DENTRO DE UNOS AÑOS

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(relato escrito en año 2000)

Apenas quedan unos minutos para que den las ocho. Panchitos, frutos secos, patatas y demás viandas pueblan la mesa que se encuentra frente al televisor. Por la puerta del salón aparece Juan Carlos, quien haciendo gala de sus deberes como anfitrión ofrece a sus dos invitados un amplio surtido de bebidas. Pedro se sirve alegremente un Chivas, pues sabe que es de tontos escatimar cuando el que paga es otro. Ricardo en cambio, más recatado que su amigo, escancia una cerveza en la jarra que amablemente le ha traído Juan Carlos. Este último, mientras busca el canal donde transmiten el partido, abre otra cerveza y comienza a bebérsela sin necesidad de vaso.
Un plano general del estadio nos muestra a un Bernabéu lleno hasta la bandera. La ocasión sin duda lo requiere. En breves minutos se enfrentaran dos de los semifinalistas de la copa de Europa del dos mil diez, Real Madrid e Inter de Milán. Una hora más tarde se jugará en Amsterdam la otra semifinal, el Ajax contra el Borussia Dortmund.


Los jugadores salen al campo y comienzan a realizar los necesarios ejercicios de calentamiento. En la pantalla aparecen las alineaciones de ambos equipos. Un grito unánime de satisfacción suena en el salón cuando descubren que el nombre de Raúl se encuentra en el once inicial. Sus presagios fatalistas han sido errados por esta vez, ya que Míchel, con muy buen criterio, ha preferido la veteranía del mítico número siete frente a la inexperiencia en este tipo de eventos de sus jóvenes delanteros yugoslavos. Quizá también para acallar un poco las críticas sobre las últimas derrotas en liga, donde hace meses que no saca a un jugador español.

La prensa especializada ha atacado con saña a los mediocres fichajes de la temporada, donde hay un predominio absoluto de jugadores foráneos, siendo especialmente duros con sus tres centrales rusos Misha, Sasha y Pisha, a pesar de que este último sea de ascendencia andaluza.
El árbitro indica el inicio del partido y la señal parece servir también como orden para que los tres forofos madridistas ataquen sin cuartel las fuentes de aperitivos. A pesar de estar acercándose ya peligrosamente a la barrera de los cuarenta, su filosofía de vida no dista mucho a la que tenían con veinte años.

Siguen reuniéndose casi a diario -a las diez en Virginia-, junto con otros tres amigotes más, también amos de casa. Los fines de semana tienen partida de mus en la casa que toque y los domingos al fútbol, cuando no haya toros… Se sienten felices y no cambiarían su vida por nada del mundo. No entienden a aquellos hombres que se echan a la calle para reivindicar más puestos de trabajo masculinos. Saben de sobra que la manifestación convocada para ese mismo miércoles por el PFL -Partido Femenino de Liberación- con el lema “POR LA INCORPORACION DEL HOMBRE AL TRABAJO”, no tendrá ningún éxito. Sin embargo están convencidos de que hará más ruido la contramanifestación espontánea que siempre se forma en estos casos -y en éste concretamente, por hombres a los que no les guste el fútbol- con lemas en los que la vulgaridad alterna con el más fino sentido del humor; “NOS QUITASTEIS EL TRABAJO AHORA IDOS AL CARAJO”, “LA MUJER EN LA OFICINA Y EL HOMBRE EN LA COCINA”, “VIVA, VIVA, VIVA, LA MUJER EJECUTIVA”.
Juan Carlos, el dueño de la casa, se dedica a sus labores. Por la mañana, tras llevar al niño al colegio, limpia la casa y prepara la comida. A las doce compra el periódico y está entretenido hasta la una y media, cuando tiene que recoger a su hijo Carlos. Tras la comida y la siesta, queda con los amigos en un selecto y antiguo club llamado Círculo Conservador, una especie de gueto donde las mujeres aún no han conseguido hacerse con las riendas. Allí hablan de historia, política, fútbol, toros, etc. Tras la partida de dominó de todas las tardes, marcha hacia su casa para preparar la cena.

