EL HOMBRE QUE NO TENÍA MÓVIL

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Juan era un tipo corriente, de esas personas con las que uno se cruza todos los días sin que nunca consigamos recordar su cara. De estatura más bien pequeña y pelo negro, con unas ya significativas entradas que le hacían parecer más mayor de lo que realmente era. Unas grandes gafas de pasta oscura disimulaban sus pequeños y tímidos ojos tras los cristales de varios aumentos. Siempre vestía trajes de color azul marino o grises, para pasar mejor desapercibido entre la multitud. A sus treinta y ocho años se sentía realizado con su trabajo de cajero en la sucursal de un gran banco de la capital, con las tardes libres para dedicarlas a su familia -su mujer María y su hija Jeniffer-, y a sus amigos dos días a la semana en las tertulias taurinas de la peña “ Los Joselitos “. Vivía en el tercer piso de un bloque de viviendas en un popular barrio madrileño y sus vecinos lo tenían por una buena persona, un tanto peculiar, pero buena persona.


Esta peculiaridad radicaba en una serie de hechos y comportamientos fuera de lugar entre la gente normal. Tales podían ser por ejemplo ir de luna de miel a Escocia en vez de hacerlo al Caribe como la gente de bien. Éste hecho estuvo a punto de evitar la boda con María al darle tamaño disgusto dos semanas antes del sagrado contrato. Don Álvaro, el padre de María, había prometido pagarles el viaje de boda pero al enterarse del destino retiró inmediatamente la subvención, alegando que él no pagaba una luna de miel a un sitio hortera. María lloró y lloró intentando convencer al pobre Juan, quién por una vez en su vida se mantuvo fiel a sus principios, pagando el viaje con el dinero destinado a la televisión y el vídeo. Ésta fue la causa de las primeras peleas del matrimonio, que desgraciadamente con el tiempo se convertirían en algo habitual.
A raíz de no tener televisión, algo impensable en una familia decente, lógicamente tampoco podía ser socio de ningún canal de pago. Doña Laura, la clásica vecina del quinto, no comprendía cómo se podía vivir sin canales en los que proyectaban películas de guerra, comedias de los años cuarenta, documentales sobre la gallina etíope o la mosca australiana, televentas, y mucho menos no tener antena parabólica para sintonizar programas en inglés, alemán, ruso, chino o tagalo, cuando curiosamente esta bendita mujer hablaba el castellano en su nivel más básico. Su marido miraba a Juan con la expresión del que contempla a un desgraciado, con lástima. ¿ Cómo podía haber un hombre al que no le gustase el fútbol? -pensaba cada vez que se acordaba de su vecino.

Pero no era totalmente cierta aquella afirmación, pues a Juan le gustaba el fútbol aunque prefería jugarlo a verlo en la televisión. Ésta era una de las ventajas de no poseer el idolatrado objeto. De pequeño seguía la liga con interés, los domingos en el Rastro cambiaba los cromos de los jugadores con niños y mayores y cuando los miércoles retransmitían un partido por la tele no se lo perdía nunca. Era en aquellos lejanos tiempos en los que jugaban españoles en la liga nacional, ahora, sin embargo, las tornas habían cambiado y lo exótico era ver a un jugador español entrar en la alineación de un equipo de primera, dándose el caso de un año en el que llegaron a jugar tres en un partido oficial.
Otra de las excentricidades por las que sufría una crítica feroz a sus espaldas por parte de su familia, amigos e incluso su propia mujer, era aquella de no llevar nunca riñonera, ni cuando iba al campo, ni en verano cuando hacían turismo en alguna ciudad, o lo peor de todo, ni cuando iban a la playa. Su suegro le regañaba constantemente recordándole que siempre debía copiar de los que sabían más, de él, de su clase, de cómo había llevado durante años con gracia y señorío la indispensable maricona, sencilla pero elegante. La riñonera era lo que tocaba ahora y tenía que adaptarse a los tiempos. Al final, Juan acabó claudicando ante las insistentes peticiones familiares.
