GRANDES CANCIONES PARA PEGARSE UN TIRO

grandes canciones para pegarse un tiro

Normalmente, las desgracias nunca vienen solas. Aunque parezca una frase hecha, es tan cierta como a Lorenzo Sanz lo pillaron en un turbio caso de estampitas de colores, o lo rápido que nos acelera la patata –y lo que no es la patata- la angelical Charlize Theron, pasando de 0 a 100 en menos de tres segundos, que me río yo del opel tigra trucao de mi amigo Pepe. Porque todo español tiene un amigo que se llama Pepe. En fin, que si las desgracias de turno, cuando llegamos a casa, las aliñamos con una coplilla triste, tenemos todos los ingredientes para dar el salto y hacer una turné por el otro barrio.

Pongámonos en situación. Uno ha tenido ese típico día que no se lo desea ni a su peor enemigo. Al llegar a su puesto de trabajo se encuentra con que el jefe le dice, Gutiérrez, ven un momento a mi despacho, que tengo que hablar contigo. Malo. Guti empieza a vislumbrar las orejas al lobo, y no se equivoca, porque sale del despacho con cara de gilipollas y la carta de despido por reducción de plantilla, además de un sobre con el finiquito de la calzada, que apenas le da para tapar las trampas de juego que tiene con unos prestamistas de la mafia rusa. Vale, igual me he pasado rizando el rizo, pero bueno, estamos caracterizando al personaje para darle más vidilla.

La primera banderilla se la han puesto en la chepa sobre las diez de la mañana. Eso por ahí. Guti decide irse al bar a tomar un copazo mientras piensa cómo se lo va a decir a su mujer, que la tiene de morros desde que se compró la BMW de segunda mano para ir al trabajo en lugar de comprarle a ella el minimorris que tanta ilusión le hacía. Total, que después de tres copazos de orujo, que cauterizan un poco la reciente herida, parece que el valor vuelve a circular por sus venas acompañando en comandita al alcohol que se ha metido el angelito.

El hombre llega a su casa, y como su mujer no lo esperaba, pues se encuentra con el pastel de que la moza está haciendo un arriba y abajo con el vecino del cuarto. Toma ya. Segunda banderilla. Después de los clásicos Pues tú eres…, Si ya sabía yo…, Con el vecino… El Guti echa a cajas destempladas a los amantes furtivos, y se sienta destrozado en el salón. Y llegamos al momento cumbre. El marido, corneado ese día en dos sitios diferentes, por donde se le escapan los sueños de toda una vida, decide tomarse otra pócima para intentar olvidar mientras pone una coplilla para que le acompañe en esos malos momentos. Craso error, porque lo que pone lo coloca en una posición dificilísima.

Menuda elección. La primera copla que pone es Nothing compares to you, de la pelona Sinead O´Connor. Si ya iba tocado, la cancioncilla consigue que se hunda más. Cuando la termina, quizá como acto de masoquismo dice, Pa guevos, los míos, y saca una serie de cedés cada uno con una canción más triste todavía.

En ese momento comienzan a sonar Brothers in arms, de los Dire Straits, que sí, muy bonita, pero no para escucharla cuando te han echado del trabajo y has pillado a tu mujer haciendo guarrerías con el vecino. Hasta Mark  Knopfler se quita la cinta de la frente un momento, de los sudores que le está dando ver llorar al Guti de esa manera. A su actuación le sigue el clásico Yesterday, que lo hace hundirse en las profundidades del sofá. Entre lloro y lloro, pone Lía de Ana Belén, ahí le sale al hombre un quejío entre flamenco y semanasantero que da lástima escucharlo.

Pero el tío tiene pellejo y se regodea en su desgracia, y pone ahora Lullaby, de The Cure, asimilando el pálido careto de Robert Smith en el vídeo de la canción de cuna, y ya no sabe si las arañas que le parece ver por el cuarto se han escapado del cedé o se deben a la potencia de los gazpachos que se está apretando. Algo que olvida pronto al poner You´ve got a friend, en versión a capella de los Housemartins, con la que el pobre Gutiérrez suelta unos espesos lagrimones, grandes cual moco de Troll.

El tipo está herido de muerte, pero sigue dándole al burro, Perico. Y con qué nos sale esta vez, pues nada más y nada menos que con Cecilia y su ramito de violetas, pero para ésta ocasión cantada por el manzanas, Manzanita para todo el mundo. Y claro, con la aguardentosa voz del mozo, y el sentimiento que le echa, pues el pobre Guti se estruja sobre sí mismo en el sofá, y como si de una Ballerina se tratase, expulsa toda el agua que el pobre acumulaba en sus ojos casi hasta dejarlo seco. Pero no, todavía le queda una bala con la que regodearse. Nuestro ya entrañable amigo se saca a la remanguillé un grandes éxitos de Micky y pone El chico de la armónica. Cáspita. Esto no nos lo esperábamos. Tal copla se convierte en un punto de inflexión en su trayectoria autodestructiva, y mientras el simpático Micky tira de tristes acordes con su famosa armónica, Gutiérrez desaparece del salón para volver al poco tiempo con la Luger que un soldado alemán le regaló a su abuelo en sus tiempos de combatiente en la División Azul.

Y así, derrumbado tanto moral como físicamente, Gutiérrez se sienta en el sofá y se apunta el cañón de la pistola a la boca, que la abre hambrienta de muerte. En el último segundo, cuando el hierro va a dar a luz su letal vástago, el cañón de su verdugo cambia la trayectoria y apuntando hacia la cadena de música, le descerraja cuatro tiros como cuatro soles, saltando por los aires botones, cristales e incluso la armónica del pobre Micky. Gutiérrez sonríe entonces y piensa, Pa guevos los míos, y coge el mp3 que tiene en su cuarto cargado exclusivamente con canciones de Los Nikis, y decide darse otra oportunidad en la vida. Ahí está el tío.