A las nueve y media llega María, su mujer. Charlan sobre las cosas que les han sucedido durante el día, y sobre las diez, María suele irse a la cama porque está rendida tras el duro trabajo en el despacho. Es abogada, una de las miles de Madrid, y además es íntima amiga de la mujer de Ricardo, también letrada. Ambas se suelen quejar, como la mayoría de las mujeres, de que los hombres sólo se dedican al hogar mientras ellas no paran de trabajar para llevar un sueldo a casa, y encima, cuando terminan la jornada laboral, están tan cansadas que no tienen fuerzas para salir a la calle con sus maridos. Sin embargo éstos no se quedan en el hogar familiar acompañando en la cama a sus mujeres, sino que se van de juerga casi todas las noches con sus amigos.
En cambio Juan Carlos ve la situación desde otro punto de vista. Siempre se dice a sí mismo que si llega a saber que lo que las mujeres deseaban era trabajar tanto, la carrera de derecho, el año en Estados Unidos y el máster MBA lo hubiera hecho Rita. Las noches en vela estudiando el odioso administrativo, el dineral que se le iba en fotocopias de los apuntes de sus compañeras, las broncas de su padre cuando suspendía alguna… Y todo para optar a un maldito puesto de trabajo, el cual se lo daban siempre a una mujer mucho mejor preparada que él. Gracias a Dios, con el tiempo las cosas empezaron a cambiar para mejor. Los hombres decidieron quedarse en sus casas cuidando y educando a los hijos, limpiando, haciendo la comida, llevando las cuentas… Así lleva siete años. Se siente realizado con su vida, tiene tiempo de leer y pintar -sus dos aficiones favoritas-, de salir con sus amigos, de ir a los toros y al fútbol, de despertarse a las nueve…
-¡Goool!
El Madrid acaba de marcar el primer tanto del partido. El griterío no sólo se produce en el salón, sino que por todas las ventanas del barrio asoman banderas blancas y hombres en avanzado estado etílico escupiendo por sus bocas todo tipo de improperios contra las alegres gentes del país de la pizza y los espaguetis. Si el bueno de Marco escuchase lo que han dicho de su pobre madre…, y del mono… Los tres amigos se felicitan entre ellos, como si también hubieran sido partícipes del gol de Marceliño. Tras las efusivas celebraciones, Pedro se encarga de volver a la cocina para traer más cerveza para sus amigos y más hielo para su próximo whisky.
Pedro es un tipo peculiar. Trabaja de animador de oficina en una empresa de telecomunicaciones. Es una ocupación relativamente moderna en España, tan sólo lleva cuatro años, pero en Estados Unidos, cómo no, funciona desde hace mucho tiempo bajo el nombre de office showman. Es una profesión especialmente pensada para aquellos hombres simpáticos y chistosos que necesitan aportar dinero en casa cuando con el de su mujer no llega para hacer frente a los gastos familiares. Durante los descansos de las empleadas y de las jefas, aparece con un micrófono en sus manos contando todo tipo de estupideces e imitando a la presidenta del gobierno y demás políticas del momento.

Especialmente exitosa es la parodia que hace de la vicepresidenta del gobierno, a la que llama cariñosamente Aznarina, debido a que gasta el mismo estilo de bigote que el que hizo famoso una década antes al líder del partido popular. La terapia sienta magníficamente a las trabajadoras, pues se ha comprobado que después del divertido descanso sus rendimientos son mayores, cosa que lógicamente es lo único que preocupa a las empresarias.

