con 13 fugas a sus espaldas y otros tantos intentos abortados, un verdadero incordio para los nazis, que apenas le cerraban una puerta y ya estaba el hombre tirando de pala y cubilete de playa que guardaba bajo el catre. El otro héroe respondía al nombre de Davey Jones, único americano por cierto, como el personaje de Hilts, en Stalag Luft III. Participó en el primer bombardeo de Tokio, y al terminar la guerra continuó su carrera militar en la OTAN, participó en el programa espacial de la NASA –misiones Apollo- y colgó sus galones con rango de general.

Hace cuatro años, la editorial barcelonesa Inédita, especializada en temática de historia militar, publicó el libro de Tim Carroll titulado también La Gran Evasión, en el que narra la mítica fuga gracias a los testimonios de los siete últimos supervivientes de los 76 fugados, entre ellos el bueno de Jimmy James, que se las sabía todas.

El libro cuenta como los alemanes destinaban a los oficiales a unos Stammlager der Luftwaffe (campos de prisioneros de las Fuerzas Aéreas), como el Stalag Luft III, situado en el corazón de Silesia. En su extremo septentrional había un bosque donde Goering ordenó que se construyese un campamento modélico para acoger a los aviadores aliados capturados. Se inauguró en 1942 con la idea de ser un lugar del que fuera fácil entrar pero imposible salir. Perímetro rodeado por una doble hilera de alambradas de espino, guardias en las torres de vigilancia alumbrando con reflectores, patrullas constantes de centinelas y perros, etc.

Al principio los prisioneros se tomaron las fugas como un deporte, tipo pellas escolares, improvisando las ideas más peregrinas para intentar poner pies en polvorosa sin que les hincasen el diente los cabezas cuadradas. Sin embargo, como pasa siempre, una vez que las cosas comienzan a salir la gente se lo toma en serio y abandona el toque fresco e inocente de los amateurs por eso que llaman ser un profesional. Se creó entonces la Organización X y un Comité de Fugas que analizaba, daba el visto bueno e igual compulsaba los proyectos que le eran presentados, si estaban dentro de plazo, claro. El encargado de dirigir a toda aquella pandilla de escapistas de libro era el comandante Roger Bushell, surafricano alistado en la RAF que había sido abatido en Francia durante la evacuación de Dunkerke. La estrella de sheriff no se la dieron a dedo, como pasa en otros sitios, sino que aquel tipo de gran envergadura e imponente personalidad se la ganó gracias a su gran determinación que inspiraba el respeto de todos sus compañeros. Incluso antes de la guerra mostraba simpatía por Alemania y le parecían muy salaos sus paisanos, hasta que probó su jarabe, claro, y pensó “mejooor…”

La famosa fuga fue un trabajo de meses en el que la esperanza en aquel fin a largo plazo se mantuvo gracias al espíritu inquieto y sacrificado de aquellos pilotos, acostumbrados a quebrar cualquier barrera que les impidiese volver a volar de nuevo. De vez en cuando el Comité autorizaba absurdos intentos de fuga para que los alemanes se apuntasen algún tanto los pobres y les diesen vidilla. Normalmente eran capturados y llevados a los barracones de aislamiento en celdas individuales que recibían el nombre de Cooler (nevera), donde el rubiales de Steve McQueen echaba el rato lanzando la pelotita de béisbol. Curiosamente en la época de invierno se suspendían las subvenciones para las fugas, ya que fuera hacía más frío que ajú, y los grupos de trabajo se dedicaban a elaborar proyectos para primavera. En sus peculiares despachos los prisioneros trabajaban sin descanso tanto en falsificación (cartillas de identidad, salvoconductos, impresos mecanografiados), cartografía (fábrica de mapas de fuga), artilugios varios (brújulas hechas con cuchillas de afeitar imantadas) y en inteligencia (encargada de la información que facilitara la huída a los compañeros).

Por último estaban los legendarios túneles. Aquellas construcciones que tanto angustiaban a Charles Bronson –igual por eso se metió a justiciero de colmillo retorcido- seguían el modelo de las minas industriales. Cada túnel tenía un pozo de acceso, e iba equipado con bombas de aire, tuberías de ventilación y electricidad, independiente de la red del recinto. Incluso contaban con una línea de vagonetas de madera para transportar a los picaores de un lado a otro. Por cierto que los túneles no eran sólo Tom, Dick y Harry, sino que se hicieron en realidad hasta 100 túneles. Muchos de ellos eran descubiertos por sus guardianes antes de llegar a la alambrada, con el consiguiente mazazo moral de sus constructores.