PRESIDENTE DE LA COMUNIDAD EN EL INQUIETANTE EDIFICIO DAKOTA

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Pues sí. Sin duda sería el sueño de cualquier Juan Cuesta versus Enrique Pastor del país del tío Sam. Presidente de la comunidad de vecinos del edificio con más leyenda negra de todo Nueva York, limpio de rancios pescaderos mayoristas y gañanes reparte salami, pero eso sí, infectado según las crónicas de malajes, espíritus cabroncetes e inquietantes alquilados de paso que dejan en pañales cualquier maldición gitana de esas de dedo pulgar chupao y agresivos Por estas…

Tan entrañable edificio sito en el número 1 de la calle 72, al oeste de Central Park, fue construido entre 1880 y 1884, a manos del arquitecto Henry Hardenberg, autor de los planos del también mítico Hotel Plaza, y el que aflojó la mosca Edwark S. Clark, propietario ni más ni menos que de las máquinas de coser Singer. Aquellas con las que generaciones de mujeres se dejaron la vida dándole al hilo y moviendo durante horas el pedal con los pies, que cuando terminaban, estos seguían moviéndose solos, como si estuviesen poseídos por Giorgio Aresu y sus compis del ballet Zoom, mientras sus maridos hacían tarde/noche en la taberna, poniéndose tiernos de agua de fuego y panchitos.

Con un estilo propio del renacimiento de la Alemania del Norte y distribución de pisos inspirado en la arquitectura francesa del siglo XIX, su nombre viene de un chascarrillo yanqui referido a lo lejos que estaba de la ciudad. Por lo visto al principio no llegaba ni la electricidad y la gente se refería a él como el edificio ese que está en Dakota, (al norte de EE.UU, frontera con Canadá), vamos, donde picó el pollo. Para que vean que por esas tierras también tienen son salaos y tienen su chispa. El caso es que por muy lejos que estuviese y carecieran de internete y Sálvames de turno, el casoplón fue siempre alquilado al completo, suponemos que por viajantes puteros, amantes furtivos y atareados maridos que hacían un alto en su viaje de negocios para echar una firma con la secretaria, poniéndola mirando a Dakota, posible origen también del nombre del famoso edificio.

La suerte llegó cuando Manhattan comenzó a crecer hacia el norte y se vio rodeado de nuevos y carísimos edificios donde se mudaban los pastosos de la época, revalorizando el perdido lugar donde picó el pollo hasta convertirlo en el sitio ideal en el que poner el huevo. Y aquí es cuando se empieza a poner interesante. Entre sus nuevos inquilinos comienzan a llegar lo mejor de lo mejor. A principios del siglo XX estuvo viviendo allí ni más ni menos que Aleister Crowley, el mítico mago negro más famoso del siglo, creador de la orden esotérica Golden Dawn y conocido como La Gran Bestia. Icono al que idolatraron estrellas del pop como los Beatles, Rolling, Alice Cooper y que según dicen facilitó a Churchill el marketiniano símbolo de la V de victoria, antiquísimo signo positivo egipcio para contrarrestrar aquellos de los que ser servía la Alemania nazi y su numerosa corte de ocultistas. Dada su trayectoria y currículum seguro que lo hizo por fastidiar más que nada. También se cuenta que llegó a celebrar misas negras en las zonas comunales del Dakota y sin pedir permiso. Eso sí que es fuerte.

Por aquella época también se dio un garbeo por allí el actor de terror Boris Karloff, que para no ser menos que su compi Béla Lugosi, al que enterraron vestido de vampiro, a este le dio también por hacer veladas de espiritismo en el edificio, que entre las suyas y las de Crowley aquello tenía que ser como un parque temático. Sólo faltaba el tren de la bruja. Por cierto que cuando Karloff picó el billete, hubo poltergeist esa noche e incluso le dio por presentarse en el eficio, recién estrenado el uniforme de fantasma, y la gente al verlo puso las de Villadiego, o mejor dicho las de Dakota, pero esta vez la de verdad.

Más interesante se pone la cosa cuando llegó Polanski con las rebajas. Y es que en 1968 le dio por rodar aquí su famosa película de terror La Semilla del diablo. El título original es Rosemary´s baby, en España se adaptó, con nuestra típica traducción libre, por La Semilla del diablo, por que claro, aquí la titulas El bebé de Rosa Mari, o El bebé de María Rosa, y aparte del descojone general, igual se llena el cine con señoras fanáticas de las pelis de mediodía de Antena 3 a las que se le atascan los kikos (porque son de las que toman bajo cuerda) en la tráquea al verse en medio de un fregado satánico donde los vecinos hacen de todo menos obsequiar con tarta de arándanos ni jugo de grosella. Dicen que se inspiró en Gerald Brossau Gadner, sumo sacerdote de la brujería Wicca inglesa, y por supuesto inquilino durante un tiempo y hacedor de rituales mágicos en descansillos y cuartos de contadores, para el papel del brujo malo que sale en la peli.

Aunque sólo se rodaron exteriores allí, se lió bien gorda cuando empezaron a aparecer peñas de sectas satánicas y practicantes de la magia negra para evitar el rodaje, entre ellos Charles Manson, asesino de la esposa de Polanski, Sharon Tate, así como se filtraron datos de extraños accidentes ocurridos a miembros del equipo durante el rodaje. Hasta su prota, Mía Farrow le dio un yu yu y posteriormente cortó con Frank Sinatra, quizá el momento más peligroso para los fantasmas del lugar ya que al viejo ojos azules no se la jugaban y después se iban de rositas…

El más célebre suceso ocurrido en el Dakota sería sin duda el asesinato del beatle John Lennon en 1980 en las puertas del edificio, a manos de Mark Chapman, un fan zumbado que obsequió a su ídolo con jarabe de plomo mientras que para él se automedicaba una cadena perpetua de las de bola de hierro y palotes en la celda marcados con tenedor. Debido a una extraña pasión por lo macabro o por lo menos extraño, muchos son los famosos que han vivido o viven allí como Judy Garland, Leonard Bernstein, Lauren Bacall, la viuda de Lennon, Yoko Ono, que sigue viviendo ahí, Jennifer López, Bono, Sting, Paul Simon…