Todos estos hechos poco a poco iban enfriando la relación de Juan y María. Ella lo quería e intentaba llevar a su marido por el buen camino, hacer de él un hombre normal, pero la presión social podía más que aquellas buenas intenciones y cada día tenía menos puntos en común con Juan. Había logrado algunas victorias eso sí, como la de convencerlo para ponerse el chándal cuando compraban en unos grandes almacenes; que le pagara la suscripción a la revista Diez Minutos y Cosmopolitan; ponerle a la niña Jeniffer; dejar que llevase a ésta a un casting de una serie de televisión par ver si la niña se hacía famosa… Pero cada victoria de María daba lugar a un nuevo paso atrás en la relación con Juan. Cuando la cosa estaba más tensa, llegó la gota que colmaba el vaso. El teléfono móvil.
Al principio María le insinuaba a su marido, coqueta y con buenas artes, la compra de uno de esos preciados aparatos. Intentaba convencerlo de las ventajas de este tipo de teléfonos. Lo que en principio eran cariñosas peticiones, con el tiempo se convirtieron en violentas reivindicaciones. Pero Juan no estaba dispuesto a ceder en este tema. Nunca le gustaron los odiosos teléfonos pero sobre todo había otra causa de fuerza mayor que le impedía hacerse con un móvil. Su padre, en el lecho de muerte, le hizo prometer que nunca poseería un teléfono móvil.

Una fría noche de invierno, tres años antes, el viejo trabajador de Telefónica había hecho prometer a su hijo mayor que nunca mientras viviese adquiriera uno de esos demoníacos inventos, pasase lo que pasase. Tras cuarenta y dos años de instalador de teléfonos con cable ahora llegaban unos malditos intrusos para acabar con su labor de toda la vida. El inalámbrico había sido el síntoma y el móvil era la enfermedad. El día de su jubilación maldijo ante las puertas del edificio de Telefónica a todos los que con su esfuerzo habían contribuido al desarrollo de la comunicación por ondas. Y claro, Juan no podía incumplir la promesa hecha a su padre cinco minutos antes de que se viera cara a cara con San Pedro. Por primera vez en mucho tiempo plantó cara a su mujer, algo que no sucedía desde el altercado de la luna de miel.
La situación entonces se volvió insostenible, con grandes broncas en la casa que dieron lugar a ser el tema preferido de los vecino22s durante las tediosas sobremesas. Estos lógicamente estaban de parte de María y su hija. 22La pequeña Jeniffer, con sus catorce años recién cumplidos, se enfrentaba continuamente a su padre por no comprarle el dichoso móvil. Sí; su propia hija estaba contra él. La niña que según su madre tenía un tipito de modelo que la haría llegar a las pasarelas de medio mundo, como la Chifer esa. Pero Juan no lo creía así y cada vez que veía a Jeniffer salir camino de la discoteca con los pantalones negros ajustados hasta la rodilla y abiertos en campana hacia abajo, con sus zapatos de triple suela que le obligaban a hacer equilibrios para no caerse, con esas camisetas ajustadas que empezaban a marcar unos incipientes pechos y su pendiente en la nariz, más que un proyecto de modelo le parecía más bien un gran proyecto de guarra ,aunque claro, esto era algo que nunca decía para no dañar a su pequeña.
Un día al dar un paseo con su mujer comprobó sorprendido como todo el mundo llevaba y hablaba por un móvil. Lo que al principio le pareció curioso, al cabo de unos minutos le resultó aterrador. Ejecutivos enchaquetados hablando desde sus impecables coches; un albañil barrigón, con el Marca en el bolsillo trasero del mono y una cerveza en la mano izquierda, discutía con un amigo sobre el partido del atleti del pasado domingo; señoras mayores comentando los ingredientes del estofado de buey mientras cruzaban el paso de cebra; niñas de quince años conversando a gritos acerca de lo bueno que estaba el novio de Yolanda o que Marimar ya no era virgen; el viejo mendigo de la esquina, el de siempre, el de toda la vida, consultándole a un compañero cómo estaba el negocio en la puerta de Los Jerónimos; asistentas con el carrito de la compra lleno hasta los topes explicando a las amigas por qué Carlos Eduardo mató a Walter, el mayor de los Mendoza, ante la atónita mirada de Esperanza Aurelia; hasta don Matías, el cura de la parroquia, platicaba alegremente sobre la última película de Van Damme…

Juan no salía de su asombro. Observó también que la gente hablaba a gritos, dándole la sensación que esta elevación del tono de voz se debía a un acto intencionado de los usuarios para demostrar a los demás que tenían teléfono móvil. Mientras estas lucubraciones ocupaban su mente, una niña se fijó en él. Tendría alrededor de seis años e iba agarrada de la mano de su padre, que lógicamente hablaba por teléfono en ese momento. Espontáneamente, como actúan los niños, gritó ¡ Papá, ese señor no habla por teléfono!¡ A lo mejor no tiene móvil!
