DENTRO DE UNOS AÑOS

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(relato escrito en año 2000)

Apenas quedan unos minutos para que den las ocho. Panchitos, frutos secos, patatas y demás viandas pueblan la mesa que se encuentra frente al televisor. Por la puerta del salón aparece Juan Carlos, quien haciendo gala de sus deberes como anfitrión ofrece a sus dos invitados un amplio surtido de bebidas. Pedro se sirve alegremente un Chivas, pues sabe que es de tontos escatimar cuando el que paga es otro. Ricardo en cambio, más recatado que su amigo, escancia una cerveza en la jarra que amablemente le ha traído Juan Carlos. Este último, mientras busca el canal donde transmiten el partido, abre otra cerveza y comienza a bebérsela sin necesidad de vaso.
Un plano general del estadio nos muestra a un Bernabéu lleno hasta la bandera. La ocasión sin duda lo requiere. En breves minutos se enfrentaran dos de los semifinalistas de la copa de Europa del dos mil diez, Real Madrid e Inter de Milán. Una hora más tarde se jugará en Amsterdam la otra semifinal, el Ajax contra el Borussia Dortmund.

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AQUELLAS TIERNAS MASCOTAS

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Nos acompañaron en la infancia, convertidas gracias a nuestro capricho en inseparables compañeras de aventuras, amigas fieles y objeto de inagotables caricias. Sin embargo, desmadejado ya el envoltorio de la novedad y repuestos del empalagoso exceso de los primeros días, poco a poco la relación se fue enfriando hasta convertirlas en carne de abandono o, en el peor de los casos, destinatarias de tan horribles experimentos que a nuestro lado el doctor Mengele sería un simple Sánchez Ocaña del Tercer Reich.

Quién no se acuerda de aquel simpático hámster que tuvo en aquella época en la que, cual Carpanta alevin, soñaba continuamente con zamparse cargamentos enteros de tigretones, y en la que la pelusa bigotera aún no había hecho acto de presencia. Aquel divertido ratoncillo le alegraba a uno la tarde, viéndolo correr absurdamente por una pequeña noria que se ponía en pocos segundos a más revoluciones que un single de Juan Pardo. Además, el bichejo tiraba de pipas sin cortarse un pelo, capaz de cascarse un par de bolsas de las grandes mientras seguía intrigado junto a nuestra madre el episodio de sobremesa de Dallas. Encima, con el tiempo cogía confianza y las pedía incluso con sal.

Y claro, este era el punto de inflexión que nos hacía decir ¡Hasta aquí hemos llegado, Perico! De la noche a la mañana, hartos ya de sus reivindicaciones y del odioso soniquete de la noria, que nos despertaba a media noche, le dábamos dos opciones a la rata: o se mudaba a un descampado, o elegía la drástica solución del viejo trozo de cabrales aliñado con veneno. Normalmente escogían la primera.

Otras mascotas clásicas -obviaremos perros o gatos, que esos merecen artículo propio- serían las tortugas, a las que se depositaban en una minipiscina en forma de riñón, con una palmerita en medio y dos centímetros de agua. Con el mismo problema que el hámster, pues cuando le habían dado ya veinte vueltas a su acuático zulo estaban ya locas de atar, y tan sólo les faltaba ponerles el embudo o un papel de periódico en la cabeza en forma de sombrero y decir que eran la Tortuga D´artagnan. Tristemente, su destino solía ser el tubo de la risa de la cisterna, que las llevaba directamente a las cloacas, donde cuentan algunas leyendas urbanas que los empleados de limpieza han visto alguna vez gigantescos y mutantes especímenes fumando petas mientras echaban un mus.

Otros bichos que están ahí, aunque nunca aportaron nada, son los pollitos de colores y los gusanos de seda. ¿Cómo se juega con ellos? Tú tírale un palo a un pollo a ver lo que te dice. Que muy bonito, muy salao todo, pero el palo lo traiga tu padre, a mi dame alpiste y llámame tonto si quieres. Desde luego, su fin era casi siempre el mismo, abría uno la puerta a toda leche al llegar del colegio y al pobre pájaro no le daba tiempo ni decir ni pío. ¡Piti! ¡Roberto! ¡Halcón Negro!-eso ya iba en función del gusto y personalidad del dueño-, ¿Dónde estas? Cuando se cerraba la puerta un pequeñísimo polluelo aparecía planchado en la pared, inspirando quizá a Mariscal en el futuro diseño de Koby, aquel horroroso perro planchado que nos coló en la Expo 92.

Los gusanos de seda, más de lo mismo. O peor, qué coño. Porque con éstos si que no se podía hacer nada de nada. Con el pollo todavía lo perseguías por casa o experimentabas aterrizajes forzosos a gran altura, pero los gusanos tan sólo servían para la contemplación. Tras reciclar una caja de zapatos en las que hasta ese momento se guardaban unas olorosas zapatillas de deporte, la tapa era agujereada y en su interior se colocaba una apetitosa –supongo que para ellos- alfombra de morera por la que los gusanos retozaban alegres, aunque algo mareados los primeros días, eso si, gracias al pestazo a pies que aún se respiraba en aquel enrarecido microclima. Su fin, quizá el más violento de todos, era el de dar con sus larvas, capullos u horribles mariposas que salían de ellos como si de un monstruoso huevo Kinder se tratase, directamente a la basura, acompañada de la clásica frase paterna ¡A la mierda ya con estos bichos, hombre!