Algo a tener en cuenta es que dichos guardianes también las pasaban canutas, y se maravillaban de los recursos de los prisioneros que gracias a los paquetes de la Cruz Roja disponían de café, leche, chocolate… Entre ellos se estableció una relación atípica, en algunos casos hasta de amistad. Más de una vez, carceleros confidentes de los aviadores les daban el soplo de un próximo registro, o intentaban hacerse colegas de toda la vida, sobre todo cuando el final de la guerra estaba próximo y se imaginaban un futuro algo jodidete. Los prisioneros se referían a sus guardianes como goons (animales ó idiotas) y hurones al equipo especializado en detectar túneles. Gran parte del material de la organización se obtenía de los alemanes mediante hurto, soborno o chantaje. Hasta Albert Clark dice “teníamos a gente que se convirtieron en auténticos expertos. Muchas veces me he preguntado a qué tipo de trabajo se dedicaron después de la guerra”. Todas estas facilidades y productos de los que gozaban los presos se basaban en la teoría del ejército nazi, quizá como experimento, de que al tener buenas condiciones de vida se les quitarían las ganas de huir.

La pena de todo fue que tras lograr la gran evasión, tan sólo tres llegaron a ser libres completamente, los demás fueron todos capturados. Al conocer la fuga en masa, Hitler montó en cólera y exigió una ejecución sumarial, es lo que se llamó la orden de Sagan. Quiso que “Las muertes debían llevarse a cabo de forma que los prisioneros no supieran lo que les iba a ocurrir: “Tras el interrogatorio, debe dar la impresión de que se lleva a los oficiales de vuelta al campamento pero deben ser ejecutados por el camino. Las ejecuciones se justificarán explicando que se disparó a los oficiales recapturados cuando intentaban escapar, o al ofrecer resistencia, de modo que no se pueda demostrar nada posteriormente”. Todo fue muy parecido en como aparece en la película, bajados de un camión y ametrallados por la espalda.

La matanza tuvo repercusión mundial, pero como sucede siempre, a la hora de buscar culpables, los peces gordos se escaparon y cayeron los de siempre, aquellos desgraciados que apenas tenían responsabilidad y que pagaron con su vida las penas correspondientes a los listos y cobardes de turno. Se acusó a dos nazis destacados como Heimich Müller, jefe de la Gestapo y Artur Nebe, de la policía criminal, Kripo. Müller ordenó al segundo que seleccionara los nombres de los que iba a fusilar. Nebe lo hizo, y además, parece ser que no teniendo muy claro de qué bando estaba, se enroló en el complot de Tom Cruise, digo Stauffenberg para matar a Hitler. Al final, el hombre recibió la misma medicina que la aplicada a cincuenta de los fugados.

Así terminó una legendaria aventura que el cine grabó en nuestra memoria tras visualizarla en casa junto a un buen cuenco de palomitas, sin que jamás lleguemos a comprender lo que de verdad significó aquello, sobre todo para ese puñado de hombres se jugaron la vida tan sólo porque se negaban a estar encerrados dócilmente en un campo de oficiales. A los supervivientes que lo celebran estos días y al resto de sus camaradas, mis más sinceros respetos.

INCREÍBLES ENFRENTAMIENTOS DEL CINE

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Siempre pensé que las ideas absurdas e infantiles, propias de una época propensa a la imaginación y los sueños imposibles, se quedaban fosilizadas en el tintero de la fantasía, durmiendo desde entonces el sueño de los justos en el añejo secreter del pasado. Pero parece que no todos lo ven igual, y allí, en el lejano país del Tío Sam, guionistas y directores sin complejos deleitan a la afición con bizarrísimos enfrentamientos imposibles que no se le ocurrirían ni a un infante puesto hasta arriba de petazetas.

Quizá debido al exceso de iconografía terrorífica que puebla su cine, nuestros amigos yankis, de vez en cuando, prefieren enfrentar en un épico mano a mano a varios de sus monstruos, seguramente con la idea de saciar un poco la sed de triunfo de los fanáticos seguidores de cada uno de ellos, logrando normalmente, además de darle vidilla al siempre patético film, hacer rebosar generosamente las arcas de las productoras implicadas.

