EL ÚLTIMO TELEPIZZA

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Eran cerca de las once y media de la noche. El silencio denso que reinaba en aquella fría y solitaria calle cubierta de niebla fue momentáneamente quebrado por el lejano petardeo de una moto que parecía acercarse a gran velocidad. En apenas unos segundos y como si de una aparición se tratase, surgió de entre la niebla la entrañable figura de un joven telepizza que galopaba sobre el asfalto a lomos de un legendario vespino SC negro. Pese a ser buen jinete, curtido a sangre y fuego sobre los terrenos menos accesibles que jamás vieron los siglos -muchos de ellos gracias a la mano del amigo Manzano-, su arcaico instrumento de trabajo tenía más golpes y arañazos encima que la multicosida barriga de Angel Cristo. Tantos que hasta el Snoopy que una vez lució flamante la bandera de España sobre el faro de la moto, ahora tenía el brazo en cabestrillo, un esguince en el tobillo, tiritas por todo el cuerpo y arrastraba la bandera hecha jirones con el brazo que le quedaba sano.

Pero a pesar de todo, Juan Carlos Minglanilla seguía ahí. Batiéndose el cobre día a día durante interminables jornadas de trabajo por cuatro míseras perras. Y sin que nunca saliese de su boca las más mínima queja. Quizás porque era consciente de la responsabilidad que recaía sobre sus hombros. Una responsabilidad que le obligaba siempre a dar lo mejor de sí en su trabajo, adelantar por las aceras, realizar suicidas picados sin frenos por cuestas interminables, saltarse semáforos en rojo y un sin fin más de patadas al código de circulación sólo para que su pedido estuviese puntual y calentito a la hora acordada. Y es que Juan Carlos Minglanilla era el último telepizza.

Una carrera en la que siguió los pasos de su padre, Arturo Minglanilla, quien durante quince años ejerció el prestigioso grado de Maestro telepizza. De éste antiguo motociclista fracasado, expulsado de Bultaco tras estrellarse y dejar inservible el día del estreno un carísimo prototipo que prometía ser el gran revulsivo del motociclismo español, había aprendido tocos los trucos necesarios para convertirse en un virtuoso de la conducción temeraria. Un hombre al que la vida concedió una segunda oportunidad enfundándolo en la piel de un profesor de alocados repartidores de pizzas.

Por su academia pasaron los más afamados repartidores de la capital, amén de los de casi todas las demás provincias e incluso algunos del extranjero. En poco menos de un mes, los neófitos aprendían a conducir sin que les afectase la presión de los atascos, las denuncias policiales por sus continuas imprudencias graves, o los numerosos ¡Me cago en tus muertos, cacho cabrón! con los que cariñosamente solían obsequiarles los taxistas. La Academia Minglanilla se convirtió en un lugar de referencia, una especie de santuario mágico donde numerosos miembros del oficio peregrinaban por lo menos una vez al año en espera de recibir sabios consejos de conducción extrema de boca de Arturo, nombrado Maestro Telepizza por el consejo de dirección de dicha empresa en una bizarra ceremonia que llegó a ser portada de numerosos periódicos, tanto nacionales como internacionales.

Pero además de su padre, en la empresa también trabajaban su cuñado y dos primos más jóvenes. Estos dos últimos formaron parte de su cuadrilla hasta que cayeron en acto de servicio. Uno, estampado contra un puestecillo de caracoles, llevándose por delante a tres viejas, un fontanero y una pareja de cacatúas que tenía por mascotas el dueño del chiringuito. El otro primo sobrevivió a un derrape, cinco vueltas de campana y una caída desde catorce metros -todo en el mismo accidente junto a una central eléctrica que había en un polígono-, pero cuando milagrosamente se levantaba, algo atontado aunque ileso de tan fenomenal castañazo, se quedó tieso y más negro que el camarero de Vacaciones en el Mar tras echar una inoportuna caña sobre una verja electrificada en la que fácilmente se podía leer el cartelito de ¡Peligro! Sus restos, junto con los de su primo, fueron transportados a media noche por una numerosa procesión de telepizzas que colapsó la Castellana, siendo franqueados en todo momento los féretros por dos hileras de repartidores que antorcha en mano y a diez kilómetros por hora acompañaron a su colega a entregar el último pedido. Fueron enterrados con una bandera rojiblanca en cuyo centro lucía orgullosa una gran te bordada a mano, y sus padres recibieron emocionados las Pizzas de Plata, exclusivas medallas con las que eran condecorados los caídos en acto de servicio.