Un silencio sepulcral se adueñó entonces de la transitada calle. Todos los transeúntes abandonaron simultáneamente sus conversaciones y dirigieron las miradas a Juan y a su mujer, que en ese instante se había echado unos metros hacia atrás. Cientos de miradas inquisitoriales en espera de una justificación ante tamaño pecado, y no podía ser una justificación cualquiera. Para María fueron unos segundos interminables, creyéndose ella sola el blanco de todas las miradas. Entonces, sin avergonzarse en absoluto, negó por tres veces ante el público congregado conocer a Juan. Lo gritó bien alto para que no hubiese dudas y se excusó por no llevar móvil en ese momento diciendo que había salido a comprarse uno nuevo pues el suyo estaba estropeado desde el día anterior. Juan la miró triste y sorprendido pero no dijo nada. Todo lo que un día sintió por ella se acababa de esfumar en ese preciso instante. María permaneció un momento quieta sin atreverse a mirar a los ojos a su esposo, marchándose rápidamente de aquel odioso lugar. Entonces Juan reaccionó un poco ante la sucesión de acontecimientos que acababan de ocurrirle y contestó con rabia a la expectante multitud.
– ¡ Sí, es cierto, no tengo teléfono móvil! ¡ Nunca lo he tenido y espero no tenerlo jamás!
Sus palabras fueron como un jarro de agua fría para todo el mundo. La gente comenzó a comentar en alto que parecía increíble que en estos tiempos todavía quedasen individuos como este, sin móvil. Lo que al principio sólo era un leve murmullo, al rato se fue convirtiendo en un griterío ensordecedor. El padre de la niña que había levantado la liebre, la subió en sus brazos y se alejó de allí. Un grupo de ancianos que había junto a Juan se apartó de su lado apresuradamente, y dos mujeres con pinta de beatas, las cuales estaban siguiendo el patético suceso desde el principio, se santiguaron cinco veces cuando pasó a su lado el infame hombrecillo. A partir de este día la vida de Juan se convirtió en un infierno.
Creía estar viviendo en una terrorífica pesadilla, pero aquello era real, muy real. Parecía un apestado. La gente hacía un pasillo humano por donde él pasaba, nadie quería tocarlo. Inmediatamente se ponían a hablar por teléfono y contar su caso a las amistades, dando el mayor número de gritos posible. Juan se sintió entonces como un judío en la época de los progromos. Todo el mundo señalándolo y marginándolo. ¡ Ése, es ése, el que no tiene móvil! -comentaba todo el mundo cuando lo veía. Todos los habitantes de la ciudad lo sabrían pronto, habían descubierto a uno de esos bastardos. Mientras ellos, honrados ciudadanos, hablarían más alto y ante el mayor número de personas posible para que vieran que ellos sí eran normales, que tenían móvil. Como en aquellos tiempos en los que empezó a hacerse la matanza en la puerta de las casas para que los demás viesen que ellos eran cristianos viejos y comían cerdo. Esto era igual y Juan lo sabía. Pronto irían a por él, le harían la vida imposible, le echarían del trabajo, sólo faltaba que le pasasen la mancha negra.
Pero por mucho que le hiciesen sufrir no cedería ante la sociedad. Había hecho una promesa a un moribundo, que encima era su padre, y por nada del mundo caería en sus manos un teléfono móvil. Aceptó con resignación cómo aquellos que había juzgado amigos se convertían de la noche a la mañana en sus más acérrimos detractores. Sentía un millón de ojos clavándose en su espalda cada vez que se daba la vuelta. Su mujer abandonó el hogar familiar, enviándole a las pocas semanas unos documentos para la solicitud de separación. Sorprendentemente junto a estos documentos había un impreso oficial con el requerimiento del juez de primera instancia para que se presentase dos días más tarde para solucionar el problema de la separación por vía urgente. Así que aturdido y desanimado se dirigió a los juzgados para luchar por la custodia de la niña.
