LA TORRE DE LONDRES, ATASCO DE FANTASMAS EN HORA PUNTA

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La pérfida Albión, antaño acérrima enemiga de España, con los años se ha convertido en lugar de peregrinación de jóvenes ansiosos por conocer los arcanos de la lengua de Benny Hill y de currelas con iniciativa que saben cómo buscarse la vida, amén de destino patrio indiscutible en la época de la proletarización del turismo, de los vuelos baratos en compañías revienta precios y de azafatas buenorras que te sonríen maliciosas mientras te clavan diez libras por un gin tonic de garrafón y sin limón ni nada.
Pero el caso es que al final nos plantamos en Londres dispuestos a patearnos la city y visitar todo lo posible durante aquel fin de semana en el que vamos a pulirnos el exiguo capital ahorrado durante un año a base de eliminar los cuatro cafés del trabajo, el canal de pago repleto de películas basura así como los copazos de los jueves cuyos excesos nos dejan temblando la cartera el fin de semana y el cuerpo como una jota la mañana del viernes, convertidos en meros zombis incapaces siquiera de matar el día con el facebook o mandando whats up a los amigotes.
Tras un recorrido por los clásicos básicos, llegamos a un emblemático lugar que no tiene desperdicio. La Torre de Londres. Uno de los lugares con más fantasmas por metro cuadrado, después lógicamente de los respectivos parlamentos de cualquier país del mundo. Sin embargo, esta antigua fortaleza situada a las orillas del Támesis, junto al archifamoso puente de Londres, constituye una especie de espectacular refugio fantasmal al que numerosas y etéreas apariciones de miembros de la realeza elevan su caché hasta colocarlo prácticamente en el top ten del mundillo paranormal de élite. Que siempre hubo clases, hombre.
El edificio, desde que fue construido en 1066 por el cachondo del normando Guillermo I, alias el Conquistador, ha pasado por ser prisión, castillo, armería, casa de la moneda, zoo de animales de la realeza hasta terminar por convertirse en el lugar donde se guardan las joyas de la Corona Británica.
En realidad la Torre es un complejo de construcciones situado dentro de dos anillos concéntricos de muros defensivos y un foso. El castillo se amplió en varias fases, sobre todo bajo el mandato de Ricardo Corazón de León, amiguete del Capitán Trueno, Enrique III y Eduardo I en los siglos XII y XIII. La disposición general de finales del siglo XIII se ha mantenido a pesar de la actividad posterior.
Pero lo interesante de este artículo es el equipo de fantasmas en nómina –no sabemos si con doce o catorce pagas- que según se cuenta realiza sus entrenos por los muros de tan visitado monumento. Sobre 1241 ya se habla del espectro de Thomas Becket, antiguo gobernador de la Torre, que fue mandado ejecutar durante una misa por orden de Enrique II en 1170, e incluso el muy perillán seguro que después se fue a tomar el vermú con su pandilla como si no hubiese ocurrido nada. Por lo menos el pobre Becket eligió la mejor opción para un difunto, aparecerse a la peña y así por lo menos echar una risas en el aburrido mundo del limbo en el que no ya no sabe si está o no está. Los obreros que restauraban la Torre años más tarde sí pudieron certificarlo. Coño, que está, míralo ahí. Completada su manifestación con numerosos accidentes que hicieron que durante mucho tiempo los paletillas abandonasen el andamio para volver al campo del que huyeron.
En su época de prisión fue un lugar terrible. Allí fueron sacrificados miles de personas cuyas almas pululaban por sus muros en macabra procesión de ectoplasmas sin cabeza cuya visión los ponía de corbata a los seguratas de la época. Menos mal que con el tiempo la cosa decayó en lo que respecta a ejecuciones, aunque menos mal que ahí estaban los tejemanejes de la familia real para darle vidilla de nuevo a la atracción. En este caso fue Eduardo IV el que mandó pegarle una mojá a Enrique VI mientras rezaba en la capilla privada de la torre de Wakefield, seguramente pidiendo Virgencita que me quede como estoy. Desde luego, caso hizo a sus peticiones, pues a partir de ese fatídico día el espectro del pobre Enrique VI es uno de los más vistos hasta nuestros días, pues son muchos los turistas que juran y perjuran haberlo visto en la capilla en la misma posición oratoria en la que le dieron la puntilla.