Ahí tenemos el ya clásico del género Freddy contra Jason. Si, señor. El malvado Freddy, que se deslizaba como una culebra por los sueños de los jovenzuelos del pueblo –todo el día sobando, los cabrones-, para darles luego matarile con su enguantada mano cuchillera, ideal para hacer demostraciones en Teletienda, no tiene otra cosa que invitar a las fiestas de su pueblo a otro pájaro que tampoco es de los de llevar el domingo a casa a tomar el Vermut. Ni más ni menos que Jason Vooerhees, tipo peculiar, buena gente pero con sus cosillas, como la de llevar siempre puesta una máscara de hockey o cargarse a la peña a cuchilladas, fíjate tu. El caso es que el bueno de Freddy lía a Jason para que de un repaso a la chiquillería del poblacho y así le echen la culpa a él y de este modo el miedo de los mocitos haga que pueda volver a colarse por sus hasta el momento húmedos sueños. Sin embargo, el amigo Jason le sale rana y lo que al principio parecía un par de muertes se convierte en una matanza de tomo y lomo, algo que no esperaba Krueger, que ve como se va quedando sin clientes en apenas unos días. Desde ese momento, su amistad torna en odio, tipo Ana Obregón y su secretaria, y se pasan la peli dándose leña mutuamente.

Otra joyita del estilo es el prescindible film Alien versus Depredador. Esta si que es mala. Aquel monstruo que se enfrentó contra el futuro gobernador de California –igual si lo sabe no se pone tan gallito- en una perdida selva sudamericana, ahora resulta que tiene más amiguetes, los cuales se encuentran bajo la fría Antártida, dentro de una pirámide que es un mix de egipcia, azteca y camboyana, casi ná, y donde tienen retenida a una Alien Queen, que pone huevos con intervalos de cien años, por lo que se ve que la mujer se toma su tiempo y la baja maternal apenas le cunde. El caso es que el equipo que el multimillonario Charles Bishop ha organizado para ir de excursión y descubrir lo que se cuece por allí, se ve envuelto en una guerra entre los jóvenes depredadores, que tienen que hacer una especie de examen de selectividad cargándose a las crias de aliens, y éstas, que venden caro su asqueroso pellejo alevin. Y en medio, los humanos, acojonados y diciendo todo el rato, virgencita que me quede como estoy.

Por último, la más moderna de todas, Van Helsing. El culmen. Aquí el antiguo y agonías perseguidor de Drácula torna en mercenario guaperas, al servicio de a antigua sociedad secreta que es la que adelanta sus provisiones de fondos y paga su elevada minuta, por lo que lo de hacer tan desagradable trabajo sin ánimo de lucro se fue a tomar por el ano. Encima se dedica a perseguir y finiquitar a una especie de dream team maloso formado por Drácula, El Hombre Lobo y Frankenstein, que tras concederle un leonino préstamo de tres mil euros al 26% en una financiera telefónica de Transilvania, se han constituido en sociedad limitada y ahora patrullan al alimón por los Cárpatos y demás comarcas adyacentes. Lo que no se le ocurra a los americanos…

En fin, ardo en deseos de que esta moda de enfrentamientos heroicos llegue hasta nuestras costas y podamos ver en el cine épicos enfrentamientos entre El Jabato contra El Capitán Trueno, Paul Naschy versus Jacinto Molina, Superlópez contra El Erótico Enmascarado o incluso Roque III mano a mano frente a Bill Golden Pistols, mítico vaquero interpretado por Fernando Esteso y cuya banda sonora no tiene desperdicio, pinchen, pinchen y verán.

AQUELLAS TIERNAS MASCOTAS

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Nos acompañaron en la infancia, convertidas gracias a nuestro capricho en inseparables compañeras de aventuras, amigas fieles y objeto de inagotables caricias. Sin embargo, desmadejado ya el envoltorio de la novedad y repuestos del empalagoso exceso de los primeros días, poco a poco la relación se fue enfriando hasta convertirlas en carne de abandono o, en el peor de los casos, destinatarias de tan horribles experimentos que a nuestro lado el doctor Mengele sería un simple Sánchez Ocaña del Tercer Reich.