No tuvo ni una sola oportunidad. La nueva ley aprobada por mayoría absoluta en el congreso prohibía, en el apartado primero de su artículo 73, conceder la custodia de los hijos menores de edad al progenitor que no fuese titular de un teléfono móvil. Este apartado primero era debido a la alarma social creada en torno al tema, por lo que se había colocado la titularidad de uno de estos teléfonos por encima de otras causas de separación como el maltrato de la familia, abandono injustificado de la misma, infidelidad, etc. Además de no conceder la custodia prohibía cualquier régimen de visitas, encontrándose Juan en una situación de impotencia absoluta.

Y allí, junto a la puerta de los juzgados, se acercó para dar un último adiós a su hija Jeniffer, adelantándose ésta para besarlo rápidamente y evitar así que nadie pudiera verlos juntos. Este hecho hizo que se derrumbase moralmente. Podía aguantar el desprecio de sus compañeros de trabajo, de sus antiguos amigos, de su mujer. Podía resistir la humillación de subir por las escaleras al no dejarle los vecinos coger el ascensor. Incluso resistía estoicamente el ser apedreado por hordas de chiquillos de seis o siete años cada vez que salía por las tardes a pasear al parque. Pero lo que no pudo soportar fue dejar de ver a su pequeña Jeniffer. Sin ella la vida se hizo más odiosa de lo que ya era. Los días convertíanse en oscuros e interminables y aquel cuerpo pequeño y delgado cada vez respondía menos a las órdenes de su dueño.
Una mañana de febrero, Juan se encontró paseando distraídamente por una solitaria calle. Era temprano, alrededor de las ocho, y el frío ayudaba a que la gente permaneciese calentita en sus camas en aquel primer domingo del mes. Estaba acostumbrado a la soledad y prefería pasear cuando las calles se hallaban vacías y no le podía rehuir la gente o tirarle piedras los niños. Andando andando llegó hasta el viaducto, mítico lugar de los suicidas madrileños. La verdad es que no sólo madrileños sino también de otras provincias cercanas a la capital e incluso algunas lejanas, ya que todo el mundo conocía a alguien que tenía un tío, un amigo, o un vecino, que había marchado a la capital a dar el gran salto. Era tradición en el mundillo de los suicidas – los aspirantes o los que habían sobrevivido a algún intento- y tirarse desde un viaducto en Córdoba, Tarragona o Parla no tenía prestigio.
Empezó a observar el lugar con gran interés. Quizá allí estuviese la solución a sus problemas. Sí, ¿por qué no?. El maldito mundo de los timbres de teléfono, de conversaciones absurdas, de marginación absoluta, podía acabar de una vez por todas. Miró al cielo y se encomendó a los dioses, pronto estaría con ellos. Ya estaba decidido. Se quitó las gafas de pasta oscura para poder sentir el aire de la mañana al caer, en la boca, en la nariz, en los ojos. Entonces se puso a correr como un poseso sacando fuerzas de su pequeño y débil cuerpo. Estaba sólo a unos pocos metros de la libertad y comenzaba a sentirse feliz como un niño. Cogió impulso para el salto y cuando sus pies se disponían a dejar el suelo…
¡ Blooomm! El golpe fue terrible. Juan quedó tendido sobre la acera con la boca y la nariz ensangrentadas. Había perdido el conocimiento, pero no por haber dado el gran salto sino por haberse estrellado contra una mampara de metacrilato puesta por el ayuntamiento para evitar los constantes intentos de los intrépidos suicidas. Al quitarse las gafas para aspirar con ganas el aire de la libertad ni siquiera pudo intuirla y se dió de bruces contra la invisible pantalla.