Tras sus breves actuaciones matutinas, vuelve a casa y se dedica a hacer la comida para su mujer y sus dos hijos, además de arreglar todos electrodomésticos que estén rotos, pues para algo es un manitas en las cosas del hogar. Laura, su mujer, trabaja de administrativa en una empresa de seguros. Nunca le gustó estudiar, a pesar de los constantes consejos de su madre sobre la necesidad de tener una carrera para que el día de mañana tuviese un buen trabajo y así mantener a su familia. Sus consejos cayeron en saco roto, por lo que Pedro tuvo que buscarse un trabajo acorde con sus posibilidades para ayudar a pagar el piso que se habían comprado. Las tardes si las tiene libres, y las aprovecha con sus amigos del colegio en el Círculo Conservador. Se siente un poco acomplejado con respecto a Ricardo y Juan Carlos, debiéndose la causa de su complejo al mayor prestigio que tienen los trabajos sus mujeres. Nunca lo ha comentado con estos, pero no hace falta, pues ellos se dan perfecta cuenta y evitan tocar ciertos temas cuando hablan con Pedro.
Hoy está de buen humor pues su hijo Rafalín, de trece años, antes de salir de casa para ir al cine con los de su clase, le dijo que las películas de sus tiempos eran mucho mejores que las de ahora. En la videoteca personal de su padre ha disfrutado de títulos emblemáticos como “Rocky IV”, “Desaparecido en combate II”, “Despedida de soltero”, “Porky’s”, además de algunas películas españolas ya bastante antiguas que su progenitor consideraba clásicas, como “Yo hice a Roque III”, “Los Bingueros” o “Al este del oeste”, con su mítica banda sonora “The sky whith sun que te torras…” Sin embargo, la mayoría de las niñas de su clase querían ver la película que estaba arrasando las taquillas de los cines de medio mundo, “Peluqueitor”, por lo que tenían que tragarse la historia de una ex-marine de los Estados Unidos -lo dejó tras perder en una misión a todas sus mujeres- que ahora regenta una peluquería, y que de buenas a primeras se ve envuelta en una trama internacional que pretende acabar con la vida de la actual gobernadora del estado de Tejas, Lupita García. Pedro se despidió orgulloso de su hijo, a la vez que le recomendó que durante la proyección gritase de vez en cuando con sus amigos ¡Rambo! ¡Rambo!, para hacer rabiar a las pazguatas de sus compañeras.
¡Aahhh! El Inter acaba de marcar. Agostini escapó en un rápido contraataque por la banda derecha, centró a su compañero Moller quien, parándola con el pecho, pasó magistralmente a Del Rabo para que este fusilara sin piedad al nigeriano Minga. El silencio en que momentáneamente se encuentra envuelto el barrio tan sólo es roto por los lejanos cánticos que salen de la pizzería de la esquina, con los que Pietro parece vengar las afrentas hechas minutos antes a la pobre madre de Marco. Cuando Pedro vuelve con las bebidas apenas han transcurrido cinco minutos desde el gol del Madrid, encontrándose a Juan Carlos y Ricardo enfrascados en una discusión deportiva.
-¡Me cago en la puta! ¿Cómo se puede dejar sin cubrir a Del Rabo?-grita Ricardo fuera de sí.
-¿Pero que dices, Ricardo? No ves que le ha roto la cintura al pobre Misha.
-¡Pues a ese tío habría que mandarlo a Siberia por malo!-Ricardo sigue en sus trece.
-Anda, a ese y a Minga, que se ha tirado por el lado que no era-Juan Carlos se anima con lo de los castigos.
-Si es que Míchel ha fichado a unos tíos que no los quieren ni los niños que juegan en el callejón de aquí atrás.
-En eso tienes razón, Richi. Con estos no metes un gol ni jugando a las chapas.
-Además, el pobre Raúl está ya bastante quemado. Mira la panza que le está saliendo, parece Gordillo en sus buenos tiempos.
-Ya quisieran todos estos parecerse a los de esa quinta, Ricardito. Acuérdate de los jugadores que tenía al Madrid a principios de los ochenta: Miguel Ángel, Agustín, Stielike, Gallego, Camacho, Juanito, Santillana…, después llegaron Buyo, Chendo, Gordillo, Míchel, Butragueño, Martín Vázquez, Sanchís… Vamos, la misma calidad que los de ahora.
-Mira Juan Carlos, yo a estos tíos por cada oportunidad que fallasen los tenía un mes picando piedra. ¡Pero si yo juego mejor que ellos!
-Venga, venga, no te tires flores que yo sé como juegas.
-¿Qué pasa? Mi estilo yo lo clasificaría a medio camino entre Michael Laudrup y Sánchez Jara.
-¡Buuuuuu! Si acaso tirando más a Sánchez Jara.
-Pues anda que tú, que en el colegio siempre te rompías un brazo, te daban puntos en la rodilla o te torcías el tobillo.
-Joder, porque me hacían unas entradas brutales…
-Si, no sé quien, si siempre estabas de chupaposte.
-Pues el hijoputa de Gutiérrez, que era el portero y siempre llevaba botas de tacos a clase. Cuando tocaban la sirena y entrábamos a clase, tenía ya más cicatrices que la barriga de Ángel Cristo.
-¿Te acuerdas del gol que falló Pedro en C.O.U, en la final contra los de B, cuando sé quedó solo y sin el portero y la tiró por encima del larguero?
-¡Coño, cómo me voy a olvidar! Si tuvimos que sacarlo a rastras del linchamiento al que le estaban sometiendo los de la clase. Lo de Cardeñosa comparado con esto fue una mariconada.
-Me acuerdo del bestia de Paco pidiendo su cabeza. Si no lo sacamos lo matan.
-Ya te digo. Con su pellejo se hubieran hecho unas botas nuevas-sentencia Juan Carlos.
En ese momento se percatan de la presencia de Pedro.
-Hombre Pedro, ya era hora-Ricardo intenta disimular sin conseguirlo.
-Os he oído. Por mucho que digáis, si fallé el gol fue porque el balón estaba desinflado y al golpearlo cambió la trayectoria. Si no de qué iba yo a fallar.
-Claro, claro-responden al unísono sus viejos compañeros de C.O.U A.
Cuando parece que van a empezar a discutir los méritos futbolísticos de Pedro, Raúl roba el balón a un delantero italiano y, desde el centro del campo, llega hasta el área contraria driblando por el camino a todo jugador que se le interpone en su carrera hacia la portería. Ante los ojos de millones de espectadores, el veterano número siete marca un gol antológico, tan sólo comparable a uno de la misma factura marcado por Maradona muchos años antes. El barrio vuelve a tronar de alegría, repitiéndose de nuevo los cánticos madridistas e insultos a la madre del joven protagonista de una serie de dibujos animados de hace casi treinta años, la cual parece haber calado hondo en la memoria colectiva de los aficionados merengues. Por esta vez, parece que al mono lo dejan en paz.
Los tres amigos se felicitan de nuevo mientras agitan enérgicamente sus bufandas por la ventana.