Como fin de fiesta decir que la última película en rodarse allí fue Vanilla Sky, la versión yanqui de Abre los ojos, y que el último famoso en comprar un apartamento allí ha sido Alec Baldwin, por más de 8 millones de dólares. Algo inquietante, con la historia del edificio y un actor tan malo que se gaste esa pasta para vivir allí… Lo mejor de todo es que para vivir allí, y no digamos que para ser presidente, hay que pasar el durísimo filtro de la comunidad de vecinos, quienes por cierto suspendieron a Antonio Banderas y Melani Griffith en 2005, dicen que con un 4,5 y ni les dejaron ir a revisión ni entregar un trabajo para subir nota… No sé, pero en ese edificio pasa algo. Y más si Alec Baldwin es presidente, que si se sigue la tradición española, el último que llega la pela…

LANCES ENTRE CABALLEROS

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La provocación al duelo, aunque pueda parecer extraño, se encontraba sancionada penalmente en el derecho español hasta julio de 1989. No sabemos si por añadir a los aburridos códigos penales un toque de costumbrismo, o bien porque hasta esas fechas, de madrugada y con fuerte viento de levante –que diría Trillo-, todavía quedaban nostálgicos seguidores de Dartacan dispuestos a vengar afrentas con el sable de su abuelo junto a la tapia de un solitario cementerio.

Y es que los españoles somos muy de nuestro honor. Ya se pueden descojonar de nuestras pintas, de la picota de la tía Ambrosia o de lo mal que jugamos al bagminton, pero como alguien insinúe por ejemplo que somos unos cobardicas… malo. Sufrimos entonces una especie de transformación que nos recalienta el careto, a medio camino entre el verde manzana de la Masa y el sonrosaete teenager de Marty McFly cuando le llaman gallina.

Lo malo de todo es que tal exceso de amor propio, de honrosa dignidad cara a la galería, es tan sólo debida al qué dirán, una especie de maldición hispana que nos acompaña desde hace siglos y que hace que nos juguemos el pellejo obsesionados por lo que puedan pensar nuestros vecinos, no por la afrenta en si. Y es que duele más que piensen que uno es un cobarde, que serlo en realidad, que eso nos la trae floja. Debido a este curioso mal que nos afecta, cientos de españoles se han batido en duelo sin tener ni puñeteras ganas, todo por decirle en un baile que su mujer era un poco guarrilla, cuando el hombre ya lo sabía de sobra, pero claro, si empiezan todos los que están a tu alrededor ¡Uy lo que te ha dicho! ¡Qué pasote!, pues claro, a ver quien es el guapo que se hace el sueco.

Antaño las discusiones se resolvían mediante juicio de Dios, también llamado Ordalía, en la que los rivales metían por ejemplo la mano en un puchero de agua hirviendo para ver cual de los dos tenía razón. Se supone que el que no se quemaba estaba en posesión de la verdad. Pero casi siempre quedaba en tablas la cosa, pues ambos contendientes solían sacar tan sólo el muñón, suponemos que dejando su antigua extremidad para alegrar un poco el caldo que después se ventilaban ansiosamente la multitud congregada. Y lo pagaba el pardillo al que le tocaba el premio.

Menos mal que a una persona metódica como el Marqués de Cabriñana, en 1900, le dio por escribir unas bases con las que regular los dimes y diretes en los que se veían enfrascados todos aquellos duelistas irredentos. Así surgió su famoso libro Lances entre Caballeros.

Cuenta el Marqués que las ofensas son personales, y que tan sólo se puede ser sustituido por ascendientes o descendientes en el caso de ser menores de veintiún años o mayores de sesenta. O sea que si un atontado adolescente o un viejo cascarrabias se metía en líos, tenía que venir luego el pringao del familiar directo para jugarse los hígados porque a su abuelo se le había ido la lengua jugando al dominó en el casino, o el niñato, en un ataque de calentura juvenil, le había tocado la nalga derecha a la esposa de un capitán de artillería.

Las armas a elegir eran pistola, espada y sable. Incluso en situaciones excepcionales se podía pactar empezar con un arma y terminar con otra. Suponemos que cuando ambos rivales fueran tan malos que fallaran con la pistola –igual se cargaban a un testigo y todo- y tenían que tirar de sable para ensartar al antiguo amigo que se beneficiaba a su novia en el asiento trasero de su calesa.

En cuanto a los padrinos, ejercían de confidentes, jueces de campo y magistrados encargados de aplicar las reglas del código de honor. Si uno se sentía ofendido llamaba a sus padrinos para que visitaran al ofensor y se estableciera el horario del duelo. Si era un desconocido se le enviaba una tarjeta al domicilio –El señor Mínguez tiene el gusto de retarlo a un duelo…-, así que seguramente más de uno no abriría la puerta cuando llamasen estos cenizos, no haciendo ruido para parecer que estaba vacía la casa, como cuando tocan el timbre los vendedores a puerta fría, o incluso algún bigotudo bigardo de cuarenta años imitaría la voz de un angelito tres para intentar engañar a tan incómodos visitantes.

Tristemente, el toque caballeresco del duelo se ha perdido, convirtiéndose en la actualidad en una bronca taleguera entre gañanes, quienes por haber sido derramado su cubata en un descuido, sacan al pobre causante a la calle y lo inflan a hostias hasta dejarle la cara como un pan de pueblo. Eso en el mejor de los casos. Lo de los padrinos, la buenas formas, el dispare usted primero, pasó a la historia, y el vestirse de domingo para batirse como un gentleman torna hoy en día en salir a empujones de un discopús para pelearte con un gañán con cara de psicópata y bajo cuya prietísima camiseta existen infinidad de músculos, algunos de los cuales aún no han sido catalogados por la anatomía moderna.

CURIOSAS TRADUCCIONES DE PELÍCULAS DE HOLLYWOOD

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Cuando se acerca el fin de semana, las carteleras de cine nos invaden con sus nuevos estrenos, brindándonos así la oportunidad de desempolvar nuestro ajado diccionario Collins –sólo apto para nostálgicos que se niegan a su versión de traducción en línea- o poner al día nuestros añejos conocimientos de la lengua de Shakespeare aprendidos en el colegio y completados en casa con el Follow Me del flemático Francis Mattheus, para intentar descubrir el significado del título de las pelis extranjeras que vemos y que muchas veces no tiene nada que ver con el que nos cuelan por estos lares.