No era justo, se privaba a los pobres ciudadanos de poder realizar a sus anchas un acto supremo de libertad. Habían impedido que un buen hombre como Juan pudiese desprenderse de todas las ataduras de este mundo y proyectarse al universo. Pero el mundo no conocía a Juan. Cuando despertó en la cama de un frío hospital con toda la cara magullada, tardó un buen rato en comprender lo que había sucedido. La cama de al lado estaba ocupada por otro enfermo que charlaba con su familia por un asqueroso teléfono móvil. Esto ya era demasiado. No se respetaba ni la tranquilidad de un convaleciente. Con la vista dió una vuelta circular alrededor de la habitación, descubriendo una ventana abierta a través de la cual se podía ver un edificio más pequeño de cuatro plantas. Se encontraba a una buena altura para volar. Y entonces, levantándose de un brinco, corrió hacia la ventana mientras gritaba como un loco, ¡ Muerte a los teléfonos móviles!, ¡ Viva la telefonía por cable! Y saltó…
Esta vez si fue un salto certero. Pudo comprobar en sus propias carnes lo cierto que era ese dicho según el cual cuando tienes la muerte delante le pasa a uno la vida entera, como en una película, en tan sólo unos segundos. Sí. Pudo verse de pequeño en los jardines que había enfrente de su casa, jugando a las canicas con sus amigos; cuando a los doce años dió su primer beso a Luisita la coja; estudiando los exámenes de COU siempre el día de antes; los viajes veraniegos con sus amigos por las antiguas posesiones españolas de la Costa Del Sol, ahora ya convertidas en colonias inglesas y danesas al igual que las Baleares y Canarias eran alemanas; viendo aquellas viejas películas del oeste que ponían entre los anuncios; aquellos tranquilos paseos por el parque con María, entonces su novia, donde las personas hablaban entre ellas y no por teléfono; vió el día de su boda y recordó el conflictivo viaje posterior; contempló de nuevo el nacimiento de la niña, donde le obligaron a estar presente; recordó también las continuas broncas con María sobre la compra del móvil o la cara azulada de la pequeña Jeniffer al beberse medio bote de Mistol como protesta por no haberle comprado por su décimo cumpleaños un móvil igual que el de su amiga Maruchi; revivió la escena en la que su mujer lo negaba tres veces; todos aquellos sucesos posteriores y la pérdida de Jeniffer; también recordó… ¡ Plassss!
Así acabó Juan, estampado contra el suelo como en una de esas escenas de los dibujos animados. Un gran charco de sangre se extendía por la fría calzada. La gente empezó a rodear lo que quedaba de Juan, aunque él ya no estaba allí, era libre. Su alma se elevó por encima de las cabezas de los presentes sintiéndose de una vez por todas fuera de aquel horrible mundo. Una paz cálida, deliciosa, lo envolvía de forma placentera y misteriosa. Abajo, la gente comentaba que el que se había tirado por la ventana del hospital era el desgraciado que no tenía móvil. Ni una lágrima de condolencia se vió en los ojos de los testigos del suceso de la mañana. Al fin y al cabo se había hecho justicia, un ser así era perjudicial para la sociedad.
Al día siguiente su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la Almudena sin que asistiera nadie al acto. Ni siquiera su mujer, ni siquiera su hija. Juan contemplaba desde la parcela de cielo que le había correspondido como espíritu libre, la introducción de sus restos en el nicho de turno. Lo contemplaba sin emoción, sin importarle nada, casi con alegría por ser libre de una vez. Y cuando desde las alturas comenzaba a alejarse del lugar de su última morada en la tierra, algo increíble sucedió. Primero sonó muy bajito, casi imperceptible, pero el segundo y tercer tono confirmaron las temidas sospechas de Juan. Allí, junto a su tumba, un teléfono móvil sonaba endiabladamente a todo volumen. Habían enterrado al huésped del nicho vecino con su teléfono móvil. Por muy increíble que pareciese no dejaba de ser cierto. Como los antiguos egipcios, enterrado con sus objetos más queridos igual que el viejo Tutankhamon, con la única diferencia del nombre, Manolo Pérez. Entonces una angustiosa duda recorrió con fuerza el etéreo ser del pobre Juan. ¿ Tendrían alma los teléfonos móviles?, ¿ Habría móviles en el cielo?

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