En cuanto al cuñado, había resultado ser la oveja negra de la familia. Aquel maldito converso no tuvo otra ocurrencia que pasarse al enemigo, ni más ni menos que a Pizza-Hut. Esto sentó a Juan Carlos como una patada en los cojones, y más aún a su padre, que había malgastado horas y horas de su preciado tiempo en enseñar su arte a un traidor que se vendió al enemigo por treinta monedas de plata. Por supuesto, el cuñao, cuyo nombre olvidaron para siempre, fue expulsado de su familia, al igual que su hija, solicitando los Minglanilla incluso la nulidad matrimonial de estos, amén de condenarlos al ostracismo de por vida. Y desde entonces, el único contacto que Juan Carlos deseaba tener con su cuñado era en el campo de batalla, donde al coincidir ambos trabajando en alguna calle apartada, se liasen a pitonazos y brutales embestidas con sus motos hasta que sólo uno de ellos quedase en pie.
Lamentablemente, la conversión de su cuñado no fue la única entre las filas telepizzeras. La juventud de la que prácticamente se nutría la empresa prefirió cambiar de aires, enrolándose principalmente en Pizza-Hut, su eterna rival. Una desorientada juventud que optó por el camino fácil de las mejoras salariales y vacaciones remuneradas frente al sacrificio y al honor que suponía combatir defendiendo unos Principios Fundamentales a los que antaño habían jurado fidelidad durante el solemne acto de su contratación. Y así, tras el abandono masivo de sus hasta entonces inseparables compañeros –hasta el martirizado Snoopy que llevaba pegado en su moto pidió la baja por una invalidez del 75 %-, la pérdida de sus dos primos, la traición del cuñao, y la reciente jubilación forzosa de su padre, Juan Carlos Minglanilla se convirtió en el último superviviente de una raza que estaba condenada a la extinción.

Una vez entregado el pedido, Juan Carlos bajó de nuevo a la calle y cerró el cajón donde guardaba las pizzas mientras distraídamente se guardaba el dinero en la faltriquera. Arrancó el vespino, dio la vuelta y atravesó veloz la calle, quebrando de nuevo el silencio con el característico rugido de combate de su máquina. Llegó hasta una gran avenida, atestada de vehículos por todos los carriles, y se adentró por uno de ellos que le llevaba directamente hacia el hogar de su próximo cliente.
Las jornadas se convertían en agotadoras, ya que él era el único repartidor de la empresa y debía hacer todos los pedidos que antes se repartían entre veinte compañeros. Si no lo habían despedido ya era por una especie de deuda que habían contraído con su padre, al que nunca estarían lo bastante agradecidos por la extraordinaria formación que éste impartió durante tanto tiempo, logrando que Telepizza se convirtiera en una empresa puntera en el mundo del reparto a domicilio. Así que Juan Carlos, representante de la última hornada de verdaderos jinetes del asfalto, recorría la ciudad de cabo a rabo, sudaba gasolina, escupía anticongelante y se rascaba los huevos con unos ajados guantes de cuero por donde a veces se escapaban sus dedos agarrotados.

Pero a él no le importaba. Le gustaba sentir el viento golpeándole fuertemente en el pecho, el sabor dulzón de la sangre después de una buena hostia, el éxtasis que le producía adelantar a una Harley-Davidson con su vespinillo de motor trucado… Él era feliz. Y porque era feliz, no le importaba que fueran las doce menos cuarto y todavía tuviese que entregar un pedido más. Y por eso adelantaba alegremente a todos los coches, a esa patrulla de la policía nacional que iba pisando huevos, al inoportuno camión de la basura, esquivaba hábilmente a los repartidores de la competencia –siempre soñando que alguno de ellos fuera su cuñao-, a la ambulancia de turno, a ese camión que se atraviesa en medio de la calle en el momento menos esperado… Pues no, a ese no lo esquivó. Que putada, nos quedamos sin protagonista casi al principio del relato. Qué cosas. Pues nada… Fin.

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