Como muestra actual, antes de tirar de históricos ejemplos de libro, me remito a cuatro de los próximos estrenos de la cartelera de noviembre y uno de este pasado octubre. Concretamente Step Brothers, estrenada el 31 de octubre, y cuya traducción literal, Hermanos de paso, ahora se convierte en Hermanos por pelotas, y aunque esta comedia chorra protagonizada por Will Farrel y Jhon C. Reilly, seguramente no pasará a la historia, nos sirve para ver que un título original que seguramente no diría nada, si le metes la palabra pelotas, pues ya le da el toque cachondo. El mismo caso que Un Rockero de pelotas, seguimos con la palabrita, en lugar de The Rocker, sobre un rockero de una famosa banda de los 80, interpretado por Rainn Wilson, que es expulsado de ella y más tarde tiene una segunda juventud en la banda de su sobrino, y que se estrena el 7 de noviembre.

El día 14 de noviembre nuestros sentidos, o por lo menos dos de ellos, podrán deleitarse con otra comedia romántica made in Hollywood, cuya traducción española es Una novia para dos, mientras que el título original es My best friend´s girl, la novia de mi mejor amigo. El nombre lo dice todo, y supongo que para no caer en títulos por el estilo, tan reconocibles por todo quisque, pues van y sueltan éste. Ya veremos por donde nos sorprende la historieta que protagonizan Dane Cook, Kate Hudson y Jason Biggs. Y por último, para romper una lanza a favor de los traducciones de pro, que de vez en cuando saltan, pues decir que Luciérnagas en el jardín, un dramón puro de oliva con un cartel formado por Julia Roberts, Willem Dafne y Ryan Reynols que se estrena el 21 de noviembre, si es fiel a su título original, Fireflies in the garden, la excepción que confirma la regla.

Y ahora tiremos de historia, que es lo que mola. Haré un pequeño muestrario de traducciones libres, bueno, tan libres que no hay por donde agarrarlas en muchos casos.

Cool hand Luke, Luke mano fría. En España: La leyenda del indomable. Toma ya. Aunque el título español de la peli del gran Paul Newman está chulo, en nada se parece al inglés, suponemos que para no despistarnos e ir directamente al grano y saber de que va la película.

Highlander, nombre de los habitantes de las tierras altas de escocia agrupados en diversos clanes. En España: Los Inmortales. Ahí teníamos al bizqueras de Christopher Lambert repartiendo leña entre sus compañeros de saga, con los que no podía ni el ácido, a no ser que un buen revés con la claymore cercenase su cuello mientras le decía eso de sólo puede quedar uno.

North by Northwest, Al norte por el noroeste. En España: Con la muerte en los talones. Igualito, vamos. Hitchcock siempre quiso hacer una peli que terminase con los protagonistas subidos en los rostros de los cuatro presidentes tallados en el monte Rushmore –¿se imaginan un monte así en España, con los caretos de Suárez, Calvo Sotelo, Felipe, Aznar, Zp…?- y para ello les hizo casi atravesar EE.UU.

Grounhond day, El día de la marmota. En España: Atrapado en el tiempo. Bueno, tiene un pase, ya que por estas tierras la peña no tiene ni zorra idea –ni falta que le hace- de que cada 2 de febrero, desde 1886, en la localidad de Punxsutawney (Pensilvania, EEUU) esperan que salga la marmota Phil de su madriguera. Si al salir hace sol, proyecta su sombra, se asusta al verla y vuelve a entrar. Eso implica, según dicen, seis semanas más de crudo invierno. Si por el contrario está nublado, no se asustará, se quedará fuera y la primavera estará al llegar. Pues como si aquí hacemos una peli sobre las Cabañuelas y la vendemos a los yankis. Anda que no le cambiarían el nombre.

Rosemary´s Baby, El bebé de Rosamari. En España: La semilla del diablo. La verdad es que acojona más la traducción, por lo que evidentemente vende también más que con la traducción literal, donde la gente puede caer en el error de que se trata de un rollazo estilo películas de Antena 3 de fin de semana. Pues igual que con Damien, el prota de La Profecía, que si lo llegan a traducir por Damián, los espectadores se hubiesen partido el ojete, tomándose a coña las aventuras del pobre chavalín con la calcomanía de los tres seis en la cocorota.

Duel, duelo. En España, El diablo sobre ruedas. En Iberoamérica, Reto a la muerte. Hombre, la peli de Spielberg se basa en la persecución de un viejo y oxidado camión a un automovilista, igual un pobre comercial, comisionista de pocas ventas, al que le toca la china y le dan el día intentando sacarlo de la carretera, así que más que duelo yo la hubiera titulado Puteo in the road.
High Noon, Pleno mediodía. En España, Sólo ante el peligro. Bueno, reguleras. Tiene un pase. Supongo que la traducción no está mal llevada ya que Pleno mediodía da sensación de calor, de cañita en la tasca de Frasco, y no aparenta un western atípico donde la figura del sheriff no es la del clásico héroe que salva al pueblo, sino que es un retrato psicológico de un tipo, magníficamente interpretado por Gary Cooper, angustiado por la tarde que le están dando unos matones el mismo día de su boda.

Spaceballs, Pelotas espaciales. En España, La loca historia de las galaxias. Qué raro, con lo que gusta por aquí añadir la palabra pelotas y en un caso de traducción literal se lo saltan. Sobre la peli de Mel Brooks, poco más que comentar.

Monty Python and the Holy Grial, Los Monty Python y el Santo Grial. En España, Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores. Toma ya, alegría. Como es de risa, pues vale todo.

On the waterfront, En el muelle. En España, La ley del silencio. Hombre, de nuevo la traducción le da un toque más mafioso a la par que misterioso que el simple En el muelle. Desde luego, así se mete uno rápidamente en el mundillo de los estibadores de puerto de los muelles neoyorquinos, con Marlon Brando a la cabeza en plan duro.