Su trono vacante fue a parar a Ricardo III , duque de Gloucester. Este al ser rey y para que su corona no se viera amenazada, en 1483 declaró que los otros dos hijos del difunto, los niños Eduardo V y su hermano el Duque de York, eran ilegítimos y fueron encerrados en la torre de Londres. No se les volvió a ver más. Se dice que fueron ejecutados en la torre sangrienta, y testigos afirmaban haberlos visto errando y cogidos de la mano vestidos de blanco, hasta que en el año 1674, sus huesos fueron hallados y enterrados en una ceremonia religiosa. Desde ese momento dejaron de ser vistos, a pesar de que se siguieron escribiendo historias sobre ellos y sus apariciones.
La lista de fantasmas de la familia real continua aumentando con personajes ejecutados allí como Tomás Moro; William Hastings, Barón de Hastings; Margaret Pole, condesa de Salisbury; Juana Bolena, vizcondesa de Rochford; Catalina Howard, reina consorte;, Jane Grey, reina y Robert Devereux, conde de Essex. Vamos que como te pille hora punta en la Torre allí no cabe ni el tato.
Sin lugar a dudas, el fantasma más conocido de todos es el de Ana Bolena, la segunda esposa de Enrique VIII, a la que las revistas del corazón acusaron de adúltera y Enrique, lector empedernido de estas, se lo tomó en serio y tuvo el detalle, eso sí, de gastarse los cuartos en traer a un verdugo estrella desde Francia para que le rebanase el pescuezo. Desde entonces se aparece, sobre todo en los aniversarios de su ejecución, bien sola, bien en comandita con la numerosa cuadrilla real que ya hemos visto que hace continuas rondas por aquellos lares.
Margaret Pole, condesa de Salisbury, no tuvo tanta suerte como Ana Bolena en lo que a elección de verdugo se refiere. Por lo visto Enrique VII debió contratar a un becario que sin embargo se lo vendieron como profesional de toda la vida, para matar a la ya septuagenaria condesa de Salisbury. Cuando el mozo levantó el hacha la condesa pensó, vieja sí pero gilipollas no, y salió corriendo como si fuera Fermín Cacho. El verdugo salió corriendo detrás de ella, en plan El Resplandor, no sabemos si con voz tan mal doblada como la de Jack Nicholson. La pobre vieja llegó hasta la Torre Verde, con un hilo de voz y el corazón a punto de reventarle en mil pedazos. En esto que llega el de capuchón negro y le suelta tres hachazos que no logran terminar con ella, que ya hay que ser malo. Dicen que hasta la condesa le gritaba fuera de sí ¡Pero apunta bien hioputaaaa! Se dice que su espíritu se aparece todos los años en su aniversario, y digo yo que también a los descendientes del puñetero verdugo, que no debería haberse ido de rositas.
Para terminar dos apuntes curiosos. Entre tanto fantasma humano también existe el de un oso, que a saber cómo ha acabado allí. En 1816 se le apareció a un pobre soldado que pelaba imaginarias en su garita. El hombre intentó ensartarlo con su bayoneta pero como era etéreo la cosa estaba difícil. Al poco tiempo el soldado pidió la cuenta y se despidió de este valle de lágrimas para reunirse, algo con lo que igual no había contado, con el oso, que lo esperaba a porta gayola en sus viejos dominios de la Torre, convertida ya casi en una pensión real. El otro apunte es una vieja tradición que dice que si desaparecen los seis cuervos que se mantienen en la Torre desaparecen se caería esta, y con ella la monarquía…

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