EL PEQUEÑO BASTARDO DE JAMES DEAN

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Dicen que aunque uno pise a fondo y vaya por la vida echando mistos, la muerte al final siempre te acaba adelantando y haciendo señales para que pares a un lado y apagues para siempre el motor de tus ilusiones. Sin embargo, hay veces donde pese a que la de negro arranca triunfal aquella alma desconcertada que hasta entonces se aferraba al pellejo, opta por quedarse un tiempo por estos lares, barnizando de malaje los restos del instrumento que utilizamos para partir rumbo al otro mundo. Es el caso de James Dean y su mítico Porsche 550 Spyder.
Sobre su vida poco hay que comentar que no se sepa ya. Un tipo atormentado, lleno de inseguridades y emocionalmente inestable, apasionado de la velocidad, propietario de motos como la Indian Warrior TT o la Triumph TR5 Trophy y coches como el Porsche Spyder, icono juvenil y leyenda del siglo XX tras morir joven y dejar un bonito cadáver.
No hablaremos aquí de sus tres únicas películas (Al Este del Edén, Rebeldes sin causa y Gigante), sino del mal fario del Spyder 550, al que él mismo bautizó como Pequeño Bastardo. Dean pidió la cuenta un 30 de septiembre de 1955, cuando se dirigía a Salinas, cerca de San Francisco, a participar en una carrera de coches. Horas antes había dejado su gato a Elisabeth Taylor para que lo cuidase, pues no las tenía todas consigo y temía que le ocurriese algo. Algo que el gato le agradeció eternamente sin duda. Junto a Dean iba su amigo y mecánico Rolf Wutherich. En el trayecto, un patrullero de los de Ray-Ban de espejo y donuts en la guantera los detuvo y multó por exceso de velocidad. La cosa ya empezaba mal. Pocas horas después, cerca de Cholane, en la intersección de la autopista 46 con la 41, el Ford del universitario Donald Turnupseed los encontró de frente. “No te preocupes que ese tipo nos verá”, fueron las últimas palabras pronunciadas por James Dean. Pues se ve que no.
El hecho digo lugar al nacimiento de una leyenda con apenas 24 años, un año de hospitalización para su copiloto Rolf y un hombro lastimado y la nariz como Adrien Brody para el estudiante, aunque eso sí, con el sempiterno estigma de matarife de James Dean que le duró hasta picó el billete en 1995.
Lo curioso es cómo se las gastó después el espíritu del pequeño bastardo, convertido en una especie de primo de Christine, el Plymouth Fury maloso de la conocida novela del cegato Stephen King. Tras el accidente, el Spyder 550 se lo queda George Barris, un especialista de coches de Hollywood. Nada más llegar al taller para hacerle unas ñapas, el coche de desliza de las fijaciones en las que lo colocaron y rompe las piernas de uno de los mecánicos que lo descargaban. Con la mosca detrás de la oreja por si tenía una maldición gitana, el bueno de Barris optó por el viejo divide y vencerás, vendiendo partes del auto a gente del mundo de las carreras profesionales. Pues nada, dale Perico al torno. En 1956, el tipo que le había comprado el motor la diña en la primera carrera que participa y el que se hizo con la transmisión se hostia y queda parapléjico, comentando que su coche se bloqueo bruscamente.
Convencido de que le había mirado un tuerto, o el Spyder con un faro fundido mejor dicho, Barris decide librarse de aquel comercial de funeraria y se lo cede a la Patrulla de Carretera de California para exhibirlo como ejemplo para la seguridad en carretera y todo eso, cuando el pobre Dean no había sido culpable de su accidente… No obstante, antes de que se lo llevasen, el garaje en el que se encontraba junto a otros coches ardió como la barbacoa de un dominguero, salvo el viejo Porsche, que se partía el tubo de escape al ver cómo era una especie de Elegido, a lo Bruce Willis de chapa, y que con él no podía ni el ácido.
Más tarde fue expuesto en Sacramento y de nuevo volvió a hacer de las suyas. La primera vez se desprendió una puerta y quebró la pierna de un mecánico, y la segunda cayó del stand y le rompió la cadera a un adolescente. Hasta un caco, de los de antifaz y saco a la espalda, intentó hacerse con el volante y lo único que consiguió fue romperse el brazo, crujiendo sus huesos como si fueran kikos. Continuando con sus cosillas, cuando se dirigía rumbo a Salinas, quizá la misma ruta que usó Dean el día de su muerte, el camión que lo transportaba para mostrarlo en una exposición de seguridad, patinó y terminó estrellándose, grabando así una nueva muesca en el negro currículum del Spyder.
Como fin de la historia, en 1958 Barris prestó el famoso coche para ser expuesta en una muestra de seguridad en Miami. Nada, que no aprenden. Cuando el objeto fue puesto encima de un camión para ser llevado a Los Ángeles desapareció misteriosamente en un container sellado. El envío nunca llegó a destino. No se sabe si lo mango una mafia rumana para venderlo luego en Marruecos o bien su propietario, el sufrido Barris decidió deshacerse de una vez de aquel pequeño bastardo que tantos dolores de cabeza le había producido. Aunque nunca se sabe, e igual aparece dentro de unos años en la colección privada de cualquier multimillonario con ganas de morir joven…

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