Butch Cassidy and the Sundance Kid, Butch Cassidy y el chico Sundance. En España, Dos hombres y un destino. Suponemos que el título es para que los españoles no nos liásemos con personajes de la historia delictiva americana, y con esta traducción y los dos guaperas protagonistas pues a tirar millas. Seguramente ellos harían lo mismo si en su día llegamos a comercializar por aquellas tierras las aventuras del Jaro, el Torete o el Chirri.

En fin, ni están todas las que son, por supuesto, pero sí son todas las que están. Traducciones libres con la intención de atraer más gente a las salas, que bueno, aunque no siempre son acertadas, la idea no deja de ser del todo mala.

CIRUJANO BARBERO, UN OFICIO ENTRAÑABLE

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Desgraciadamente, la profesión de barbero ha sufrido con el paso del tiempo una evolución a la inversa, rasurando año tras año las tareas multidisciplinares que ejercían en otra época, hasta acabar convertidos en simples quitapelos de barrio que sólo afeitan de vez en cuando a algún nostálgico que echa de menos esos viejos y entreñables cortes que a todo profesional poco acostumbrado se le escapan.
En cambio, ya por finales del siglo XIII existía la profesión de cirujano-barbero, que lo mismo valían para un roto que para un descosido. Cortaban el pelo a la moda, supongo que el típico corte de pelo a tazón, afeitaban, blanqueaban los dientes con aguafuerte, sacaban muelas, incluso hacían sangrías que no se las saltaba un galgo.
Como pasa siempre, esta bicéfala profesión surgió de los enfrentamientos entre cirujanos y barberos. Los primeros, eruditos, ratones de biblioteca, con másters y todo eso echaban en cara a los segundos que apenas tenían formación y ni estaban colegiados, ni pagaban cuotas, ni nada. En cambio los barberos eran más populares y más de un noble recurría a ellos pues no se fiaban un pelo de los matasanos titulados de la época. Sin embargo, algunos de los barberos ejercieron inicialmente de becarios de los cirujanos, para aprender un poco la profesión y luego lanzarse al lado oscuro.
El oficio de cirujano-barbero solía heredarse de padres a hijos, enlazando una cadena en la que un alto porcentaje de miembros tenía poca o ninguna idea de medicina y a menudo sus sangrías acababan en escabechinas que me río yo de las del carnicero de Milwaukee. Un clásico suyo era, ante el dolor de cabeza, trepanación que te crió. Nada de la aspirina y el vaso de leche caliente. Que te duele la cabeza, cortamos un trozo para evitar la presión. Que te sigue doliendo. Pues un cachito más. Así, igual el infeliz terminaba el día sin dolor de cabeza pero con el cráneo descapotable y los sesos a la intemperie. Vamos, que pegas un estornudo y los mandas a Cuenca. Miedo me da el pobre que tuviese resaca de vinorro peleón y fuera a uno de estos a ver que había por ahí que le quitase el malestar.
En primavera, en lugar de mar flores como cantaba Cecilia, la peña acudía a estos verdaderos matasanos para hacerse sangrías, que según la creencia de la época eliminando el exceso de sangre se equilibraban los humores del cuerpo y se hacía uno más resistente a las enfermedades. Así que el cirujano-barbero se liaba a repartir sanguijuelas a diestro y siniestro. Aquí póngase usted tres, allá una, en la pierna cuatro, que hay sitio.

Para la gente brava, de pellejo duro, había otra opción más drástica y tan poco recomendable como la anterior. Se les sumergía el brazo en aguita caliente para que las venas resaltasen y se pudieran ver mejor. Acto seguido el paciente se agarraba con fuerza a un poste para que las venas se hinchasen, tipo cuello de la Patiño, y así hacer una incisión en la vena elegida, asociada a un órgano determinado, para que la sangre brotara. Esta caía en un recipiente llamado sangradera que ejercía de medidor para controlar el nivel de desecación del interfecto. Desde luego, si el Conde Drácula pilla a uno de estos desperdiciando tan preciado elixir los corre a hostias.
Cuando un cirujano-barbero tenía cierto prestigio y abandonaba el carromato por el que recorría el país haciendo escabechinas y vendiendo falsos crecepelos, se instalaba en un sitio fijo. Para que los amantes de las sanguijuelas y las desangraciones revitalizadoras supieran que allí estaba su sensei, usaron como símbolo un cartel en el que aparecía una mano levantada chorreando sangre que terminaba. Con el tiempo se dieron cuenta que no causaba muy buena impresión, así que decidieron hacer un icono minimalista, basado en un poste pintado de rojo que era recorrido por vendas blancas. Algo más discreto y de diseño más chulo, donde va a parar.
A final del siglo XIX, el gremio de los cirujanos presionaba más que el cuñado de Rocky, consiguiendo por fin la escisión del oficio de cirujano-barbero y dejarlo sólo en barbero. Sin embargo, se les dejó conservar su ya famoso poste que aún hoy en día se puede ver algunas barberías a modo de recuerdo vintage de un tiempo pasado, que para ellos sin duda fue mucho mejor.
Para terminar tan sólo me gustaría imaginar que los peluqueros de hoy en día, barberos apenas quedan, sufrieran un ataque de nostalgia y al llegar la madre con su chulesco mocito de catorce añitos y solicitar un corte de pelo a lo Cristiano Ronalndo, para estar a la moda, el quitapelos le dijese: Sí, sí, pase usted señora, que el niño saldrá con la estética de narcotraficante que busca, pero también con el cráneo trepanado, dos muelas fuera y un litro de sangre menos con la que pienso hacerme unas morcillas que no le digo ná.