Quién no se acuerda de aquel simpático hámster que tuvo en aquella época en la que, cual Carpanta alevin, soñaba continuamente con zamparse cargamentos enteros de tigretones, y en la que la pelusa bigotera aún no había hecho acto de presencia. Aquel divertido ratoncillo le alegraba a uno la tarde, viéndolo correr absurdamente por una pequeña noria que se ponía en pocos segundos a más revoluciones que un single de Juan Pardo. Además, el bichejo tiraba de pipas sin cortarse un pelo, capaz de cascarse un par de bolsas de las grandes mientras seguía intrigado junto a nuestra madre el episodio de sobremesa de Dallas. Encima, con el tiempo cogía confianza y las pedía incluso con sal.

Y claro, este era el punto de inflexión que nos hacía decir ¡Hasta aquí hemos llegado, Perico! De la noche a la mañana, hartos ya de sus reivindicaciones y del odioso soniquete de la noria, que nos despertaba a media noche, le dábamos dos opciones a la rata: o se mudaba a un descampado, o elegía la drástica solución del viejo trozo de cabrales aliñado con veneno. Normalmente escogían la primera.

Otras mascotas clásicas -obviaremos perros o gatos, que esos merecen artículo propio- serían las tortugas, a las que se depositaban en una minipiscina en forma de riñón, con una palmerita en medio y dos centímetros de agua. Con el mismo problema que el hámster, pues cuando le habían dado ya veinte vueltas a su acuático zulo estaban ya locas de atar, y tan sólo les faltaba ponerles el embudo o un papel de periódico en la cabeza en forma de sombrero y decir que eran la Tortuga D´artagnan. Tristemente, su destino solía ser el tubo de la risa de la cisterna, que las llevaba directamente a las cloacas, donde cuentan algunas leyendas urbanas que los empleados de limpieza han visto alguna vez gigantescos y mutantes especímenes fumando petas mientras echaban un mus.

Otros bichos que están ahí, aunque nunca aportaron nada, son los pollitos de colores y los gusanos de seda. ¿Cómo se juega con ellos? Tú tírale un palo a un pollo a ver lo que te dice. Que muy bonito, muy salao todo, pero el palo lo traiga tu padre, a mi dame alpiste y llámame tonto si quieres. Desde luego, su fin era casi siempre el mismo, abría uno la puerta a toda leche al llegar del colegio y al pobre pájaro no le daba tiempo ni decir ni pío. ¡Piti! ¡Roberto! ¡Halcón Negro!-eso ya iba en función del gusto y personalidad del dueño-, ¿Dónde estas? Cuando se cerraba la puerta un pequeñísimo polluelo aparecía planchado en la pared, inspirando quizá a Mariscal en el futuro diseño de Koby, aquel horroroso perro planchado que nos coló en la Expo 92.

Los gusanos de seda, más de lo mismo. O peor, qué coño. Porque con éstos si que no se podía hacer nada de nada. Con el pollo todavía lo perseguías por casa o experimentabas aterrizajes forzosos a gran altura, pero los gusanos tan sólo servían para la contemplación. Tras reciclar una caja de zapatos en las que hasta ese momento se guardaban unas olorosas zapatillas de deporte, la tapa era agujereada y en su interior se colocaba una apetitosa –supongo que para ellos- alfombra de morera por la que los gusanos retozaban alegres, aunque algo mareados los primeros días, eso si, gracias al pestazo a pies que aún se respiraba en aquel enrarecido microclima. Su fin, quizá el más violento de todos, era el de dar con sus larvas, capullos u horribles mariposas que salían de ellos como si de un monstruoso huevo Kinder se tratase, directamente a la basura, acompañada de la clásica frase paterna ¡A la mierda ya con estos bichos, hombre!

Estas eran parte de las mascotas de mi época. Luego, con los años, los snobismos y gusto por lo exótico hizo que los pollitos de colores, gusanos de seda –¿conocen a alguien que los tenga hoy en día?- tortugas, fueron sentados en el banquillos para subir al primer equipo a iguanas, tarántulas, cacatúas, perros microscópicos, etc.

Incluso sé de un caso en el que alguien fue a casa de un amigo y, al entrar en el baño para aligerarse la vejiga, su aterrada culebrilla se encontró de frente con una gigantesca pitón que plácidamente anidaba en la bañera, mirándola ésta con tiernos ojos como diciéndole ¡Hija mía, ven con la mamma!, ignorando por completo el pálido rostro de su dueño, que se encomendó a San Antón para ver si le ayudaba a salir de tan complicado brete.