En ese momento suena el teléfono de Ricardo, quien tiene que meterse en la cocina para poder enterarse de la conversación que mantiene con su editora. Ricardo es el erudito de la pandilla, y compagina perfectamente sus labores de casa con las de escritor de novelas eróticas, un género de fuerte implantación popular entre los amos de casa de los hogares españoles. En los últimos seis años se han vendido setecientos mil ejemplares de sus ardientes novelas. No en vano la crítica lo ha reconocido como el escritor que mejor describe las fantasías que se encuentran en la mente de los practicantes del noble arte de Onán, o sea, de todo quisque.

Sin embargo, escribe bajo seudónimo par no abandonar la tranquila la vida que lleva, y hasta sus propios amigos ignoran que el narrador de famosas fantasías como la del repartidor de periódicos que se beneficia a la quiosquera superdotada mientras lee un ejemplar atrasado del Don Micky, es la misma persona con la que juegan al dominó por las tardes. No tiene hijos de momento, pues Rocío, su mujer, dice que no tiene tiempo de tener niños, que el trabajo es lo primero. Y claro, cuando llega a las diez a casa, al igual que su amiga María, tan sólo tiene fuerzas para cenar un poco y acostarse pronto ya que lleva levantada desde las siete menos cuarto de la mañana.

Ella predice que en breve los hombres podrán tener hijos, pues ya han conseguido en Estados Unidos que un cordero tuviese descendencia al inyectarle todo tipo de hormonas femeninas, permitiendo a la criatura salir por la barriga de su padre. Rocío está convencida de que cuando se realice en hombres, el resultado provocará una verdadera revolución. Nunca más entonces tendrá que preocuparse de los problemas de procreación y será Ricardo el que tenga que pasar el mal rato. Quizá nunca haya pensado en lo que opinará de todo esto su marido, pero la verdad es que apenas tiene tiempo de preguntárselo.
Ricardo mantiene una discusión muy fuerte con su editora que dura ya casi cuarenta minutos, aumentándose el enfado del escritor por la imposibilidad de seguir viendo el partido. Tras una dura negociación sobre el porcentaje en las ventas de sus libros, Ricardo apaga el teléfono y se reúne en el salón con sus amigos. Al partido tan sólo le quedan diez minutos para finalizar, manteniéndose todavía el dos a uno a favor de Real Madrid. Cuando le piden explicaciones por su tardanza, Ricardo les dice que le ha llamado un cliente de su mujer que tenía un problema muy grave y él le había servido de confesor, jodiéndole la mitad del partido.
El telefonillo suena en ese instante varias veces. Alguien pregunta por Pedro. Un minuto más tarde aparece por la puerta la madre de Clara, una de las compañeras de Rafalín, trayendo en sus brazos al hijo de éste. Tiene la cara magullada y algunos arañazos en los brazos.
­¡Dios mío, Rafalín! ¿Qué te ha pasado?
-No te preocupes Pedro, que aunque parece muy aparatoso luego no es para tanto-comenta la madre de Clara intentando tranquilizarlo.
-Han sido las de mi clase, papá.
-¿Queeé? ¿Y por qué te han hecho esto esas brujas?
-Oye Pedro, sin insultar-interviene la madre de Clara.
-¿Sin insultar? ¿Pero no ves cómo han dejado al niño? Si parece que viene de reconquistar el Peñón…
-Ay papi, la de hostias que me han dado.
-¡Niño, esa boca! A ver, ¿por qué ha sido?
-Pues porque Antonio y yo nos pusimos en medio de la película a gritar vivas a Rambo y a ese otro que te gusta a ti tanto, el de las barbas…