BRIGHTON 64 Y EL CULTO A QUADROPHENIA

 

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Londres, 1964. Dos pandillas de jóvenes tienen locas a las fuerzas de seguridad con sus continuos enfrentamientos. Son los rockers y los mods. Con el tiempo, estas hordas juveniles agrupadas en torno a una estética y música determinada se las denominará tribus urbanas. Tal estilo de vida, con batallas campales en Brighton dignas de Braveheart, fueron reflejadas en una película de culto, Quadrophenia, y pese a que han pasado casi cuarenta y cinco años desde tales hechos, y casi treinta de la película, sigue manteniendo la frescura, convertida ya en un referente sobre películas de bandas juveniles.

Los mods irrumpen a finales de los años cincuenta, en la Inglaterra industrial y obrera, que se recupera de los desastres de la última Guerra Mundial. Un gran número de jóvenes empiezan a flipar con el Modern Jazz y les gusta lucir los modelitos de sus máximos exponentes. El término mod viene de modernista. Ya en los sesenta amplían sus horizontes y también se hacen fanáticos de la música Soul, del Rhythm and Blues, y sobre todo de la música Ska. Es en esta época cuando se asienta definitivamente su kit estético: Parkas verdes, trajes y corbatas estrechas, botines, las camisas Ben Sherman y los polos Fred Perry. Y por supuesto, como buen mod que se precie, siempre a lomos de una Vespa o Lambretta, las mejores scooters de todos los tiempos. Si a todo esto le añadimos las degustaciones de anfetaminas y como banda sonora de fondo la música de los Small Faces, The Kinks o los Who, ya tenemos el retrato de un mod de libro.

Y como en toda etapa adolescente, donde el concepto de grupo es básico y sirve tanto de refugio como de ariete con el que embestir a posibles enemigos de tal hermandad, estos jovenzuelos espoleados por sus embravecidas hormonas se buscaron unos rivales a su altura con los que poder descargar un explosivo coctail de rabia contenida y juventud.

Los elegidos fueron los rockers, tipos duros, con chupa de cuero, patillas, motos de bastante mayor cilindrada que las de las vespas y amantes también tanto del rock´n´roll como de las peleas. Peleas entre estas dos tribus que llegaron a ser épicas, con múltiples altercados, sobre todo en 1964, que hicieron cargar de trabajo extra a los polis de la pérfida Albión durante unos cuantos meses.

Cuando todo esto quedaba ya como parte de la historia, en 1979 llegaron los Who con las rebajas. Basada en una obra musical de Pete Townshend que interpretaba junto a sus compis, se convierten un productores del film, mientras que el director de Quadrophenia fue Franc Roddam, un debutante, que pese a su inexperiencia, plasmó con tino las aventuras Jimmy (Phil Daniels) y su pandilla de mods en peregrinación por Inglaterra hasta llegar a Brighton, mítico santuario mod, con muy poco presupuesto y rodado casi todo en exteriores de Londres y Brighton.

La película resulta entretenida y, para mi gusto, no se ha quedado antigua, logrando envejecer dignamente. Hace un par de años Universal sacó una edición especial con dos dvd en la que detallaba en los extras gran cantidad de anécdotas de la peli que no tienen desperdicio. Como que para el rodaje de las escenas de fiestas juveniles, a los actores les refrescaban el gañote con agua de fuego de verdad y más de uno improvisaba con etílicos registros de su cosecha. En la mítica pelea en la playa de Brighton, muchos de los extras eran mods que tuvieron que tragarse sapos y culebras, bajarse de las scooters y calzarse la chupas y botas de rockers para igualar el número de combatientes en los dos bandos. También mola mucho lo de que el callejón donde Jimmy y Steph echan un caliqueño mientras en la calle caen chuzos de punta, se haya convertido en otro lugar de peregrinación para los mods actuales, y que sobre dicha escena, por cierto, corra la leyenda de que el polvote fue real… Por último, muy buena es también la aparición de Sting como mítico líder mod, Ace Face o As de oros en versión española, con una moto a la que todos los mods le hacen ojitos, y que durante el rodaje daba calor a sus compañeros con sus primeras maquetas de Police, y el dire llegó a decir cuando escuchó Message in a bottle, “no creo que llegue a nada”, por no decir “qué malo es el rubiales este pesao”, o algo así. Desde luego, el director, todo un vidente.

La peli tiene incluso hasta moraleja, que nos llega de la mano de Jimmy, su protagonista, quien gracias a todo lo que le va ocurriendo en sus correrías mods, descubre la verdadera realidad que le rodea y que le hace despreciar todo aquello que hasta hace poco idolatraba y que lo habían convertido en un auténtico gilipollas.

Como fin de fiesta decir que el nombre de la peli, Quadrophenia, el título de la obra musical de los Who, significa algo así como cuatro esquizofrenias, las cuatro personalidades que Jimmy intenta asumir durante la película para llegar a ser un mod total. La música, la chica, los enemigos y por último, su deseo en convertirse en el nuevo As de Oros –igual a Sting no le hacía ninguna gracia- y convertirse entonces en lo más de lo más. Les recomiendo que la vean, pueden pasar un buen rato, y aunque el metraje es de casi dos horas, se hace amena e igual terminan la peli cantando el Somos los mods que Jimmy y los suyos gritan en los momentos álgidos de la peli.

AQUELLA CENA DE EMPRESA

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-¡Un poco de silencio, señores! ¡Hagan el favor!-gritó la oxigenada camarera frente a aquella numerosa y pintoresca tropa que se agolpaba a las puertas del salón reservado por Lusitana, S.L para celebrar su tradicional cena de Navidad.
-Siéntense solamente en la mesa que tienen preparada a la derecha. La de la izquierda esta reservada para otra empresa.
-Vamos, que nos vamos-soltó uno.
-¡A por el pienso!- chilló Paqui, la secretaria más terrorífica y zampabollos que jamás vieran los siglos.
-¡Que bote la rubia!-graznó López.
-¡Uhhhh! Ya está el López con sus chistes-bramó la mayoría.
Y así, como el que no quiere la cosa, aquella embravecida y bullanguera marea humana inundó el salón del restaurante en apenas unos segundos, logrando sin gran esfuerzo tirar al suelo tres sillas, romper una pequeña lámpara y dejar tan torcido el antiquísimo cuadro que presidía la mesa, en el que aparecía el legendario fundador de Casa Pacheco, que lo llegan a inclinar un poco más y el afamado cocineta se deja los piños en el suelo de su conocido restaurante, después de ciento veinte tranquilos años sonriendo a la peña con una bizarra dentadura clavadita a la de Joe Rígoli.

