LA BODA DEL AÑO

BODA FRIKI

Es curioso pero, en los tiempos que corren, donde parece que ya no nos sorprende nada, a veces, gracias a Dios, sucede algo inesperado, como por arte de magia, que consigue hacer tambalearse durante un breve espacio de tiempo nuestra ya casi inmune capacidad de sorpresa. Un servidor, curtido en los últimos años -para desgracia de mi bolsillo- en bodorrios de todo tipo y condición, tanto de familiares como de amigos, compañeros de trabajo o compromisos de diverso pelaje, nunca habría imaginado que en la boda de uno de sus antiguos compañeros de colegio iba a disfrutar de una de las mejores noches de su vida. Y menos aún cuando, en principio, la boda apuntaba maneras para ser un verdadero coñazo, ya que iba solo y apenas conocía a seis o siete compañeros del colegio con los que no tenía relación alguna y siempre me habían parecido unos auténticos gilipollas. Por cierto que con respecto a mi amigo, al que en adelante llamaré Pedro para evitar dar nombres y apellidos, tardé poco en descubrir si había sido uno de los que había invitado para fastidiarles y sacarles por lo menos el regalo de boda -lo que haría que elogiase aún más sus maquiavélicas ideas, hasta ese momento desconocidas para mi- o tan solo porque tenía cierto aprecio por mi persona. En fin, lo que tengo claro es que no sé si para la novia sería el día más feliz de su vida -cosa que dudo por cómo fue organizada-, pero lo que es para mi, desde luego no ha habido otro que lo haya superado hasta la fecha.

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EL HOMBRE QUE NO TENÍA MÓVIL

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Juan era un tipo corriente, de esas personas con las que uno se cruza todos los días sin que nunca consigamos recordar su cara. De estatura más bien pequeña y pelo negro, con unas ya significativas entradas que le hacían parecer más mayor de lo que realmente era. Unas grandes gafas de pasta oscura disimulaban sus pequeños y tímidos ojos tras los cristales de varios aumentos. Siempre vestía trajes de color azul marino o grises, para pasar mejor desapercibido entre la multitud. A sus treinta y ocho años se sentía realizado con su trabajo de cajero en la sucursal de un gran banco de la capital, con las tardes libres para dedicarlas a su familia -su mujer María y su hija Jeniffer-, y a sus amigos dos días a la semana en las tertulias taurinas de la peña “ Los Joselitos “. Vivía en el tercer piso de un bloque de viviendas en un popular barrio madrileño y sus vecinos lo tenían por una buena persona, un tanto peculiar, pero buena persona.

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EL ÚLTIMO TELEPIZZA

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Eran cerca de las once y media de la noche. El silencio denso que reinaba en aquella fría y solitaria calle cubierta de niebla fue momentáneamente quebrado por el lejano petardeo de una moto que parecía acercarse a gran velocidad. En apenas unos segundos y como si de una aparición se tratase, surgió de entre la niebla la entrañable figura de un joven telepizza que galopaba sobre el asfalto a lomos de un legendario vespino SC negro. Pese a ser buen jinete, curtido a sangre y fuego sobre los terrenos menos accesibles que jamás vieron los siglos -muchos de ellos gracias a la mano del amigo Manzano-, su arcaico instrumento de trabajo tenía más golpes y arañazos encima que la multicosida barriga de Angel Cristo. Tantos que hasta el Snoopy que una vez lució flamante la bandera de España sobre el faro de la moto, ahora tenía el brazo en cabestrillo, un esguince en el tobillo, tiritas por todo el cuerpo y arrastraba la bandera hecha jirones con el brazo que le quedaba sano.

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EL CLAN DE LOS TRES LOCOS

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No debería sorprendernos hoy en día, cuando parece que todo está inventado, la historia que les voy a relatar y que versa sobre las venturas y desventuras de un joven empresario que se abrió un hueco en el salvaje y complicado mundo de los negocios. Al ser un completo don nadie, de currículum mediocre –como todo hijo de vecino, pues los de puta lo tienen con toda clase de másteres y expedientes brillantes-, sin conocidos que pudieran colocarlo siquiera en una mísera empresa de tercera, nuestro protagonista poseía todas las papeletas posibles para convertirse en uno má s de aquellos miles de zoombies que pueblan las oficinas del INEM y que llevan el número del paro tatuado a fuego en el alma. Pero será mejor que nos situemos en el espacio y en el tiempo. Justo en ese momento crucial en la vida de muchas personas y que seguro que a alguno de ustedes les resultará familiar…

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