-¿Chuck Norris?
-Si, ese. Total, que la gente del cine, casi todo mujeres, saltó sobre nosotros y se puso a darnos arañazos y patadas, y si no es por la acomodadora que le dimos pena, nos hubieran sacado los ojos con las uñas.
-Y tu amigo Antonio… ¿Cómo está?
-Pssseee. Una gorda se tiró encima de él y al pobre se le puso la cara azul. Cuando la madre de Clara nos rescató, había perdido una zapatilla y parte de la camisa que llevaba.
-¡Por Dios, que bestias! Ya ni los niños pueden salir a la calle.
-Bueno Pedro, tengo un poco de prisa. No te preocupes que ha sido una cosa de críos. Dale recuerdos a Laura de mi parte.
-¡Una cosa de críos! ¡Me cago en la leche! La Peluqueitor esa es un pedazo de pan comparado con estas zorras. Rafalín, tú ya no vuelves a salir con las de tu clase. A partir de mañana nos vamos a hartar de películas de Stallone y Chuck Norris como yo me llamo Pedro.
-No sé papá, como están las cosas mejor sería ver algunas películas de esas de Marisol o Rocío Dúrcal que mamá guarda de la abuela.
-¡De mariconadas ninguna! ¡Con nosotros no podrán!
-Quizá contigo no, pero lo que es yo…
Juan Carlos y Ricardo consiguen tranquilizar a Pedro mientras se sientan de nuevo en el sofá. El árbitro ha añadido dos minutos más al tiempo reglamentario, alargando por unos momentos la angustia de los seguidores merengues. Aunque el resultado es favorable, los últimos contraataques italianos han conseguido sembrar el desconcierto entre las filas madridistas. Y cuando tan sólo quedan treinta segundos para que el árbitro pite el final, Del Rabo roba un balón en el área, quiebra a Pisha y dispara un tremendo zurdazo contra la portería defendida por Minga. El esférico se estrella contra el poste derecho, llegando de rebote a las botas de Sasha, que sin perder un segundo centra al medio del terreno de juego donde Marceliño golpea con la cabeza para cedérsela a un Raúl medio asfixiado, quien resoplando y cortando el viento, cual jaca jerezana, lograr llegar al límite del área rival desde la cual propina un fenomenal punterazo con trayectoria totalmente distinta al lugar donde había apuntado el ídolo madridista. El efecto no buscado despista al portero Rupperti, que se tira al lado contrario.
­¡Goool!
Como las veces anteriores, el griterío que sale por las ventanas es ensordecedor. Los tres amigos vuelven a saltar de alegría, incluso Pedro parece haber olvidado el percance ocurrido a su hijo minutos antes. Cuando el árbitro pita el final del partido, cientos de vecinos se asoman a los balcones para comenzar a cantar himnos madridistas y felicitar a los demás hinchas que comienzan a poblar las calles. De los insultos a la madre de Marco y a su mono -esta vez no se libra-, mejor no hablar…
Pedro coge a Rafalín de la mano y, tras despedirse de Juan Carlos, se baja a la calle con Ricardo para celebrar el triunfo en la Cibeles. El niño parece no estar muy ilusionado con la idea, pero sigue sin chistar a su padre asumiendo que no está el día para protestas. Coinciden en la puerta con María, que entra en esos momentos, y de cuya boca salen multitud de insultos dirigidos a toda esa cantidad de hombres que ha colapsado el centro, con el consiguiente atasco, para celebrar el triunfo del Madrid. Tras el beso a su esposo y las preguntas de rigor sobre el partido, se quita los zapatos y, mientras Juan Carlos le trae las zapatillas, cambia de canal, sintonizando uno en el que dan las noticias del día.