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ENCUADERNACIÓN ANTROPODÉRMICA

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Las modas, esas corrientes estéticas y sociales de veneno contagioso pero cuyos efectos suelen desaparecer con la misma rapidez que sorprenden, llegan en algunos casos a extremos insospechados.De la que voy a hablar ahora,la bibliopegia atropodérmica, deja en pañales a inocentes corrientes vanguardistas como el punk, la de meterse vodka por los ojos para para emborracharse antes o los pantalones de cagao, llámese a la suerte de llevar dicha prenda colgando en mitad del trasero, mostrando al mundo unos horrorosos calzones de los de a tres euros en el mercadillo e incluso algunos con palominos de regalo, y la parte oculta convertida en una flácida bolsa que ondea al viento cual bandera la modernez cutre.

También llamada Encuadernación antropodérmica, no se trata ni más ni menos que la de forrar los libros, como cuando nos los daban nuevecitos en el cole, en lugar de con plástico adhesivo de los que salen odiosas burbujitas que no desaparecen por mucho que les pases el dedo, con
piel humana, sí sí, esa vieja y entrañable piel con que todo hijo de vecino envuelve su osamente y la cual, por lo visto, viene pistonuda para el arte de la encuadernación de lujo.

Aunque ahora puede resultar chochante, durante el siglo XVIII y XIX se convirtió en una curiosa moda que reciclaba los pellejos para cubrir las tapas de obras científicas y literarias. Ingleses como los galenos Anthony Askew o John Hunter se las arreglaron para forrar sus tratados de
investigación con tan peculiar cuero, como en el caso de Hunter, que no encontró otro material mejor para presentar su Tratado sobre las enfermedades de la piel. Aunque sin lugar a dudas el mayor filón de piel humana -supongo que el sueño de Leatherface, el chiquito éste de la
Matanza de Texas con su máscara de piel humana- fue la Revolución francesa. Gracias a la guillotina aquello se convirtió en una especie de Carrefour del pellejeo, y en Meudon se levantó una enorme fábrica de curtidos cuyo producto estrella eran las pieles de los múltiples
infelices a los que el pueblo afeitaba el gañote de un tajo.

Así que uno llegaba y compraba cuarto y mitad y se iba a casa a forrar el recetario de cocina, el cuaderno de contabilidad o un viejo libro de Los Hollister si habían invitado al niño a un cumpleaños y a la madre no le salía del moño gastarse dinero en la inoportuna celebración. Como muestra tenemos la copia de la Constitución francesa de 1793 que De Cassagnac guardaba en su casa, encuadernada en piel humana teñida de verde claro que ahora se conserva en el Museo Carnavalet de París.

Los ingleses, que son unos cachondos cuando quieren, reciclaban los cuerpos de los ajusticiados, además de para que los matasanos patrios jugasen al Operación con sus órganos y articulaciones -no sabemos si se les iluminaría la nariz con los aciertos-, en hermosos encuadernados de
textos legales o que narraban la historia del propio finado. Hay dos casos dignos de mencionarse.
El de John Horwood en 1821, quien con apenas 18 primaveras fue condenado a ajustarse la corbata por haber dado matarile a una tal Eliza Balsum. El caso es que el pobre chaval fue diseccionado en público, su esqueleto llevado a un museo de criminales y su piel curtida y encuadernada en un voluminoso libro que habla de su caso. Entre sus páginas aún queda la factura del encuadernador, diez libras, o eso dijo y en realidad cobró 200 o facturaba otras cantidades por empresas fantasmas, mal endémico que parece haber llegado hasta nuestros días.
El otro caso es el del salteador de caminos americano George Walton, que dejó el recado de enviar el libro de sus aventuras forrado con su propio pellejo al único tipo que le había hecho frente en una mala tarde en la que le pegó un tiro, pero vamos, en plan coña, sin acritud. Su destinatario lo recibió y sonrió por el colmillo pensando Qué tío más salao, mientras
se rascaba esa cicatriz de la rodilla que lo había dejado como el Cojo Manteca para el resto de su vida.

Además de médicos, científicos y leguleyos, la encuadernación antropomórfica también atrajo a los pornógrafos. Los hermanos Goncourt cuentan en sus diarios que en 1890,algunos internos del hospital de Clamart trapicheaban con las pieles de los pechos de pacientes fallecidas con Isidoro Lesiux, un encuadernador de libros cochinos en Fabourg Saint Germain. Se dice también que hay ejemplares del Justine y Juliette del Marqués de Sade forrados de esta manera e incluso de que existe el Tratado De Serto Virginum encuadernado así.

El caso más entrañable es el de cierto poeta ruso que perdió la pierna en un accidente de equitación y como de chiquitillo en casa le habían enseñado que no se tiraba nada, pues le dio por encuadernar sus mejores sonetos -según él, claro- con los restos de pierna y pinrel. Lo mejor de todo es que encima se lo regaló a su amada. Y claro, imagínesen el panorama, la chica esperando un bolso chulo o un frasquito de Chanel o por lo menos de Chispas y el poetilla cojo la obsequia con un grueso volumen de ripios con un penetrante aroma a pies. En fin…

Para terminar con este extraño mundo de la encuadernación antropodérmica, decir que en el mundo de la ciencia ficción, el gran escritor Lovecraft inventó el famoso Necronomicón, un grimorio forrado de piel humana, utilizado en sus cuentos y que aún hoy en día hay gente que existe de verdad, pese a que él juró y perjuró que era una licencia literaria. Pero nada, la peña sigue creyéndoselo, como los que aún siguen enviando cartas al 221B de Baker Street, mítica residencia de Sherlock Holmes, con el consiguiente cabreo del cartero que sin duda acabará
pegándose un tiro y publicando postmorten un libro donde recoja todos los insultos posibles a aquellos que lo putearon en vida, y por supuesto forrado con su pellejo, qué menos.