En fin, pese a que nunca he sido muy de mascotas, añoro un poco las que comenté antes, y espero que les vaya bien a las que sobrevivieron de mi época, e igual andan por ahí, formando una curiosa pandilla con un hámster vigoréxico –tras años de continuo ejercicio noriero, como para no estarlo-, unas tortugas mutantes, varios gusanos despistados y algún pollo colorao que escapó de coña a su destino. Vamos, que solo falta el gitano y la cabra para que se marquen entre todos una turné por la ciudad.

EL RENACER DE LA ABSENTA

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Durante mucho tiempo fue considerada como un bebedizo maldito, salvo en España y Portugal –si es que…-, un bálsamo demoníaco con el que cracks como Baudelaire, Oscar Wilde, Degas, Manet, Van Gogh, Poe o Toulousse-Lautrec impregnaron a sus musas para dejar a las generaciones posteriores sublimes creaciones inspiradas con la ayuda del Hada Verde. Nombre con el que era conocida en París durante el siglo XIX, hasta que en 1915 fue prohibida en Francia. Sin embargo, en los últimos tiempos volvemos a vivir un renacer de la absenta, perdiendo su atractivo carácter ilegal para terminar comercializándose libremente por internet.

En Alemania, uno de los países en los que se vuelve a permitir su consumo, la Oficina de Investigaciones Químicas y Veterinarias de Kalsrhue, ciudad donde se encuentra la sede del Tribunal Constitucional alemán, hizo un estudio sobre un famoso componente de la absenta, la neurotoxina tujona, un principio activo que en dosis elevadas produce alucinaciones de libro, tipo encontrarse a Elvis o Manolete –según las querencias del consumidor- y los consiguientes daños cerebrales. En dicho estudio se descubrió que ese efecto alucinógeno de acción analéptica, que producía también esos ataques epilépticos tan apreciados por los modernistas, era tan sólo una exageración de leyenda urbana.

Esta Oficina analizó una partida de botellas de 1915, descubriendo que la tujona, por aquella época calificada de veneno, se encuentra en esas bebidas en una proporción de 25,4 miligramos por litro, muy inferior a la actualmente permitida por la Unión Europea (UE), de 35 miligramos de tujona por litro. Así que igual no es tan malo el brebaje.

Hay tres formas de tomar la absenta: a palo seco, con el ritual de la palomita o con el ritual de la antorcha. El ritual más clásico es el de la palomita, que consiste en verter la absenta en una copa, colocar luego una cucharilla especial de absenta encima del vaso, con un terrón de azúcar y echar agua helada despacio sobre el azúcar. El terrón se disuelve y gotea a través de los agujeros de la cucharilla. Una vez disuelto, se remueve y ya se puede beber. La proporción de absenta y agua varían según el gusto. El ritual de la antorcha consiste en poner el terrón de azúcar sobre la cucharilla y esta sobre la copa, y verter la absenta por encima. El azúcar se carameliza y se disuelve. Entonces se le prende fuego con un mechero y esperamos a que se consuma la llama. Apagada ésta, se le puede añadir agua, pero también una bebida isotónica, refresco de limón o de naranja, etc.

Algo debe de tener pues según cuentan las crónicas, empapado de Hada Verde –dicen que al beber se aparece una especie de etílica Campanilla del mismo color de la pócima mágica- iría el bueno de Verlaine cuando le pegó un tiro en el puño al por entonces joven y prometedor poeta Rimbaud. También cuentan que algún viaje se habría metido el pelirrojo de Van Gogh cuando intentó asestarle un par de mojadas al pobre Gauguin con la misma navaja con la que esa misma noche se automutiló cortándose una oreja, pensando igual que estaba en las ventas y los cabritos del tendido siete le negaban el trofeo, y dijo, pa loco yo, y luego se la regaló a una prostituta. Que tío más grande. Baudelaire, autor de la Flores del Mal, sentenció que Proporciona a la vida un aura de solemnidad y aclara sus oscuros precipicios. Mientras que otro monstruo como Wilde dijo de ella, Después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir.

Hoy en día, la Artemisia Absinthium –diosa griega de la castidad que recibió muchos favores de ella, absinthium significa desprovisto de placer, seguro…- compuesta principalmente de ajenjo, que antaño se utilizaba para colgar en las puertas de las casas para mantener a raya al diablo, se puede comprar vía internet en botellas de color verde, roja, la negra y mezclas como la absenta destilada con cannabis, con precios que están a partir de los 20 euros la botella de medio litro. Así que prueben y a ver si alteran algo el estado de su conciencia, que igual no nos vendría mal a algunos.