Sin lugar a dudas la noticia estrella es la multitudinaria manifestación femenina a favor de la integración del hombre al trabajo, la cual ha sido apoyada por numerosos colectivos masculinos. En las imágenes se puede ver el gran seguimiento de la manifestación, aunque curiosamente siempre aparece enfocado el mismo grupo de personas, sin que la cámara ofrezca nunca planos generales. Del partido tan sólo dan cuenta del resultado, sin dar imágenes del estadio ni de la Cibeles, pasando rápidamente a otras noticias importantes del día como la llegada a la presidencia de Japón de Yukita Sakko, o la presentación del último libro de Leticia Sabater. Juan Carlos observa el televisor un tanto sorprendido, comentando a su mujer mientras cena que a pesar de estar ya en el año dos mil diez, los medios de comunicación siguen siendo tan independientes como hace veinte o treinta años, es decir, contando las noticias como ellos dicen que han ocurrido.
En el reloj las agujas marcan las once de la noche. Un bostezo casi ritual indica las inequívocas intenciones de María. Los párpados caen lentamente sobre sus ojos como pesadísimas persianas de plomo. Tras despedirse de Juan Carlos y decirle que no llegue muy tarde, orienta sus pasos hacia él dormitorio. Juan Carlos hace entonces una rápida limpieza del salón, consiguiendo a los pocos minutos acabar con cualquier rastro de suciedad. Se pone a continuación su cazadora de ante, un gorro y la bufanda del Madrid y, cerrando con cuidado para no despertar a María, se dirige hacia la Cibeles para celebrar el triunfo de su equipo. Por el camino se cruza con un grupo de diez o doce hombres que a duras penas arrastra una pequeña pancarta que reza “TENEMOS DERECHO A ACCEDER A CUALQUIER TRABAJO”, y que corre como alma que lleva el diablo al ser perseguido por un numeroso grupo de borrachos que parece no estar muy de acuerdo con sus reivindicaciones.
Tres horas más tarde, Juan Carlos entra en casa, no sin antes mantener una dura pugna de varios minutos con la maldita cerradura que parece resistirse. Cae rendido en la cama, igual que su mujer hace un buen rato. Y segundos antes de que Morfeo -si es que no se atufa con el alcohol que lleva encima el amigo- se lo lleve entre sus brazos, al bueno de Juan Carlos se le pasa por la cabeza una duda razonable: ¿Cómo coño puede haber gente que quiera cambiar la situación en la que se encuentran?

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