EL LEGENDARIO MAZINGER Z DE BADALONA

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Corrían tiempos revueltos por España en 1978, con la Constitución recién sancionada por el aún hoy, hasta el momento, suegro de Urdargarín, una marea de gente con trencas y barbas pobladas protestando por todo y los Guerrilleros de Cristo Rey repartiendo estopa enfundados en sus chupillas de cuero, bien engominados y parapetados tras las clásicas Ray –Ban verdes, tan de moda treinta años después, quién lo iba a decir.

Era esta de finales de los setenta en la que crecimos la generación del baby boom de principios de la década, virgen aún del acceso ilimitado de información que posteriormente arrancaría la inocencia casi desde la cuna a las generaciones venideras. Los viejos rockeros como yo, hijos de aquellos tiempos, pertenecemos a una impagable hornada que se rompía la crisma en jardines de columpios con aristas y nadie decía nada, llegaba uno a casa con las rodilleras de cuero medio descosidas, el pantalones llenos de mierda y heridas como si llegase de reconquistar el Peñón y con una buena ducha y mercromina para todos la cosa estaba resuelta. Héroes de una época en la que no había que quedar con la gente sino que se bajaba a la calle y allí estaban los amigos, dispuestos siempre liarla a las primeras de cambio. Y por supuesto, en la televisión sólo había dos canales. Hecho que logró que todos los de aquella generación llevemos grabado en el inconsciente colectivo los mismos iconos que nos acompañaron en la infancia.

Uno de ellos sin duda es Mazinger Z. Protagonista de una archifamosa serie de anime japonesa que irrumpió en España como su vanguardista vendaval de robots voladores y humanos con ojos como platos pese a tratarse teóricamente de paisanos de una isla en la que sus habitantes se caracterizan por tenerlos rasgados. Para refrescar un poco la sesera con una ligera lluvia de nostalgia, decir que la serie narraba las aventuras de Koji Kabuto, un tipo muy salao, cuyo abuelo, constructor del robot Mazinger Z y por ende de la super aleación Z, le instruye para manejar al bicho y luchar contra el malvado Doctor Infierno y el Barón Ashler que tienen a una charpa de robots malosos en plantilla con los que quieren dominar el mundo. Manziger Z tendrá una entrañable compañera de combate como es Afrodita A, temperamental robota, señora robot o como se diga, cuya más recordada arma son sus protuberancias pectorales letales y teledirigidas, que al grito de Pechos Fuera, se proyectaban fuera de su cuerpo en busca del infeliz robot al que tocaba dar matarile.

Quien más quien menos tiene o ha tenido un muñeco, un juego o una pegatina de Mazinger Z, y los más frikis lo conservan aún en perfecto estado e incluso les sirve de patrón para hacerse un disfraz del mismo cuando acude a las reuniones de tipos de su caterva para homenajear a viejos iconos pop que el tiempo y sus mentes han convertido en semidioses. El caso es que tanta popularidad causó esta serie en la época que a unos iluminados les dio por erigir ese mismo año una gigantesca estatua del robot en una zona en la que iban a levantar una nueva urbanización llamada Mas del Plata, en Tarragona. La idea obviamente era convertir a Mazinger Z en un referente así como un fenomenal señuelo para atraer compradores y finiquitar rápidamente las casas de la urbanización. Dicen las malas lenguas que el monumento estaba destinado en realidad a ser la entrada de un futuro parque de atracciones que al final se quedo en el cajón de algún alcalde, frustrando así un posible negocio especulativo.

Han pasado treinta y cuatro años y la estatua sigue ahí firme, impasible el además, convertida en un mítico santuario al que peregrinan frikis de la piel de toro, e incluso se han llegado a ver admiradores de allende los mares en busca de una fotografía que capte la esencia de su ídolo a la par que certifique la realización de su gesta, obligatoria entre los miembros de su numerosa religión por lo menos una vez en la vida.

El pellejo del titánico Mazinger Z está formado por un armazón de metal recubierto por fibra de vidrio para darle la forma de robot. Tiene una pequeña puertecita en la parte trasera de su pierna en la que se podía antaño acceder a su cabeza y emular por unos minutos a Koji Kabuto, de los Kabuto de toda la vida. Sin embargo, a los pocos años de su construcción fue tapiada para evitar actos vandálicos, ordenados sin duda por el Doctor Infierno y su compare el Barón Ashler, que ocultos desde su Shambala particular, planean regularmente ataques contra su viejo enemigo, así como intentan juntar billetes con rifas baratas para levantar la estatua de un robot de su banquillo e intentar que infle a hostias al sin par Mazinger Z.

Maravilla eso de llegar al parque y ver aquella gigantesca mole de una serie de hace treinta años que mide unos diez metros, asomando su cabezota por encima de los árboles. Bestial, entrañable, no hay palabras. Es España. Un peculiarísimo pedazo de tierra capaz de lo mejor y de lo peor, pero orgullosa siempre de su bizarrez extrema, esa que te alegra la vida más por lo que representa que por lo que es en sí misma. El Mazinger Z de Tarragona es un ejemplo cualquiera de los muchos monumentos increíbles que pueblan nuestra piel de toro, tan sólo hay que visitarlos y disfrutar.
Para los que se queden con ganas de visitar este gran mito, decir que su estado de conservación es bastante bueno, seguramente los vecinos, conocedores de la joya que tienen entre manos, le dan algunas que otras manitas de pintura para tenerlo en condiciones. Se encuentra a unos 12 km aproximadamente de Valls (Tarragona) pasando por El Pla de Santa Maria, o bien desde la AP-2, la salida 10 en dirección a El Pont d Armentera C-37. Está en la urbanización Mas del Plata que se encuentra a medio camino, a unos 5 minutos pasado El Pla de Santa Maria, a mano izquierda, siguiendo la carretera. Una carretera sin asfaltar nos conduce a través de la urbanización y poco a poco vamos viendo las piernas de la estatua entre los pinos. Como par perdérselo.