Estas eran parte de las mascotas de mi época. Luego, con los años, los snobismos y gusto por lo exótico hizo que los pollitos de colores, gusanos de seda –¿conocen a alguien que los tenga hoy en día?- tortugas, fueron sentados en el banquillos para subir al primer equipo a iguanas, tarántulas, cacatúas, perros microscópicos, etc.

Incluso sé de un caso en el que alguien fue a casa de un amigo y, al entrar en el baño para aligerarse la vejiga, su aterrada culebrilla se encontró de frente con una gigantesca pitón que plácidamente anidaba en la bañera, mirándola ésta con tiernos ojos como diciéndole ¡Hija mía, ven con la mamma!, ignorando por completo el pálido rostro de su dueño, que se encomendó a San Antón para ver si le ayudaba a salir de tan complicado brete.

En fin, pese a que nunca he sido muy de mascotas, añoro un poco las que comenté antes, y espero que les vaya bien a las que sobrevivieron de mi época, e igual andan por ahí, formando una curiosa pandilla con un hámster vigoréxico –tras años de continuo ejercicio noriero, como para no estarlo-, unas tortugas mutantes, varios gusanos despistados y algún pollo colorao que escapó de coña a su destino. Vamos, que solo falta el gitano y la cabra para que se marquen entre todos una turné por la ciudad.

CHANQUETE RESURRECTION

 

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Publicación de libro de humor Chanquete Resurrection.

ARTÍCULO DE EL PAÍS SOBRE EL LIBROS

9 de febrero de 2007. La resurreción de Chanquete

Un escritor de Córdoba, bajo el pseudónimo de Rodrigo del Lago, presenta hoy en la capital cordobesa una parodia surrealista sobre la archiconocida serie de televisión Verano Azul, dirigida por Antonio Mercero, en la que el mítico Chanquete resucita para vengarse de su muerte. Rodrigo del Lago explica que el argumento de su libro, Chanquete Resurrection, se basa “en un siniestro secreto oculto sobre la muerte de Chanquete que los componentes de la pandilla han estado guardando celosamente durante todos estos años”.

PRESENTACION CHANQUETE RESURRECTION

NUEVA PORTADA

PORTADA CHANQUETE RESURRECTION

LA BODA DEL AÑO

BODA FRIKI

Es curioso pero, en los tiempos que corren, donde parece que ya no nos sorprende nada, a veces, gracias a Dios, sucede algo inesperado, como por arte de magia, que consigue hacer tambalearse durante un breve espacio de tiempo nuestra ya casi inmune capacidad de sorpresa. Un servidor, curtido en los últimos años -para desgracia de mi bolsillo- en bodorrios de todo tipo y condición, tanto de familiares como de amigos, compañeros de trabajo o compromisos de diverso pelaje, nunca habría imaginado que en la boda de uno de sus antiguos compañeros de colegio iba a disfrutar de una de las mejores noches de su vida. Y menos aún cuando, en principio, la boda apuntaba maneras para ser un verdadero coñazo, ya que iba solo y apenas conocía a seis o siete compañeros del colegio con los que no tenía relación alguna y siempre me habían parecido unos auténticos gilipollas. Por cierto que con respecto a mi amigo, al que en adelante llamaré Pedro para evitar dar nombres y apellidos, tardé poco en descubrir si había sido uno de los que había invitado para fastidiarles y sacarles por lo menos el regalo de boda -lo que haría que elogiase aún más sus maquiavélicas ideas, hasta ese momento desconocidas para mi- o tan solo porque tenía cierto aprecio por mi persona. En fin, lo que tengo claro es que no sé si para la novia sería el día más feliz de su vida -cosa que dudo por cómo fue organizada-, pero lo que es para mi, desde luego no ha habido otro que lo haya superado hasta la fecha.

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EL HOMBRE QUE NO TENÍA MÓVIL

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Juan era un tipo corriente, de esas personas con las que uno se cruza todos los días sin que nunca consigamos recordar su cara. De estatura más bien pequeña y pelo negro, con unas ya significativas entradas que le hacían parecer más mayor de lo que realmente era. Unas grandes gafas de pasta oscura disimulaban sus pequeños y tímidos ojos tras los cristales de varios aumentos. Siempre vestía trajes de color azul marino o grises, para pasar mejor desapercibido entre la multitud. A sus treinta y ocho años se sentía realizado con su trabajo de cajero en la sucursal de un gran banco de la capital, con las tardes libres para dedicarlas a su familia -su mujer María y su hija Jeniffer-, y a sus amigos dos días a la semana en las tertulias taurinas de la peña “ Los Joselitos “. Vivía en el tercer piso de un bloque de viviendas en un popular barrio madrileño y sus vecinos lo tenían por una buena persona, un tanto peculiar, pero buena persona.

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